23 may. 2009

Historias con nombre y apellido

La balada de los niños perdidos
Lidia Grichener, presidenta de Missing Children

Por Jorge Fernández Díaz

lanacion.com | Información general | Sábado 23 de mayo de 2009



8 may. 2009

Reseña. Anatomía de un simulacro



















Marcelo Vallejos

2007. Editorial Leviatán.

160 páginas


El descubrimiento de una idea original y revolucionaria puede surgir, simplemente, de un golpe de suerte. El azar, tan amado como resistido aunque siempre enunciado, interviene y nos deja una sorpresa. Tal vez porque el espíritu santo escuchó las oraciones que le ofrendan millones de fieles en todo el planeta, nos dejó el cofre de la felicidad en el umbral de nuestra casa y, creer o reventar, la llave está debajo del felpudo.

En el plano literario una idea puede ser el germen de textos notables, concebidos con trabajo y dedicación por el escritor que busca cada palabra para lograr una narrativa que provoque al lector, lo saque de la rutina de pasar una página tras otra y lo involucre para que tome partido en la trama. Así sus sentimientos, pasiones y razonamientos quedan al descubierto en la intimidad de la lectura de una novela que elude las modas y los lugares comunes.

En tiempos de una literatura pautada por los parámetros del mercado, encontrar una narrativa como la de Marcelo Vallejos es una bocanada de aire fresco. Claro que un libro como éste sólo puede llegar a las librerías por un camino alternativo al que impone el conglomerado editorial de turno. Después está en la tarea del lector agudizar la mirada para detectar trabajos como Anatomía de un simulacro que recibió excelentes comentarios de los escritores Pablo Ramos y Vicente Battista. Es un texto tan potente como seductor donde el autor recorre el espinel de una historia que resulta verosímil por el perfil de los personajes y el clima asfixiante que rodea las acciones, en un pueblo inhóspito del sur argentino. El doctor Olevi, el juez Mendaci, el Soga Fajardo y otros son piezas de un juego de dominó, que es la propia historia, y actores una partida con final incierto. Sin embargo tenemos una certeza: una literatura meticulosa, cristalina y sin estridencias está en nuestras manos.

Marcelo Vallejos nació en 1962 y colaboró en diversos diarios y revistas argentinos. En 2003 escribió Anatomía de un simulacro que publicó Leviatán cuatro años más tarde.

M.M.

Publicado en la edición gráfica de Sudestada, edición nº 78, mayo 2009.

4 may. 2009

JORGE NEWBERY. De pura cepa, como dice su tango

El muchacho elegante tenía los ojos color de cielo y una sonrisa blanquísima. Alzaba la ceja izquierda y una mirada dulce y profunda le otorgaba fortaleza y seducción. El tabique nasal desviado y una cicatriz desde el entrecejo hacia la frente eran las señales de la distinción de un verdadero bon vivant. Se movía en la noche del arrabal como pez en el agua. Ya de joven visitaba los tugurios del Camino de las Cañitas, en Palermo junto al Arroyo Maldonado, entre compadritos, malandras y respetables padres de familia que frecuentaban los prostíbulos y bodegones de las orillas de Buenos Aires. Sin embargo, eso no impedía que fuera protagonista de las fastuosas reuniones de la burguesía porteña en los salones más distinguidos y fuera socio del Jockey Club, de Gimnasia y Esgrima, de la Sociedad Sportiva y del Club del Progreso. Este personaje singular fue el primer ídolo criollo de los argentinos: Jorge Alejandro Newbery cumplió con todas los requisitos para ocupar ese cetro: murió joven y a lo largo de su corta vida –apenas treinta y ocho años- superó cuanto desafío se propuso; fue un protagonista excluyente de la vida social, deportiva y política del país; culto y con una sólida formación profesional su presencia despertaba admiración y respeto entre los hombres, como pasión y rojo carmesí entre las mujeres.

