5 jul. 2010

César Torres, filósofo

"En la tribuna los hinchas discuten intuiciones filosóficas"



Con la selección argentina eliminada del Mundial se abre un nuevo capítulo para reflexionar sobre Sudáfrica 2010. Lejos de la coyuntura del resultado César Torres analiza el certamen y la implicancia del nacionalismo en un mundo globalizado; reflexiona sobre los intereses comerciales y políticos que atraviesan el deporte; cuestiona la legitimidad de un triunfo obtenido mediante la trampa y considera que la tribuna es un lugar donde los hinchas debaten, en esencia, sobre filosofía y moral.


Por Marcelo Massarino. Fotos: Reinaldo Coddou H.

Las noticias sobre el Mundial de fútbol ocupan un lugar privilegiado en los medios de comunicación y los enviados especiales a Sudáfrica discuten hasta el hartazgo sobre diversos temas: ¿el equipo tiene que formar con tres o cuatro en el fondo?, ¿la pelota es imposible de controlar para los arqueros?, ¿quién paga el pasaje de los barrabravas?. A pesar de las horas de transmisión en vivo y de las páginas en diarios y revistas, es poco el espacio que se dedica a la reflexión y el pensamiento sobre el significado de esta competición. El filósofo César Torres tiene un punto de vista singular para analizar este certamen que disputan treinta y dos representaciones nacionales, en un contexto de globalización y con un fútbol transnacionalizado. Así, el sentimiento patriótico resalta la singularidad del imaginario de cada nación, en una disputa cultural contaminada por intereses comerciales y políticos que se dirime cuando la pelota rueda sobre el césped. Además analiza la importancia de Sudáfrica como país organizador, la necesidad de evitar la trampa para alcanzar la victoria y honrar la excelencia futbolística. Sostiene que la tribuna es un ágora donde los hinchas discuten intuiciones filosóficas.
Profesor de Educación Física y doctor en Filosofía e Historia del Deporte por la Universidad del Estado de Pensilvania y docente en la Universidad del Estado de Nueva York (Brockport), Estados Unidos, es compilador de los libros “Niñez, deporte y actividad física: reflexiones filosóficas sobre una relación compleja” (Miño y Dávila, 2008) y “¿La pelota no dobla? Ensayos filosóficos en torno al fútbol” (Libros del Zorzal, 2006). Torres es argentino, tiene cuarenta y dos años, y hace tres la Sociedad Internacional para la Historia de la Educación Física y el Deporte le otorgó el Premio Reinhard Sprenger Jr., un galardón que reconoce el aporte científico de jóvenes académicos. Actualmente es presidente de la Asociación Internacional para la Filosofía del Deporte (2009-2011).
Cada cuatro años y de la mano de la Copa del Mundo el hincha deja a un lado su club y alienta a la selección argentina. ¿Se trata de un sentimiento nacional único y compartido?
—Los mundiales de fútbol como también los Juegos Olímpicos se organizan en función del nacionalismo nacido a fines del siglo XIX y desarrollado durante el XX, por lo tanto un eje para el análisis es la construcción de la nacionalidad a través de cómo se concibe el estilo de juego propio. Los estados nacionales, por una cuestión de sobrevivencia, plantean una comunidad imaginada, cohesiva y coherente. Pero están los intereses políticos y comerciales claramente expuestos en las campañas publicitarias, en especial de la televisión, que inciden sobre cómo se concibe a la nación a través de la participación en este certamen. Siempre hay actores que tienen una mayor capacidad para imponer su relato en detrimento de otros.
En Sudáfrica participan países con identidades consolidadas y otros que la tienen en formación. ¿Se los puede analizar en un mismo plano?
—Hay elementos teóricos que son aplicables a todos. Según el concepto del historiador Benedict Anderson, que definía a la nación como una comunidad imaginada, todas las naciones tienen una narrativa sobre quiénes son y pretenden ser. Tal vez hay algunas que cuentan con un núcleo identitario más estable pero en todas es siempre fluida y en relación con el contexto histórico. Tomemos el caso de Grecia, que clasificó después de dieciséis años al mundial, ¿qué narrativa instalarán los medios hegemónicos?, ¿qué relato se hará en función del estado de la economía y la sociedad en medio de la crisis? Recordemos que el imaginario griego de nación tiene muchísimos años, milenios. Desde el punto de vista del estilo de juego el caso es interesante porque el director técnico es un alemán, Otto Rehhagel, en el cargo desde 2001 y ganador de la Eurocopa 2004; Grecia tiene una relación compleja con Alemania que incluye la emigración helénica tras la guerra civil de mediados del siglo pasado. Su estilo es rígido y no promueve un fútbol bonito, sin embargo después del título europeo los griegos aceptaron que así podían obtener resultados positivos, aunque no sea un juego del gusto de los hinchas pero hay un valor que consideran más alto: la nación representada por su selección.
Hay seleccionados con estilos arraigados por una tradición como el inglés que apelan a entrenadores extranjeros. ¿Por qué?
—Esto habla de la globalización de los recursos. Hay una fluidez que va desde las técnicas de entrenamiento, las tácticas y también de las personas que las llevan a cabo. En el caso de Inglaterra su director técnico es el italiano Fabio Capello, algo que plantea algunos cuestionamientos sobre la nacionalidad porque qué mejor que alguien propio para dirigir a la selección. Recordemos que el ingreso masivo de jugadores extranjeros a la Premier League es reciente porque fue una de las últimas ligas entre las más poderosas de Europa en aceptar la transnacionalización de los equipos, una consecuencia de la supercomercialización del deporte. Respecto de los entrenadores extranjeros, lo mismo sucede con Paraguay, Nigeria, Chile, Sudáfrica, Australia, Ghana, Camerún, Costa de Marfil, Suiza, Honduras y Grecia. Se ve con claridad la globalización que disemina diferentes ideas de juego que se cruzan y generan híbridos. Un ejemplo es España que tiene un fútbol bien plural que se nutre de diferentes tradiciones para construir o reconstruir una propia. Otro caso bien distinto es Italia que tras levantar la Copa en 2006 mediante su raíz histórica seguirá construyendo su relato de lo que significa jugar al fútbol desde el patrón que define su estilo, el catenaccio. Entonces, la manera esencialista de concebir la forma de juego del equipo nacional está en fluctuación. Pasa con Brasil y la Argentina. Desde un punto de vista puede ser un enriquecimiento pero están quienes consideran a este fenómeno una contaminación del estilo de juego propio que forma parte de la nación imaginada, a través del cual nos preguntamos quiénes somos y deseamos ser.
—¿El deportista registra estas cuestiones o sólo piensa en ganar?
—Está cruzado por estos relatos y esto trasluce en sus declaraciones públicas; en general tienden a apropiarse de esta cuestión de la nación y de que ellos la representan. Incluso hay muchos que explotan esta posibilidad en beneficio propio. Es llamativo cómo las compañías multinacionales y locales están presentes y se benefician con esta construcción de la nacionalidad por medio de las campañas publicitarias.


