23 sept 2007

Esta vez en San Juan. CUANDO MENOS LO IMAGINABA, A VELEZ LO LIQUIDARON OTRA VEZ CON EL TIRO DEL FINAL


Por Marcelo Massarino

Vélez Sarsfield otra vez sufrió el tiro del final y perdió su segundo partido consecutivo en la última jugada. El sábado pasado el verdugo había sido Racing. Ayer San Martín, en San Juan, le dio otro baño de realidad a este tibio equipo de Ricardo La Volpe, un entrenador que está en la picota después de caer en tres de las últimas cuatro presentaciones. Además, el conjunto de Liniers extendió la sequía de victorias como visitante, desde aquel uno a cero ante Colón en la fecha inaugural del Apertura. ¿Podrá el temperamental entrenador torcer la racha adversa y cambiar la opinión de los hinchas que le adjudican la responsabilidad no sólo de los resultados en contra, sino también de la falta de una identidad futbolística? La imagen de aquellos equipos arrolladores con técnicos como Carlos Bianchi, Marcelo Bielsa y Miguel Angel Russo contrasta con este Vélez que no impone condiciones al rival y es un cúmulo de buenas intenciones.


Publicado en Diario Perfil, domingo 23 de septiembre de 2007, sección Deportes, página 66


17 sept 2007

Ante un rival especial. HURACAN SUFRIO, PERO DISFRUTO DEL DULCE SABOR DE LA VENGANZA


Por Marcelo Massarino
En la primera victoria de Osvaldo Ardiles, el Globo se recuperó de tres derrotas seguidas y se sacó de encima una mochila pesada: ganarle al equipo que hace casi tres meses le postergó el ascenso en un partido más que polémico. Sacó claras ventajas en el juego, pero tras el descuento de los sanjuaninos se metió atrás y terminó apretado.

Publicado en Diario Perfil, domingo 15 de septiembre de 2007, sección Deportes, página 70

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27 ago 2007

Ganó en Rosario. HURACAN, CON OFICIO Y CON LAS MEJORES INTENCIONES


por Marcelo Massarino*
Este Huracán de Antonio Mohamed tiene la marca registrada de la pelota contra el piso más una cuota de sacrificio que ilusiona a los hinchas que festejaron el triunfo frente a Rosario Central, uno a cero. Además, está invicto y tiene un objetivo: la permanencia en Primera, una meta modesta para su historia, pero importante para el presente de crisis del club. En Arroyito le bastó con las tareas de Sánchez Prette y Barrientos en la mitad de la cancha, más el oportunismo de Franco Mendoza que marcó el gol del triunfo cuando expiraba el primer tiempo. Enfrente hubo un Central desdibujado convertido en un manojo de voluntades.
Los Quemeros, que tienen los recuerdos a flor de piel guardan en la memoria un triunfo histórico en Rosario del Huracán Campeón del '73 cuando el domingo 6 de mayo goleó a Central 5-0. Ese día, todos cayeron bajo el embrujo de la gambeta de un chico que venía del ascenso y que marcó dos goles, uno de ellos, a los 44 del primer tiempo, tras un jugadón con Roque Avallay. La ceremonia del fútbol se completó con el aplauso unánime y la admiración de propios y extraños. Uno de esos hinchas, a la postre el canalla más famoso, Roberto Fontanarrosa, escribió 27 años después: "La hinchada de Central aquella tarde, tras el último gol de Houseman, se puso de pie y, simplemente, aplaudió".
Este Huracán no tiene estrellas pero su entrenador está moldeando un equipo que promete darles pelea a todos los rivales, se llamen como se llamen, y esta victoria lo demuestra. Todavía falta mucho, pero está en el camino correcto.

* Desde Rosario
Publicado en Diario Perfil, domingo 26 de agosto de 2007, sección Deportes, página 75.

3 jul 2007

El regreso del Clásico Huracán-San Lorenzo


(Por Enrique Escande*) "Dicen que me fui de mi barrio, pero ¿cuándo? Si siempre estoy llegando...", murmuraba Aníbal Troilo. Fieles a sus tradiciones, cuervos y quemeros rescataron el pensamiento de "Pichuco" y se disponen a reanudar una historia esencial en el fútbol argentino.

Una fecha antes de que terminara el último torneo Clausura, San Lorenzo se proclamó campeón y su gente salió disparada del estadio a celebrar. Miles de hinchas fueron presurosamente a reunirse a San Juan y Boedo a cantar, a gritar, a saltar y bailar. Al otro día me enteré de que un canal de televisión envió un móvil con cámaras y a un periodista al obelisco, para registrar desde allí la fiesta cuerva.

Error. A la media hora los enviados televisivos (de esos que, si los mandás a espiar tocan el timbre) encararon a toda velocidad por Cerrito, Lima, Independencia y no pararon hasta la Avenida Boedo. Minutos después el chamuyeta vociferaba frente al micrófono frases relacionadas con la identidad, el barrio, y la mar en coche.

