1 oct. 2010

Mirada interesada

Cuántas veces oímos que las cosas no son como parecen. Muchas. “Estos no lo hacen por principios, sólo buscan un rédito político”. “Los ideales de los jóvenes del setenta llegaron al poder; una pareja que fue así toda la vida”. “No la tomes en serio, tiene incontinencia verbal”. “Quieren más poder, siempre; esto es una dictadura”. “Pero si fueron compañeros de ruta durante toda una vida, ¿por qué se separan después de la primera elección interna?”. “Esto es mucho más que un reclamo, estamos ante una situación revolucionaria porque los de arriba no pueden gobernar como siempre y los de abajo no quieren seguir como siempre”. “La región va rumbo a políticas que terminarán con la propiedad privada y la libertad”. Enunciados de quienes interpretan la realidad para llevar agua hacia su pradera política desértica, sin importar cómo. Nada nuevo. Compruébelo unas líneas más abajo.
 
La determinación y el valor casi suicida de la XI Brigada Internacional, especialmente por lo que se refiere a sus integrantes alemanes, están fuera de toda duda, peor la explotación propagandística de su coraje fue especialmente desagradable. El general Kléber (“Manfred Stern”) fue convertido en un héroe, aunque eso se volvió contra él más tarde, cuando sus compañeros soviéticos le acusaron de “kleberismo”, término que vino a definir a quienes querían toda la gloria para sí en detrimento de los españoles. En cualquier caso, Madrid tenía que ser sólo victoria del Partido Comunista. Tropas comunistas al mando del comisario italiano Luigi Longo habían tratado de impedir que el comandante Palacios, con dos batallones de voluntarios y una batería de campaña Vickers de 105 mm llegara a la capital un día antes que la XI Brigada Internacional. Consiguieron, pese a todo, abrirse paso y fueron recibidos por Miaja y Rojo poco antes de que llegara la XI. A la mañana siguiente, el día 9 al alba, los dos batallones lanzaron un contraataque en el puente de San Fernando, en el flanco izquierdo de las tropas nacionales de la Cas de Campo, en el que perdieron a casi la mitad de sus hombres, pero reconquistaron el sector nororiental perdido en los días previos. El mundo exterior no se enteró de esta hazaña, ni de otras llevadas a cabo por los milicianos. Se olvidó que los brigadistas no llegaron  tiempo para participar en los combates del día 8 y que sólo representaban un 5 por 100 de las fuerzas republicanas. La propaganda de la Comintern tuvo tanto éxito que sir Henry Chilton, el embajador británico, estaba convencido de que Madrid sólo estaba defendida por extranjeros. Por su parte, los nacionales también exageraron la importancia de los brigadistas con el fin de justificar su propio fracaso y poner de relieve, una vez más, “la amenaza del comunismo internacional”. (La Guerra Civil Española, de Antony Beevor, editorial Crítica; Barcelona, 2005. Fragmento del capítulo "La batalla de Madrid")

Marcelo Massarino
Buenos Aires, 30 de septiembre de 2010

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