Seleccionados poderosos y débiles se enfrentan en ocho zonas que clasifica a los dos mejores de cada una para las instancias finales. ¿Este sistema de disputa es el más justo? César Torres considera que “ desde lo formal se garantiza la igualdad de oportunidades en el sentido que las reglas que definen al fútbol son aplicadas a todos por igual, pero las situaciones en que los equipos se entrenan y desarrollan son bien desiguales. Es decir, no tiene las mismas condiciones Corea del Norte que los países centrales del fútbol”.
¿Esa desigualdad abre la puerta al heroísmo del más débil?
—Abre posibilidades de relatos que se relacionan con la nación y, sin duda, el de contenido heroico es posible porque la competencia en si misma permite este tipo de narrativas. Está la dinámica propia del juego que nos llena de placer, pero lo fascinante es el cruce de narraciones que circulan en torno a la nación.
¿Cuál es la importancia que tiene para Sudáfrica ser el país organizador?
—Hay una confluencia de factores, el fundamental es su apertura hacia el mundo luego del apartheid y la celebración de su diversidad y potencial. Es claramente un intento de profundizar la construcción de la nueva Sudáfrica iniciada por Mandela. En este proceso, el deporte desempeñó un papel importante. En 1992 fue reincorporada al movimiento olímpico internacional y participó en los Juegos de Barcelona después de treinta años de ausencia. A partir de la democratización del país las autoridades deportivas comienzan a situarla en el sistema mundial de naciones. Ciudad del Cabo fue candidata como sede de los JJ.OO de 2004 y Sudáfrica organizó el Mundial de Rugby en 1995. Hay todo un esfuerzo por sumarla al sistema internacional de naciones a través del deporte y este es el corolario no sólo para el desarrollo del fútbol africano, sino también para la consolidación de condiciones políticas más amplias.