Pocos días más tarde, Huracán obtenía el ascenso y los festejos tuvieron como centro de reunión y manifestación la Avenida Caseros. Hubo fiesta callejera, alegría cerca de los orígenes, aroma a barrio donde los malvones se aguantan el frío como en ninguna otra parte.

Me alegró esta circunstancia porque el fútbol recupera un clásico de rompe y raja, un derby (como dicen los ingleses) que mantiene su más pura tradición y que es la continuidad en el tiempo de los desafíos de barrio, de barrios pegados unos con los otros. Almagro, Boedo, Patricios y Pompeya para empezar, con sus prolongaciones en Barracas, Constitución, Caballito, Parque Centenario, Flores... Un fiestón que el fútbol añoraba y que "nuestro" fútbol se merece.

Recordé inmediatamente que hace años, en los tiempos en que las cantinas juntaban gente a lo loco cerca del Riachuelo, Boca celebraba los títulos en su barrio, donde montaba una especie de corso fenomenal, y que al otro día la televisión y los fotógrafos de los diarios iban a registrar imágenes de todo lo que se había pintado de azul y amarillo. Una verdadera fiesta "quinqueliana".

La modernización, entendida desde el empelotudamiento, llevó a Boca a organizar sus festejos en el obelisco, y ni hablar de River. No son de ahí, y pueden terminar no sabiendo de dónde son, si eso no ha ocurrido ya. Las fiestas populares en el mundo entero no son transferibles. A nadie se le ocurriría organizar el carnaval de Oruro en Potosí, a sacar de Sevilla a los seises, con sus zapatillas blancas de baile, y llevarlos en la Semana Santa a Madrid. A trasladar la feria romana de Porta Portese a Cinecittá.

A San Lorenzo lo sacaron a empujones de la Avenida La Plata y lo llevaron a la zona de Bajo Flores-Pompeya-Soldati, pero hace pocos días los cuervos (benditos cuervos diría Massa), tenían sobradas razones para celebrar y fueron al lugar al que tenían que ir, al que les ordenó el corazón. Al barrio.

Esta abrumadora muestra de coherencia se produjo también en las huestes huracanenses, y esto confirma que si Buenos Aires tiene un clásico tradicional, emblemático, puro, es el San Lorenzo-Huracán o Huracán-San Lorenzo. Por eso cobra relieve, por enésima vez, aquella frase que el gordo Troilo pronunció como la más maravillosa síntesis del porteñismo: "Dicen que me fui de mi barrio, pero ¿cuándo? Si siempre estoy llegando..."

El fútbol es un hecho cultural y debe tenerse en cuenta que, en nuestra sociedad, es indispensable la esencia que lo sostiene. Los argentinos interpretaron el juego en el último tramo del siglo XIX, y lo acunaron y arroparon con costumbres propias. Hay un fútbol argentino que, independientemente de técnicas y tácticas, sigue necesitando del potrero, de sueños y de respeto por las razones que lo han convertido en poco menos que una religión.

Si el club representa a un barrio y si los colores despiertan amores y pasiones no hay forma de trasladar esos sentimientos al Hilton. Es como poner un pickle en un bizcochuelo, o que hubiesen convocado los festejos en el obelisco.

Las celebraciones frente al monumento inaugurado en 1936, al que Gardel no conoció porque murió un año antes, han terminado generalmente con destrozos de faroles, vidrieras, contenedores de basura, plantas y algunas otras cosas. El fervor de los hinchas en San Juan y Boedo y en Caseros no fue motivo para que se destruyera nada.

Y ese es otro demoledor dato de coherencia. Nadie rompe el barrio o su casa. Festeja, gasta al rival, corea los nombres de los jugadores, manifiesta deseos inconmensurables de conquistas próximas. Esas son fiestas. Lo demás, cartón pintado.

* Periodista de la agencia de noticias EFE. Autor de Nolo: el fútbol de la cabeza a los pies (1992); La Viruta. Anécdotas del fútbol (1999) y Memorias del Viejo Gasómetro (2004).

25 jun 2007

Huracán volvió a Primera. CON LA MARCA REGISTRADA DE MOHAMED

El Turco, símbolo como hincha y como jugador, fue el artífice del regreso de Huracán al fútbol grande, tras la victoria de ayer ante Godoy Cruz 3-2 en Mendoza, con goles de Sánchez Prette, Milano y Gordillo. Hace un año, Mohamed estaba sin trabajo y sufría la pérdida de uno de sus hijos en un accidente mientras presenciaba el Mundial de Alemania. Por pedido del presidente Carlos Babington, se hizo cargo del equipo en reemplazo de Chiche Sosa y en una temporada lo llevó, del decimocuarto puesto en el que estaba, a Primera. Los mendocinos vuelven a la B Nacional.

