1 abr. 2006

Ricardo Gómez. “SIENTO EL AROMA DE LA FLOR QUE FILETEO”


Nací un 5 de julio de 1926 en un corralón de la esquina de México y Boedo. De jovencito unos amigos me invitaron a un baile familiar en Mataderos donde conocí a una chica, María Celia, quien fue mi mujer durante 54 años. Tengo una hija y un hijo, cinco nietos y una bisnieta. A los 24 años un señor que reparaba carros vino al barrio y me preguntó si me animaba a filetear uno. Le dije que sí aunque no conocía la técnica. Me la explicó y pensé: “esto es una papa”. Cuando dibujé las hojas y las flores me picó el virus del filete. Así comenzó la historia.
Luego hice carros por mi cuenta. Visitaba los ranchos del Bajo Flores que tenían piso de tierra, pero donde dormía el caballo era de cemento y viruta. Llegaba con don Luis González que quemaba la basura de la Pirelli. Había gente como el Negro Verruga, Pólvora y Documento que en los remates de carros y caballos de Grippo se peleaban contra seis. Gente de muchas agallas, sin cuchillo y a trompadas. Documento tenía una gran habilidad para manejar los carros, atracaba una chata de cuatro ruedas de un tiro.
En los corralones había gente brava. Estaba pintando y de repente se peleaban ¡y no sabes cómo se daban!, ¡escuchabas el ruido de las trompadas..! En ese ambiente me hice. Allí guardaban los carros y en el fondo estaban las caballerizas. El tipo venía, desataba el carro y lo dejaba hacia arriba, entonces abajo había que hacer un dibujo para que se distinguiera de los demás. Para esa tarea copie a Carboni, a León, a don Federico, a los Brunetti y a Mario del Piero: los calcaba en papel, al otro día llevaba una chapa del mismo color del carro y tomaba los colores. Por eso trabajo parecido al maestro Carboni.
Con el tiempo se prohibió la tracción a sangre y comencé con el colectivo en las Carrocerías El Tigre, La Maravilla, San Juan, Ala y El Trébol. Los míos se distinguían por las flores. También llevamos los motivos del carro: la bandera enrollada, los moños, la decoración en los números y la letra gótica. Ahora hay un montón de muchachos que hacen tablitas, pero fileteadores porteños hay pocos, porque no saben lo que es un carro. Pintan muy bien porque son egresados de Bellas Artes, pero delante de un carro no saben para donde ir... El filete de hoy es como Piazzolla. El filete porteño se realiza solamente en carros porque ahí nació, después fue a la chata, luego al camión y al colectivo. Ahora está en todos lados. Alfredo Genovese mezcla Bellas Artes con el filete y se va... Pero es lógico porque los tiempos cambian, como el tango, como la vida… ¡Ojo!, a mi me gusta lo que hace pero yo no puedo salir de lo mío. Alfredo en sus libros habla de mi como su maestro y eso me gratifica.
Tomé la decisión de enseñar un día que en el taller alguien dijo “el día que se mueran estos viejos, se muere el filete”. Le conté a mi señora y me estimuló para que diera clases. El primer día que fui a un centro cultural de la Municipalidad, entré al aula y encontré a diez mujeres. Entonces pregunté: “Perdón ¿cocina?” Y me responden “No, filete porteño”. ¡Yo esperaba encontrar a tres o cuatro negros, nunca a mujeres..! Y tuve que aprender a hablar, porque el idioma del corralón es distinto.
Ahora mi vida es el taller, mis alumnos y algún carro que siempre tengo para despuntar el vicio mientras escucho unos tangos. ¿El filete es arte u oficio? Yo me siento obrero del pincel. A veces los jóvenes me preguntan cuándo uno es fileteador. La respuesta es sencilla: cuando sentís el perfume de la flor que estás pintando, cuando escuchas el relincho del caballo que dibujas, cuando hablas con la Virgen de Luján mientras fileteas su manto. ¡Ahí sos fileteador!

Testimonio recogido por Marcelo Massarino.
Foto: Buche de camion fileteado por Ricardo Gómez, publicado en Los maestros fileteadores de Buenos Aires, de E. Barugel y N. Rubió. (Gentileza E.B. y N.R.)

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