1 may. 2006

HEROES DEL ASCENSO

Por Daniel Console*
No cualquiera concurre a una cancha de fútbol de ascenso, sea futbolista, hincha, técnico, árbitro, periodista o dirigente, que en más de una ocasión debió atravesar un descampado, costear una villa de emergencia, andar y desandar por calles de tierra mirando de reojo de dónde puede venir la agresión solapada, viajar en formaciones de trenes tenebrosas, colectivos de dudosa frecuencia y recorrido, encontrarse de repente en medio de una batalla campal entre hinchadas y/o policías, con toda clase de proyectiles pasándole a centímetros de su humanidad, días y horarios de programación peligrosos para la salud, temperaturas extremas bajo cero o por sobre los 40°, lluvias I impiadosas, sol abrasador, vientos que se I llevan todo. ¿Le sigo enumerando?
Sí, sostengo con su tolerancia y generosidad de criterio que, todos los "personajes" de éste particular mundo, son héroes. No necesariamente patriotas si por ello se en tiende, pero sí merecedores de ese calificativo.
Un capítulo del hincha... Será coincidencia o destino, vaya uno a saber... pero cada vez I que concurro a la canchita de Ferrocarril Urquiza, es motivo de sentir a pleno mi pasión futbolera. Siempre una anécdota, un encuentro, una visita ilustre, una emoción, una lágrima... ya veces independientemente de los protagonistas del partido convocante.
La hermosa tarde seminubosa y las casi desiertas tribunas atestiguadas por la exigua recaudación de cero pesos, daban margen para echar a volar la mente, máxime si como horizonte tenía la chimenea humeante de una locomotora a vapor, que se asomaba por arriba del paredón que da a las vías, donde los aficionados del Ferroclub Argentino dan rienda suelta a otra pasión compartida.
Estaba sentado haciendo equilibrio sobre I el otro paredón, el que da a la calle Cuenca, mientras se disputaban los primeros y agradables minutos del partido, con el resultado 1 a 1, cuando imprevistamente desde la calle, un muchacho que rondaba los 20 años, me pidió que le sostenga una pequeña bolsa de polietileno, tipo supermercado, para así poder encaramarse con ambas manos y situarse aliado mío en la improvisada atalaya, para observar el encuentro. Las jugadas se iban sucediendo y el equipo 'Lila' del Bajo Flores mostraba una notable superioridad futbolística sobre el alicaído Centro Español; de reojo, observaba a mi circunstancial compañero de ubicación, quien sin dejar de mirar atentamente el desarrollo, con una mano hurgaba en la bolsita y comía una tras otra, "galletitas de agua", mientras que un paquete de otras con cereal esperaba su turno... después del "entremés': sacó una pequeña radio con auriculares, únicas pertenencias visibles, y se dedicó a escuchar alguna transmisión de fútbol.
En el entretiempo, sin poder contener mi curiosidad, traté de sonsacarle algunas inquietudes que me fui formando desde que lo vi. Al principio, contestaba con monosílabos, casi sin mirarme, pera al ver que lo alentaba y me identificaba con su inclinación por el fútbol de Primera "D': se abrió y me cantó detalles de como había venido desde Monte Grande a Villa Lynch, luego de viajar en tren hasta Constitución, luego el colectivo 100 hasta Retiro y otra vez el ferrocarril hasta el destino. También me enteré de su particular inclinación de seguir la campaña, como el caso de ese día, del equipo de Ramos Mejía, porque van últimos; también había seguido a Atlas, Victoria no Arenas, Barracas Central y otros. Simpatizante de Banfield con los centavos contados en el bolsillo para seguir con sus periplos casi increíbles. Conocedor de casi todas las canchas afistas y más de una vez cada escenario, sólo le faltaban las más alejadas como Defensores Unidos de Zárate, Villa Dálmine y Defensores de Cambaceres, entre otras, era un estudioso de los ramales y combinaciones ferroviarias, y también de las líneas de colectivos.
El esquivo sol de esos días, se fue ocultando detrás de los centenarios vagones del Ferroclub y el partido llegaba a su fin, con una victoria sobresaliente de Sacachispas, con actuaciones destacadas.
Y éste increíble chico, que en el momento de la despedida, luego de sostenerle nuevamente la bolsita para poder saltar hacia la calle, me dijo que se llamaba Alejandro... y si hasta con gusto le di ése peso que me pidió para viajar, para sumar al otro peso que tenía en su flaco bolsillo, pero seguramente con un corazón enorme, diqno del mejor de mis recuerdos.
Su figura, con andar patizambo, se fue perdiendo hacia la próxima esquina, pero estoy seguro que cuando me toque en ocasión ver a un equipo en desgracia, seguramente allí estará él.
Y los protagonistas principales. Evocaré a un ejemplo: Luis Eduardo Dotta. Es uno de los jugadores que he visto en toda mi trayectoria de veinte años de fútbol, que más recuerdo dentro de aquellos que han militado y militan en Primera "D", Luisito para quienes, allegados a Centro Español, lo han visto crecer y que lo quieren como a un hijo pródigo, verdadero símbolo del club. Nunca lo vi jugar mal. Esa es la pura verdad, aunque alguien pueda llegar a dudarlo. Ha trajinado por más de dos décadas las canchas mas pobres del fútbol sabatino. Luis Eduardo Dotta, el del toque exquisito, el tranco cadencioso, el cabezazo espectacular, el despliegue incesante y la caballerosidad siempre manifiesta.
Junto a tantos otros, constituyen el arquetipo del amor a la camiseta. Dotta, es el tipo de jugador adversario respetado por todos, ya sea dentro o fuera del campo de juego.
Un ejemplo lo viví una hermosa tarde de verano, cuando en la canchita de Ferrocarril Urquiza, Centro Español recibió a Acassuso, en ese entonces serio candidato a alzarse con el triunfo y el campeonato, también. Y como en tantas otras jornadas sabatinas, fue la gran figura del encuentro, que contribuyó enormemente al empate que consiguió su equipo ante tan encumbrado rival. Luego del silbato final del árbitro, el saludo de éste notable n° 5 con cada uno de sus colegas y, cuando se retiraba lentamente hacia el túnel, ocurrió un hecho que nunca podré olvidar, como las secuencias más importantes de algunas películas históricas: un aficionado de Acassuso, apoyado contra el alambrado, le grito: "iCinco, eh!". Dotta se dio vuelta y entonces, simplemente, ese hincha rival, con admiración y respeto, levantó su pulgar derecho y a continuación comenzó a aplaudirlo, silenciosamente. El veterano de mil batallas levantó su brazo derecho, agradeció el gesto y en su cara se reflejó una simple y humilde sonrisa..., agachó la cabeza y lentamente se fue pensando vaya a saber qué emociones. Un nudo en mi garganta fue el premio por presenciar esa increíble escena.
Héroes del Ascenso. Como diría mi entrañable amigo Alfredo Parga, que un mal día decidió partir de éste mundo, hecho de angustias y estrecheces, pero con fervor y orgullo.

* Periodista y escritor. Autor de “Héroes del ascenso”

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