Lidia Grichener, presidenta de Missing Children
Por Jorge Fernández Díaz
Por Jorge Fernández Díaz
Marcelo Vallejos
2007. Editorial Leviatán.
160 páginas
El descubrimiento de una idea original y revolucionaria puede surgir, simplemente, de un golpe de suerte. El azar, tan amado como resistido aunque siempre enunciado, interviene y nos deja una sorpresa. Tal vez porque el espíritu santo escuchó las oraciones que le ofrendan millones de fieles en todo el planeta, nos dejó el cofre de la felicidad en el umbral de nuestra casa y, creer o reventar, la llave está debajo del felpudo.
En el plano literario una idea puede ser el germen de textos notables, concebidos con trabajo y dedicación por el escritor que busca cada palabra para lograr una narrativa que provoque al lector, lo saque de la rutina de pasar una página tras otra y lo involucre para que tome partido en la trama. Así sus sentimientos, pasiones y razonamientos quedan al descubierto en la intimidad de la lectura de una novela que elude las modas y los lugares comunes.
En tiempos de una literatura pautada por los parámetros del mercado, encontrar una narrativa como la de Marcelo Vallejos es una bocanada de aire fresco. Claro que un libro como éste sólo puede llegar a las librerías por un camino alternativo al que impone el conglomerado editorial de turno. Después está en la tarea del lector agudizar la mirada para detectar trabajos como Anatomía de un simulacro que recibió excelentes comentarios de los escritores Pablo Ramos y Vicente Battista. Es un texto tan potente como seductor donde el autor recorre el espinel de una historia que resulta verosímil por el perfil de los personajes y el clima asfixiante que rodea las acciones, en un pueblo inhóspito del sur argentino. El doctor Olevi, el juez Mendaci, el Soga Fajardo y otros son piezas de un juego de dominó, que es la propia historia, y actores una partida con final incierto. Sin embargo tenemos una certeza: una literatura meticulosa, cristalina y sin estridencias está en nuestras manos.
Marcelo Vallejos nació en 1962 y colaboró en diversos diarios y revistas argentinos. En 2003 escribió Anatomía de un simulacro que publicó Leviatán cuatro años más tarde.
M.M.
Publicado en la edición gráfica de Sudestada, edición nº 78, mayo 2009.
El muchacho elegante tenía los ojos color de cielo y una sonrisa blanquísima. Alzaba la ceja izquierda y una mirada dulce y profunda le otorgaba fortaleza y seducción. El tabique nasal desviado y una cicatriz desde el entrecejo hacia la frente eran las señales de la distinción de un verdadero bon vivant. Se movía en la noche del arrabal como pez en el agua. Ya de joven visitaba los tugurios del Camino de las Cañitas, en Palermo junto al Arroyo Maldonado, entre compadritos, malandras y respetables padres de familia que frecuentaban los prostíbulos y bodegones de las orillas de Buenos Aires. Sin embargo, eso no impedía que fuera protagonista de las fastuosas reuniones de la burguesía porteña en los salones más distinguidos y fuera socio del Jockey Club, de Gimnasia y Esgrima, de la Sociedad Sportiva y del Club del Progreso. Este personaje singular fue el primer ídolo criollo de los argentinos: Jorge Alejandro Newbery cumplió con todas los requisitos para ocupar ese cetro: murió joven y a lo largo de su corta vida –apenas treinta y ocho años- superó cuanto desafío se propuso; fue un protagonista excluyente de la vida social, deportiva y política del país; culto y con una sólida formación profesional su presencia despertaba admiración y respeto entre los hombres, como pasión y rojo carmesí entre las mujeres.