George heredó de su padre la pasión por la aventura. El norteamericano Rodolph Lamartine Purcell Newbery llegó a Buenos Aires en 1872 luego de la epidemia de fiebre amarilla que barrió con la población negra. Con veinticinco años instaló un consultorio odontológico en la calle Florida 125 y se adaptó inmediatamente al pulso de la ciudad. En su país fue soldado e intervino en la avanzada de Grant que concluyó con la victoria en la Guerra de Secesión y el fin del esclavismo. Tal vez influido por las visitas que el embajador plenipotenciario Domingo Faustino Sarmiento hacía en la casa familiar de Nueva York, es que Ralph llegó a este inhóspito lugar del Cono Sur. En 1873 se casó con Dolores Celina Malagarie Ramos, Lola, quien le dio doce hijos en doce años. Pero las obligaciones familiares no detuvieron su espíritu aventurero. Compró campos en la Patagonia, Buenos Aires y San Luis, por consejo de su paciente, el general Julio Argentino Roca y a menudo dejaba los instrumentales y tenazas con rumbo al Sur. La última vez fue junto a su esposa en busca de oro a Tierra del Fuego donde la muerte lo encontró en abril de 1906, a los cincuenta y ocho años de edad. El segundo de sus hijos y primer varón nació el 27 de mayo de 1875: Jorge Alejandro llevó en su sangre la herencia anglosajona de una familia proveniente del sur de Inglaterra y la temeridad aventurera de sus ancestros. De chico templó su carácter cuando a los ocho años su padre lo embarcó en un largo viaje rumbo a los Estados Unidos para conocer a los abuelos. De regreso, asistió a la escuela escocesa de San Andrés, en Olivos, y luego obtuvo el bachillerato en el Colegio Nacional. La familia ya vivía en la casona de Ituzaingó 11 (hoy Moldes 2368), en el barrio de Belgrano, junto a los apellidos patricios que se mudaron al norte para huir de la fiebre amarilla. Con 16 años volvió a Norteamérica y cursó dos años en la Universidad de Cornell y en el Drexlel Institute, de Philadelphia, donde tuvo como profesor a Tomás Alva Edison, el inventor de la lámpara incandescente. Allí cultivó su perfil como deportista y participó en torneos de boxeo, al tiempo que afirmó una convicción: el progreso viene de la mano del desarrollo de la ciencia y la investigación. A los veintiún años regresó a la Argentina con el título de ingeniero electricista y aceptó un cargo de jefe en la compañía Luz y Tracción del Río de la Plata aunque sólo por un par de años, hasta que ingresó a la Marina de Guerra donde obtuvo el grado de capitán de fragata. Prestó servicios en los cruceros Garibaldi y Buenos Aires. En 1899 fue comisionado a Londres para comprar equipamiento eléctrico y aprovechó para disputar y ganar dos campeonatos de boxeo, en el Athletic Club y el Germain Gimnasium, de Londres. Fue profesor de natación en la Escuela Naval y duró tres años en la fuerza. En el comienzo del siglo XX el intendente porteño Adolfo Bullrich lo nombró Director General de Alumbrado de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, cargo que conservó hasta su muerte. En 1904 asumió la cátedra de Electrotécnica de la Escuela Industrial de la Nación que dirigía Otto Krause. En paralelo a una fructífera carrera profesional, Jorge Newbery moldeó su cuerpo como una argamasa sólida y escultural pues era dueño de un físico privilegiado que fogueó practicando boxeo, remo, lucha grecorromana, fútbol, esgrima, y natación. También intervino en carreras de automovilismo, aunque consolidó su fama de sportman, que lo proyectó a la consideración popular, como piloto de globos aerostáticos y aviones. De alto perfil en el ambiente social de la época, todas y cada una de sus actividades era seguida con especial atención incluso por los diarios de la época, más aún cuando la noche lo tenía como protagonista del espíritu festivo de su clase.


Ver el artículo completo en Revista Gabo. Año 4, nº 27. Abril de 2009.
http://www.gabo.com.ar

3 may. 2009

Teté Aguirre. El rey del bombo


Y el Coco se callaba la boca. Miraba el suelo. ¿Por qué, Coco? ¿Por qué te callas la boca y andas escondiéndote? ¿Vos, Coco? ¿El mejor tocador de bombo? ¡Que no se diga! Porque vos sos el mejor de todos. Sin vueltas. Cuando te dejamos solo haces lo que querés con el bombo. La gente te aplaude. La gente te aplaude. Se vuelve loca. Por la espalda, por abajo la pata. ¡Dale, Coco! ¡Más fuerte, Coco! ¡Más ligero! ¡Dale, Coco! Pero soy el director. Yo siempre fui director. ¿No es cierto, Coco? Este año, y el año pasado, y el otro, y el otro. Siempre. La murga de Barraza, le dicen a Los Divertidos. Eso vos lo sabes.