Al marketing no le alcanza con el campeón del mundo, sino que también cada cuatro años el establishment futbolístico necesita coronar al mejor jugador del planeta. Entonces las figuras que ganaron copas y campeonatos en sus clubes caen en desgracia si no se consagran con sus seleccionados. ¿Es válida esta búsqueda?
—No me gusta hablar del mejor jugador del mundo; sí del mejor grupo de jugadores que redefinen la práctica social porque transforman y elevan sus estándares de excelencia. Esto es posible porque hay una tradición, una historia de la que se nutren para llevarla a una dimensión de rendimiento superior. Además, la búsqueda del mejor jugador tiene que ver con cómo se construye e interpreta el juego y, en general, la distinción recae en aquellos que ocupan determinadas posiciones. Es difícil concebir que sea un arquero, sin embargo están quienes redefinen qué significa ocupar esa posición porque le agregan una dimensión novedosa y creativa.
¿Por qué la mayoría de los futbolistas no pueden evitar la trampa para alcanzar el triunfo?
—La práctica social implica el respeto a ciertos valores que nacen con ella; uno debería cuestionar el valor o la legitimidad de una victoria lograda a través de medios prohibidos por el reglamento. No se puede honrar la excelencia futbolística si se hace trampa, es una contradicción que muchas veces no se percibe como tal.
—Sin embargo, a la picardía criolla -que incluye la trampa- se la asocia con el jugador argentino...
—A la picardia la asocio a un “ethos”, que es la manera en que se implementan y vivencian las normas, que flexibiliza lo permitido y lo prohibido. Habría que honrar la práctica y denunciar la trampa.
¿Aun a costa de la derrota? ¿Se imagina a Carlos Tévez reconociéndo ante el árbitro que convirtió un gol con la mano?
—Por supuesto. Comprender la competencia implica que hay más de un resultado posible. Me causaría muchísimo placer. Es difícil de hacer para los jugadores por la presión que tienen. Si lo hicieran, se honrarían a si mismos y a sus rivales.
¿Cómo reaccionarían los hinchas?
—Si a alguien le gusta el fútbol es porque aprecia algo especial en esta práctica social y no en otra. El espectador educado es aquel que puede diferenciar el mal juego del bueno desde el punto de vista moral y técnico. Entonces determinadas acciones no deberían ser aceptadas ni celebradas. Habría que desarrollar un “ethos”, un clima cultural, que favorezca permitirse fallar. Me parece lógico que alguien se decepcione si su equipo no gana pero no todo es válido en pos de la victoria, no hay que ganar de cualquier manera porque todo no da lo mismo. En la tribuna suceden muchas cosas detestables pero se escucha muchísimo de intuición filosófica, en especial con respecto a la estética del juego. Hay simpatizantes que conocen sobre fútbol y es interesante escucharlos. Ocurre que hay una suerte de desprecio hacia lo popular porque se lo asocia a los excesos que impiden la reflexión, pero los análisis estéticos y morales e incluso epistemológicos que se dan allí son fascinantes. Un ejemplo es la discusión sobre si se jugó bien o mal. La gente argumenta, no presenta postulados sino evidencias, tienen una concepción definida del juego y la articulan. Son internalistas, gente que entiende al fútbol de una manera determinada, que sabe cuáles características de esta práctica social son honradas por la comunidad y le dan sentido porque resaltan sus bienes internos. Cuando uno dice que el defensor no tiene que reventar la pelota porque debe salir jugando, en el fondo la discusión es estética, equivalente a la que se da en un museo cuando dos personas discuten sobre el valor inherente a una obra de arte. Cuando se discute sobre si un futbolista sabe o no jugar se activan concepciones sobre qué significa saber. Es una discusión epistemológica. Ni hablar de cuestiones morales, por ejemplo si una falta es o no motivo de expulsión o amonestación, si fue necesaria. La tribuna es un ágora done se debate una multiplicidad de ideas de raíz filosófica que tiene que ver con cómo se vive o debería vivir el deporte. Con las excepciones del caso, los simpatizantes que van a la cancha constituyen un público cultor de la práctica, que la valoriza y reconoce, la discute y resignifica.
¿El Mundial nos brinda una tribuna universal, un ágora para discutir sobre el fútbol y otras cuestiones?
—Sin duda. Abre una posibilidad de intercambio interesante. Uno confronta con el “otro” y, entre otras cosas, se discute cómo y para qué se juega. Y también están los estereotipos “nacionales” que se magnifican pero que brindan elementos para el intercambio de ideas. Uno de los desafíos es reflexionar sobre ese tema y escuchar qué dicen los demás. El Mundial es una excelente oportunidad para pensar sobre nosotros mismos.

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