George heredó de su padre la pasión por la aventura. El norteamericano Rodolph Lamartine Purcell Newbery llegó a Buenos Aires en 1872 luego de la epidemia de fiebre amarilla que barrió con la población negra. Con veinticinco años instaló un consultorio odontológico en la calle Florida 125 y se adaptó inmediatamente al pulso de la ciudad. En su país fue soldado e intervino en la avanzada de Grant que concluyó con la victoria en la Guerra de Secesión y el fin del esclavismo. Tal vez influido por las visitas que el embajador plenipotenciario Domingo Faustino Sarmiento hacía en la casa familiar de Nueva York, es que Ralph llegó a este inhóspito lugar del Cono Sur. En 1873 se casó con Dolores Celina Malagarie Ramos, Lola, quien le dio doce hijos en doce años. Pero las obligaciones familiares no detuvieron su espíritu aventurero. Compró campos en la Patagonia, Buenos Aires y San Luis, por consejo de su paciente, el general Julio Argentino Roca y a menudo dejaba los instrumentales y tenazas con rumbo al Sur. La última vez fue junto a su esposa en busca de oro a Tierra del Fuego donde la muerte lo encontró en abril de 1906, a los cincuenta y ocho años de edad. El segundo de sus hijos y primer varón nació el 27 de mayo de 1875: Jorge Alejandro llevó en su sangre la herencia anglosajona de una familia proveniente del sur de Inglaterra y la temeridad aventurera de sus ancestros. De chico templó su carácter cuando a los ocho años su padre lo embarcó en un largo viaje rumbo a los Estados Unidos para conocer a los abuelos. De regreso, asistió a la escuela escocesa de San Andrés, en Olivos, y luego obtuvo el bachillerato en el Colegio Nacional. La familia ya vivía en la casona de Ituzaingó 11 (hoy Moldes 2368), en el barrio de Belgrano, junto a los apellidos patricios que se mudaron al norte para huir de la fiebre amarilla. Con 16 años volvió a Norteamérica y cursó dos años en la Universidad de Cornell y en el Drexlel Institute, de Philadelphia, donde tuvo como profesor a Tomás Alva Edison, el inventor de la lámpara incandescente. Allí cultivó su perfil como deportista y participó en torneos de boxeo, al tiempo que afirmó una convicción: el progreso viene de la mano del desarrollo de la ciencia y la investigación. A los veintiún años regresó a la Argentina con el título de ingeniero electricista y aceptó un cargo de jefe en la compañía Luz y Tracción del Río de la Plata aunque sólo por un par de años, hasta que ingresó a la Marina de Guerra donde obtuvo el grado de capitán de fragata. Prestó servicios en los cruceros Garibaldi y Buenos Aires. En 1899 fue comisionado a Londres para comprar equipamiento eléctrico y aprovechó para disputar y ganar dos campeonatos de boxeo, en el Athletic Club y el Germain Gimnasium, de Londres. Fue profesor de natación en la Escuela Naval y duró tres años en la fuerza. En el comienzo del siglo XX el intendente porteño Adolfo Bullrich lo nombró Director General de Alumbrado de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, cargo que conservó hasta su muerte. En 1904 asumió la cátedra de Electrotécnica de la Escuela Industrial de la Nación que dirigía Otto Krause. En paralelo a una fructífera carrera profesional, Jorge Newbery moldeó su cuerpo como una argamasa sólida y escultural pues era dueño de un físico privilegiado que fogueó practicando boxeo, remo, lucha grecorromana, fútbol, esgrima, y natación. También intervino en carreras de automovilismo, aunque consolidó su fama de sportman, que lo proyectó a la consideración popular, como piloto de globos aerostáticos y aviones. De alto perfil en el ambiente social de la época, todas y cada una de sus actividades era seguida con especial atención incluso por los diarios de la época, más aún cuando la noche lo tenía como protagonista del espíritu festivo de su clase.