De Un Bombo que suena lejos, Humberto Costantini


La voz de Teté Aguirre, grave y cavernosa, retumba entre las paredes del taller donde fabrica bombos, al fondo de su departamento en un primer piso del barrio de Villa Crespo. El sol ilumina la tarde y ese lugar en el mundo ––pequeño y repleto de herramientas, maderas, mazas y papeles que tapan la mesa de trabajo– es el único ámbito donde este hombre de setenta y cuatro años puede crear por afuera de su escenario natural: el empedrado. Porque Teté es la calle misma en tiempos de Carnaval, una suerte de guardián del Rey Momo que anuncia la llegada de los días felices con los sonidos del parche y el platillo. Personaje de culto para músicos y murgueros, nunca abandonó la esencia del murguista que lo mantiene vivo y le da energías para encarar nuevos desafíos arriba de un tablado con el grupo La Runfla. También como letrista y confeccionando bombos de manera artesanal. “A veces les hablo y les pido perdón: ‘mira, tengo que apretar las clavijas para afinarte’”, dice con la palabra y la mirada en el rabillo del ojo. Teté Aguirre, Héctor en su documento de identidad, es grandote y se peina para atrás con unos rulos rebeldes que caen, empecinados, sobre la nuca. Tiene un cuerpo macizo que aun con los golpes que le dio la vida lo conserva con una postura altiva pero serena. Sus manos y brazos han hecho miles de malabares con la maza de madera y los platillos. Y sus dedos no dejan de repiquetear cuando entona, con una sorprendente voz de jilguero, las canciones que compone desde hace tan solo quince años.

“Tengo proyectos y todo el tiempo se me cruzan ideas”, afirma mientras el meñique y el anular de la mano izquierda acompañan quién sabe qué melodía. ¿Será que Teté tiene la música en la sangre, en las entrañas? ¿Cómo hace para sacar esos sonidos de un instrumento rústico y más asociado al desorden que a la armonía musical? “No lo sé, me sale así”, responde. Será nomás que el ritmo del Carnaval se le escapa por donde puede. A veces por el bombo, otras por las letras y siempre por los ojos oscuros, por la voz de jilguero, por el vozarrón cotidiano y por el golpeteo de las yemas de los dedos sobre la mesa. Y aunque ya no puede pegar un salto, ensaya una patada al aire desde el inconsciente para liberar tanta pasión que fluye por las venas en glóbulos de colores brillantes y papel picado. Teté es también el esposo de “La Tana”, su adorable compañera, y el papá de Leandro, cantor y murguero. Y el camillero del Hospital Santojanni que le puso cinco estrellas a la camilla, el mismo que cantaba “Malena” a pedido de los médicos cuando la pasó brava después de un tratamiento de quimioterapia. “Dale, Teté, cantante un tango”, pedían. “Se volvían locos y a mi me servía porque me sentía vivo”, recuerda. Ya está, la Parca venía con la guadaña afilada pero no pudo asestar la chuceada. Apenas si le dejó un rasguño.

“Yo era de Palermo, el que tenía un taller en Villa Crespo era mi hermano. Acá estaba el hincha de Atlanta y el de Chacarita; la gente era diferente, estábamos contentos y tomábamos mate en la vereda. Y cuando una murga salía a la calle los pibes agarraban un baldecito para tocar. Tirabamos la manga en el boliche: ‘Diga… ¿me da las papas fritas?’. Y el tipo también te regalaba los maníes. Cosas de antes, cincuenta años atrás… ¡No! ¡Sesenta…! Tengo setenta y cuatro… ¡Dejate de jodeeer…!”.

M.M.
Fotos: Mariana Berger
Leer completa en edición gráfica de Sudestada, año 8 nº 78, mayo 2009.


Arráncame la vida


Yo tengo muchas ganas de murguear

y a todos ustedes pido que me acepten.

Cuando los bombos empiezan a entonar

esos compaces que el murguero siente.


Un pasito adelante y otro atrás

Así se baila cuando uno empieza.

Después los saltos y todo lo demás

y entonces quedan todos de la cabeza.


No digas más pavadas, por favor

la gente vive metida en otra cosa.

La plata no te alcanza para nada

no es como antes, todo color de rosa.


Yo sé que vos tenés buen corazón

y te olvidas de todo lo que pasa.

Tenés que laburar si vos podes

Para poder llevar un mango a casa.


Siempre estas bajoneada y con dolor

y no queres que el mundo se divierta.

La murga nuestra trata de borrar

el malestar que a este país aqueja.


Vení hablemos juntos, por favor

Los dos queremos una Argentina nueva.

El tema es la desocupación

hay que arreglarlo, sea como sea.


Coro

Si nos juntamos todos puede ser

poder lograr una patria divina.

Y así como decía El General

si estamos todos unidos, salvamos la Argentina.


Recreación de Teté Aguirre

Letra original: Agustín Lara



2 may. 2009

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