MARCELO MASSARINO

Publicado en la edición impresa del diario Perfil, lunes 25 de junio de 2007, sección Deportes.
La nota completa en:
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0184/articulo.php?art=1849&ed=0184

20 jun 2007

Romancero de la melancolía


El poeta y escritor Carlos Penelas presentará su nuevo libro Romancero de la melancolía el próximo sábado 23 de junio a las 19, en el salón Geno Díaz del Centro Betanzos, Venezuela 1536 de la Ciudad de Buenos Aires. En la ocasión interpretará fragmentos del poemario el actor Onofre Lovero y actuará el Grupo de Música Tradicional de la Fundación Xeito Novo. En esta obra, que cuenta con ilustraciones de Juan Manuel Sánchez, Penelas recorre los climas y las imágenes de la inmigración, la pobreza, el trabajo y la dignidad como también la pertenencia a una cultura que sobrevivió a la persecución y el hambre: “… las voces de mis padres que viajaban hacia el lugar de la ausencia, hacia el no-lugar. Eran la prolongación de la aldea en un barco, sin raíces ni huellas, una errancia, una certeza inquieta en los entrepuentes; en realidad, en la bodega, debajo de la línea de flotación, en grandes dormitorios sin ventanas, sin ventilación ni luz, donde miles de hombres, mujeres y niños se amontonaban. ¿Cómo se llama? ¿Tiene familia aquí? ¿Es usted anarquista? ¿Es usted epiléptico? Se me prohibió nacer en el país de mis ancestros, hablar la lengua de mis padres; debía ser un fragmento de olvido y de memoria”. La lectura de Romancero de la melancolía es diáfana e invita a construir la historia en una polifonía con el autor que recorre lugares y tiempos tan dispares como conocidos por el dolor o la esperanza: “Pero el joven poeta ya había sido desnombrado otra vez –fotografías y cartas en sobres marrones eran de Ropavejero-, la letra menuda de Roberto Santoro en himnos combatientes, en gaviotas blindadas, en diarios secretos llenos de otros bosques, de otras voces…” Carlos Penelas nació en 1946, colaboró con el suplemento literario del diario La Prensa; desde 1995 hasta 2006 fue columnista de Galicia en el Mundo y en la actualidad lo es del diario Nueva Rioja. Publicó una veintena de libros de poesía y prosa como (1978), Conversaciones con Luis FrancoLos gallegos anarquistas en la Argentina (1996), (2003) y Diario interior de René FavaloroCrónicas del desorden (2006), entre otros. En el sitio de Internet http://www.carlospenelas.8k.com incluye algunos de sus artículos y poemas.

19 jun 2007

El secreto de la mirada

Es fundamental saber dónde clavamos la mirada. Es un aspecto decisivo para realizar un discurso en torno al objeto. Catalogar la diversidad de las cosas, de los hombres, de los afectos. Esto implica también una batalla con el lenguaje, con los mitos, con la raíces. Una batalla ideológica, si le parece, una expresión de las orillas, de los bordes, de los gestos que borran otras voces, otras miradas. Una aproximación continua a una lectura que se transforma en ejercicio crítico, en una confrontación que se reorganiza, se redefine. Debemos dejar a un lado todo hábito de percepción, de describir aquello que está gastado por el uso, por la costumbre, por la monotonía. Reitero, es fundamental saber dónde clavamos la mirada.

Es sabido que el talento no se fabrica, se lo tiene o no se lo tiene. Sí podemos encontrar, buscar caminos, descubrir desplazamientos. Todos tenemos una historia, una cultura que llevamos a veces de manera inconsciente. ¿Qué se enseña en las escuelas argentinas de nuestra historia, de nuestra literatura? Seré más preciso. ¿Qué sabe el chico o el adolescente de la ciudad de Buenos Aires o de la provincia de Buenos Aires sobre la historia, la cultura, de los pueblos del interior? ¿Qué referentes les llega de los pueblos indígenas, de los plásticos o poetas de esas ciudades o comarcas? Sin duda se colocaron escollos para una integración, o al menos, para comprender. No se puede comprender lo que se desconoce. Se entramparon conciencias. La inmigración se fue haciendo pero paralelamente se generó un pensamiento racista, expulsivo. No me refiero a los bolivianos, paraguayos o chilenos. Me refiero a nuestra gente del interior. Allí se esconden causas de discriminación, no sólo episodios de discriminación individual sino los más graves, los que conforman grupos sociales. Es solapado, vulgar, mediática. La globalización neoliberal fue modelando el racismo – venía de antes, venía de antes – de forma sutil o descarado. Fue creando sujetos atomizados en sociedades jerárquicas, autoritarias y mediocratizadas. Los programas de enseñanza están vaciados de verdadero contenido. Querido lector, se margina al hombre del interior. Debemos releer a Luis Franco y a Ezequiel Martínez Estrada.