Y el Coco se callaba la boca. Miraba el suelo. ¿Por qué, Coco? ¿Por qué te callas la boca y andas escondiéndote? ¿Vos, Coco? ¿El mejor tocador de bombo? ¡Que no se diga! Porque vos sos el mejor de todos. Sin vueltas. Cuando te dejamos solo haces lo que querés con el bombo. La gente te aplaude. La gente te aplaude. Se vuelve loca. Por la espalda, por abajo la pata. ¡Dale, Coco! ¡Más fuerte, Coco! ¡Más ligero! ¡Dale, Coco! Pero soy el director. Yo siempre fui director. ¿No es cierto, Coco? Este año, y el año pasado, y el otro, y el otro. Siempre. La murga de Barraza, le dicen a Los Divertidos. Eso vos lo sabes.
De Un Bombo que suena lejos, Humberto Costantini
La voz de Teté Aguirre, grave y cavernosa, retumba entre las paredes del taller donde fabrica bombos, al fondo de su departamento en un primer piso del barrio de Villa Crespo. El sol ilumina la tarde y ese lugar en el mundo ––pequeño y repleto de herramientas, maderas, mazas y papeles que tapan la mesa de trabajo– es el único ámbito donde este hombre de setenta y cuatro años puede crear por afuera de su escenario natural: el empedrado. Porque Teté es la calle misma en tiempos de Carnaval, una suerte de guardián del Rey Momo que anuncia la llegada de los días felices con los sonidos del parche y el platillo. Personaje de culto para músicos y murgueros, nunca abandonó la esencia del murguista que lo mantiene vivo y le da energías para encarar nuevos desafíos arriba de un tablado con el grupo La Runfla. También como letrista y confeccionando bombos de manera artesanal. “A veces les hablo y les pido perdón: ‘mira, tengo que apretar las clavijas para afinarte’”, dice con la palabra y la mirada en el rabillo del ojo. Teté Aguirre, Héctor en su documento de identidad, es grandote y se peina para atrás con unos rulos rebeldes que caen, empecinados, sobre la nuca. Tiene un cuerpo macizo que aun con los golpes que le dio la vida lo conserva con una postura altiva pero serena. Sus manos y brazos han hecho miles de malabares con la maza de madera y los platillos. Y sus dedos no dejan de repiquetear cuando entona, con una sorprendente voz de jilguero, las canciones que compone desde hace tan solo quince años.
Arráncame la vida
Yo tengo muchas ganas de murguear
y a todos ustedes pido que me acepten.
Cuando los bombos empiezan a entonar
esos compaces que el murguero siente.
Un pasito adelante y otro atrás
Así se baila cuando uno empieza.
Después los saltos y todo lo demás
y entonces quedan todos de la cabeza.
No digas más pavadas, por favor
la gente vive metida en otra cosa.
La plata no te alcanza para nada
no es como antes, todo color de rosa.
Yo sé que vos tenés buen corazón
y te olvidas de todo lo que pasa.
Tenés que laburar si vos podes
Para poder llevar un mango a casa.
Siempre estas bajoneada y con dolor
y no queres que el mundo se divierta.
La murga nuestra trata de borrar
el malestar que a este país aqueja.
Vení hablemos juntos, por favor
Los dos queremos una Argentina nueva.
El tema es la desocupación
hay que arreglarlo, sea como sea.
Coro
Si nos juntamos todos puede ser
poder lograr una patria divina.
Y así como decía El General
si estamos todos unidos, salvamos la Argentina.
En una charla íntima y apasionada, el técnico de Huracán sostiene sus ideas: "No hay románticos y prácticos, eso sí que es una estupidez", dice

En ocasiones el fútbol devuelve los hinchas a un estado primario de disfrute del juego y admiración por la estética, a pesar que el negocio y el espectáculo funcionan como un corset que aprieta pero no mata, por ahora, la sonrisa y la pasión bien entendida. Cuando el toque y la audacia de un equipo fundan una corriente de simpatía que circula entre los simpatizantes, más allá de los colores de una camiseta, es porque algo en la genética futbolera de los argentinos se reconoce como propia. Esto sucede con Huracán, que despertó con su juego la admiración de propios y extraños tras golear el viernes a Racing Club, por cuatro a uno, en Avellaneda.
Puede ser simplemente una casualidad, un hecho fortuito de los tantos que tiene la dinámica del fútbol. Sin embargo, algo de la memoria histórica del club de Parque de los Patricios se revela en los pasos de sus jóvenes futbolistas. Aunque Javier Pastore y Matías De Federico nunca vieron jugar a Carlos Babington, ni a Miguel Angel Brindisi o René Orlando Houseman, la forma de sentir y de vivir sobre el verde césped parece la misma. También es seguro que las charlas del entrenador Angel Cappa tienen el eco de las palabras que César Luis Menotti daba a sus jugadores en el mismo vestuario del Palacio Tomás Adolfo Ducó. Se vislumbra una memoria histórica en este Huracán modelo 2009, que resistió quiebras y disputas políticas internas, en medio de un discurso dominante que insiste en imponer la tesis de ganar no importa cómo ni con qué armas.
“Hicimos lo que Angel quería”, explicó De Federico mientras que el centrodelantero Federico Nieto reconoció que a él y a sus compañeros “nos convenció la idea de Cappa”. ¿Qué mejor cohesión que la creencia en las virtudes propias y el espíritu de grupo? La pregunta del millón es si Huracán podrá rubricar con más y mejores actuaciones estos primeros pasos en el Clausura. “Es un lírico, no va para este fútbol tan competitivo”, afirman sobre la propuesta de Cappa los integrantes del establishment periodístico y muchos hinchas del tablón. Encima, su perfil intelectual no se adapta al show televisivo del director técnico que gesticula y les grita a los futbolistas sin despegar el rabillo del ojo a la cámara más cercana. La condición de líder de grupo lo enfrenta, tal vez, al desafío más grande de su carrera: transformar en resultados concretos su idea que un rendimiento positivo del conjunto no implica abortar las virtudes individuales, sino que las revitaliza y potencia.
Lo cierto es que la vuelta al país del ex ayudante de Jorge Valdano lo encuentra en un club en crisis permanente y con un plantel sin nombres rutilantes, pero con jugadores que, poco a poco, forjan una convicción: jugar de igual a igual ante los mejores, aunque sus rostros no estén entre las difíciles del álbum de figuritas.
Diario Perfil, suplemento Deportes, domingo 15 de febrero de 2009.
Hoy, a pocos les llama la atención los excesos y la corrupción en las filas de las fuerzas de seguridad, casi un lugar común en la crónica policial. Pero aunque parezca mentira a los ojos de un joven del siglo XXI, hubo un tiempo en que el vecino conocía al vigilante de la esquina y los policías eran mencionados en las crónicas periodísticas sólo por hacer su trabajo: atrapar ladrones sin meter la mano en la lata. Y hay un hombre emblemático para señalar aquella época: Evaristo Meneses, un comisario que lideró la sección Robos y Hurtos de
“El Pardo” Meneses era un morocho corpulento de gesto adusto, cejas pobladas y mirada inquisidora. Su cuerpo moldeado al calor del boxeo amateur tenía una derecha potente que usó en el ring y en más de un operativo. Siempre peinado a la gomina, con funyi y un cigarrillo entre los labios, completaba su estampa de investigador de novela policial con un riguroso traje oscuro de la sastrería de Abraham Rusin, que ocultaba las sobaqueras donde guardaba dos Colt 45. Aunque rechazaba la comparación con Phillip Marlowe reconocía una coincidencia con el personaje creado por Raymond Chandler:
–A mi también me gusta el café con crema.
Fue la sombra de los delincuentes más famosos que, sin embargo, lo respetaban. Considerado el padre de la “policía brava”, los viejos cronistas señalaban que no incluyó la tortura ni la picana eléctrica para forzar una confesión. Se consideraba un policía “más que temido, respetado”. El periodista de la revista Panorama Carlos Velazco, que estuvo junto a Meneses durante un mes en 1965, escribió: “Dos leyendas se disputan su fama. La de los incrédulos, que le cargan el sambenito de coimero y matón, atribuido en ciertos ambientes a todos los policías; y la de los amigos, vecinos y centenares de admiradores, que lo aclaman como un héroe y repiten lo que testimonian todavía con orgullo los ex miembros de la brigada de Robos y Hurtos: ‘Cuando había que echar abajo la puerta de un rancho el primero en poner el hombro era Meneses. Después adentro, nunca tiró primero. Hay que ver lo que es esperar, parado, ante el hueco de una puerta’”.
Una larga lista de malhechores integraban a mediados del siglo pasado la galería de los “ases del choreo”: Jorge Villariño, “El Rey del boleto” o “El Pibe” y su lugarteniente, Manuel Viñas; Manuel Pardo, “El Lacho” o “El Loco de la ametralladora”; “El Loco” Prieto; “El Pichón” Laginestra y José María Hidalgo son algunos de los más famosos que ganaban con cada asalto las primeras planas de los diarios, mientras el comisario Meneses los perseguía. Conocedor de la influencia que los medios generaban en la opinión pública, el funcionario no perdía la oportunidad de posar para la foto junto al delincuente esposado con gesto de “esta vez, perdí”.
Evaristo Meneses nació el 26 de octubre de 1907 en un pueblito llamado, paradójicamente, Cuatreros, cerca de Bahía Blanca. Cuando tenía doce años su familia emigró a Uruguay donde se hizo boxeador amateur en el gimnasio del Púgil Club de Montevideo. Volvió a
–Nunca me voltearon; apretaba los dientes y aguantaba.
Marcelo Massarino
La nota completa en la revista GABO, edición nº 26, enero de 2009.
Por suerte todo esta como debe ser. Hay dinero de sobra en los bancos, los bonos crecen o están protegidos, la moneda extranjera es estable. En los restaurantes de Puerto Madero cuesta conseguir una mesa los fines de semana. Lo mismo ocurre en Palermo Soho o en San Telmo. Los centros comerciales son visitados de manera fenomenal. Los cines a pleno. El turismo resulta una bendición. No hay mayores conflictos, el clima últimamente es casi primaveral y las zanahorias han bajado de precio. El índice de inflación es relativamente bueno. Así lo indican los datos oficiales. Se habla de la crisis del federalismo pero para las autoridades no es así. Por lo tanto debe ser verdad. No existen la Triple A ni los comandos civiles. En los partidos políticos reina la unidad, la distensión y el diálogo sereno. Obama inició lo que parece un ascenso de un negro a la Casa Blanca. La burocracia del siglo XX en nuestro país está a punto de formar parte del pasado. El bucanero Marsans caerá de rodillas. El gobernador del Chaco, Capitanich, parece ser que sentenció: “Cuando Cristina visita nuestra provincia, sale el sol”.
La semana pasada presenté mi nuevo libro, Retratos, en la delegación de la Xunta de Galicia en Buenos Aires. Concurrieron alrededor de cien personas, entre los cuales había periodistas amigos, escritores y artistas plásticos. Tuve, además, el aval del Centro Betanzos de Buenos Aires. Ayer me informó la distribuidora que se vendieron veinticuatro libros para diversas universidades de EE.UU., uno para la Biblioteca del Congreso de ese país y otro para la Biblioteca Nacional de España. Aquí ninguna representación cultural se hizo presente. Ni adquirió un ejemplar. Ni siquiera lo pidió prestado. Bien.
Estuve viendo un documental aterrador. Sobre La Matanza , a pocos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. La gente está mudándose a los basurales. Arrojan a cinco o diez metros los animales muertos, los restos de comida o suciedad y levantan su casa de chapa en unas horas. Chapa, madera y cartón. En la zona las infecciones de piel han aumentado. Ha aumentado el cáncer y los problemas renales y respiratorios. En los niños de cuatro o cinco años, en los hombres y mujeres. Hijos por todos lados. Hacen sus necesidades en tachos y luego arrojan sus heces al exterior, es decir a la otra parte del basural. Alrededor barrios enteros de miseria, ignominia y desamparo. Una encuesta que leí recientemente, de la UNESCO , afirma “que en el conurbano local tres de cada diez chicos, entre 15 y 20 años, piensa que en cinco años estará muerto o excluido”.
Según ciertas fuentes nuestro país estaría dentro del “sicariato”. Sí, caro lector, es un neologismo. Pues bien sería un país de sicarios, es decir de crimen por encargo. Al mismo tiempo informan que la pobreza y el crimen se entrelaza. La cantidad de villas miserias del segundo cordón ha crecido cuatro veces desde 2003. En un partido de la Provincia de Buenos Aires, San Martín, “se produce un robo cada cuarenta segundos”. La realidad es más imaginativa que cualquier ficción. No hay que recurrir a Dashiell Hammett.
He vuelto a ver Prisioneros de la tierra aquella película de Mario Soffici, de 1939. Estaba basada en cuentos de Horacio Quiroga. Le recomendaría a muchos caballeros que la vean. El resto, como dicen los muchachos que dominan doscientas palabras, “todo bien”.
Carlos Penelas
CLUB SOCIAL Y DEPORTIVO. En los primeros años del siglo XX se generalizó una práctica entre los integrantes de los sectores medios y bajos de la población argentina que luego derivó en la creación de una red de instituciones que reuniría las actividades sociales, culturales y deportivas de diversas zonas de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Tales entidades se diferenciarían de aquellas de carácter cerrado y discriminatorio construidas sólo por los miembros de la colonia británica y de la elite local. Los clubes sociales y deportivos fundados mayoritariamente por hijos de inmigrantes y nativos pertenecientes a los sectores populares se convirtieron en espacios destacados del mundo urbano donde se ejercitaba la democracia y se impugnaba al estabishment deportivo. Abiertos a todo tipo de público, permitieron la afirmación identitaria de sujetos sociales que no encontraban la posibilidad de afianzarse en el complejo universo social de la época, facilitando la integración de diversos actores dentro del lugar delimitado por el club así como también en un entramado social más amplio, donde se cruzaban amigos, familiares y vecinos en general. Conviene señalar que en las instalaciones de los numerosos clubes populares, cuyo objetivo principal aunque no exclusivo era la práctica del fútbol –un deporte de origen británico que fue resignificado positivamente por los estratos medios y bajos de la sociedad-, se articulaban las actividades recreativas y culturales de los barrios. Así, los clubes sociales y deportivos se sumaban a otros ámbitos relevantes de sociabilidad como las entidades educativas, los bares y la denominada “barra de la esquina”. (Fragmento)
DEPORTE AMATEUR. Resulta complejo distinguir claramente el deporte amateur del profesional y muchas veces paradójico pues sus límites son difusos y admiten contenidos contradictorios. Habitualmente, apelando a un reduccionismo, se pone el acento en la influencia negativa del dinero, al que se considera el principal contaminante de la mítica pureza del deporte.
Para superar a las prenonciones resulta particularmente fecundo analizar el fútbol argentino, que en 1931 experimentó el cambio de status deportivo. Con la llegada del profesionalismo se institucionalizó el pago de dinero a los futbolistas, práctica que hasta ese momento era ejercida en forma solapada, conocida como “amateurismo marrón”. Este mecanismo, puesto enmarca hace unos años, sirvió para retener a los jugadores talentosos cuando rentarlos no estaban aprobado por la superestructura jurídico-legal de las instituciones deportivas. Asimismo, la apropiación de la práctica futbolística por los sectores populares se inscribió en parámetros distintos de los utilizados por las elites que intentaron, por muchos medios, imponer a los demás actores una oral deportiva basada en la ejecución de movimientos medidos y estandarizados del cuerpo humano. De esa manera las demostraciones emocionales y sentimentales desde medidas, estrechamente relacionadas con la identidad cultural de los estratos medios y bajos de la población local, quedaron alejados de los ideales “civilizatorios” propios de la cultura deportiva anglosajona, sellándose así subjetividades diferentes. No es de extrañar, entonces, que a comienzos de la era profesional siguiera primando en los futbolistas, que ya cobraban formalmente, una mentalidad amateur asociada a lo lúdico y a una estética propia. (Fragmento)
Luego de escribir su último libro sobre cricket, el intelectual critica la sociedad de los Estados Unidos

El autor explica que se propuso "recoger aquello que se encuentra al borde de la mirada, en el umbral de lo no visto. Me guía la intuición, un viaje solitario. Uno trabaja sobre imágenes hurtadas. Desde el sentido de lo armónico un proceso de condensación. Lo desunido –desde la poesía– conquista unidad. Sabemos que lo efímero tiene su instante metafísico, una simetría que se dispersa en lo nocturno, en el hábito de lo ausente que asigna valor a lo perdido; ritmo a lo perdurable".
Columnista de los periódicos Galicia en el Mundo, Nueva Rioja y Diario Hispano Argentino, Penelas articula una prosa precisa y emotiva con la que se refiere a Roberto Santoro, periodista desaparecido por la última dictadura militar, en "Poeta con flor en la oreja"; a la dramaturga Alejandra Boero en "Mujer en un andamio" y al artista plástico Máximo Paz en "Hombre en Hollywood", entre otros.
También rescata del anonimato a personajes entrañables de la ciudad de Buenos Aires como don Manuel Fernández Valle quien fue mozo del bar Astral, en la esquina de Viamonte y Rodríguez Peña, "que solía acercarse a la mesa con el puño de su mano izquierda en alto y la bandeja en la otra mano".
Hay, además, dos textos conmovedores: "Hombre anarquista con sombrero" dedicado a Enrique Palazzo y "Mujer con niño en el regazo" que recrea a doña Pilar Freire, nacida en Mesón de Cabra, una inmigrante española que se radicó en la Argentina sin olvidar nunca a su tierra (ANC-UTPBA).
http://www.voltairenet.org/article157535.htmlPara bajar el texto del cuento "Un ligero caso de insolación" pulsar en: http://www.macrohw.com/archivos/libros/Arthur%20C%20Clarke/Arthur%20C.%20Clarke%20-%20Un%20Ligero%20Caso%20de%20Insolacion.pdf
Foto: http://www.newforestobservatory.com/wordpress/wp-content/gallery/peopleandplaces/ACC.jpg
Desde hoy a las once y media de la mañana los restos del ex futbolista Darío Dubois descansan en el Cementerio de San Justo, en el partido bonaerense de La Matanza. Un centenar de familiares y amigos lo despidieron con un aplauso cuando el féretro quedó depositado en el nicho 7, galería C, fila 4º. Su hermano Rubén tenía entre las manos la camiseta de Ferrocarril Midland que Darío lució cuando convirtió el recordado “gol de la vida”. Fue durante un partido frente a Liniers, en el barrio de Villegas. El árbitro suspendió el encuentro cuando Darío quedó inconsciente tras un choque involuntario con un rival. Días más tarde el partido siguió e hizo el tanto del triunfo para el equipo de Libertad. Una historia más de las tantas que protagonizó este icono del fútbol del ascenso en la Argentina, ejemplo de entrega, sacrificio y compañerismo que será recordado como un hombre íntegro y de convicciones tan firmes como justas.
M.M.
Nota: la imagen corresponde a una nota del diario deportivo Olé, suplemento Ascenso, del domingo 9 de marzo de 2008.