En un libro que vale la pena consultar La miseria del Mundo, Pierre Bourdieu expresa que los “principios explicativos de las realidades observadas” no residen “en esos lugares por lo común olvidados que de tanto en tanto aparecen en el primer plano de la actualidad sino en la construcción social – o más precisamente política – de la realidad revelada a la intuición.” El problema, para llamarlo de algún modo, reside en las formas crecientes de pobreza material y cultural. Y aquí empezamos a clavar la mirada de otra manera, a comprender que quisimos decir desde el principio.

Para ser más confusos, para que la comprensión nos obligue a participar del texto, traeremos la palabra de Federico Fellini: “¿Qué es un artista? Un provinciano que se encuentra a sí mismo en algún lugar entre la realidad física y metafísica. Ante esa realidad metafísica somos todos provincianos”. Y unas líneas más abajo: “…pero es este entremedio que yo llamo provincia, este país fronterizo entre el mundo tangible y el mundo intangible, el verdadero reino del artista.”

Como puede observa, querido lector, le entregué varios planos, varios significados, diferentes apreciaciones. Le deseo lo mejor, hasta la próxima.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2007

www.carlospenelas.8k.com

1 jun 2007

Muestra "Homenaje a Roberto Santoro"


Una muestra en homenaje al poeta y periodista desaparecido Roberto Santoro, con obras del artista plástico Pedro Gaeta, se realizará en la escuela de periodismo TEA y DeporTEA entre el 4 y el 25 de junio. La exposición se podrá visitar de 10 a 20, en Lavalle 2083, Ciudad de Buenos Aires, con entrada libre y gratuita.
La exhibición contará con reproducciones de pinturas de Gaeta como la serie El Poeta Ausente, poesías del propio Santoro y textos de diversos autores como Humberto Costantini y Antonio Aliberti. La actividad se dará en el marco de los treinta años de su secuestro, un 1º de junio de 1977, a manos de un grupo de tareas de la última dictadura militar mientras cumplía funciones de preceptor en la Escuela Técnica Fray Luis Beltrán.
El cierre será el lunes 25 a las 19:00 cuando la escritora Lilian Garrido y Gaeta se referirán a la obra de Roberto Santoro y sobre la reedición de Literatura de la pelota, una compilación que, publicada en 1971, tiene su segunda edición a cargo de Ediciones Lea. Paula Santoro leerá poemas de su padre, creador del Grupo Barrilete y autor de A ras del suelo (1971), Desafío (1972), Poesía en general (1973), Cuatro canciones y un vuelo (1973) y No negociable (1975).

* La imagen es una pintura del artista plástico Pedro Gaeta, de la serie El poeta ausente (1979). Propiedad: Cristinne Gerbal. Más información en www.pedrogaeta.com.ar

30 años de la desaparición de Roberto Santoro. CARLOS PATIÑO: “CON BARRILETE SACAMOS LA POESÍA A LA CALLE”


Buenos Aires, 31 de mayo (Por Marcelo Massarino (*), especial para ANC-UTPBA).- “Nosotros queríamos poner en marcha el principio surrealista de sacar la poesía a la calle, que saliera del salón para que llegara al pueblo ¿Cómo lo logramos? Al principio con poemas más o menos espantosos. Nos decían que tirábamos ladrillos florecidos. Íbamos a los mítines, a las concentraciones, leíamos poemas en universidades y sociedades de fomento. Porque había una poesía sin pueblo y un pueblo sin poesía”, asegura el poeta Carlos Patiño, integrante del Grupo Barrilete junto a Roberto Santoro, a quien recuerda como “un generador, un tipo con una fuerza interior poco común.”
Pocos días antes de partir al exilio en México en junio de 1976 -después de firmar un pedido por los escritores desaparecidos que el titular de la SADE, Horacio Esteban Ratti, le entregó al dictador Jorge Rafael Videla el 19 de mayo de ese año- Patiño le pidió a Santoro que se fuera. “Esta guerra está perdida. No vamos a poder enfrentarlos, nos van a matar a todos. Cuando vengan ¿con qué les vas a tirar? ¿con libros? Te van a ir a buscar y te van a matar. Pero para Roberto su lugar estaba en el país y que pasara lo que pasara, se iba a quedar en su puesto de lucha. Consideraba que la situación era peligrosa pero que con cuidado se podía trabajar. Ya en el exterior recibí dos o tres cartas muy breves y sin remitente. Hasta que un día no hubo más cartas ni Santoro”.
“Éramos de la generación del sesenta, luchadores sociales en todos los terrenos contra el colonialismo cultural y por la liberación nacional y social”. En ese marco, la producción de revistas, carpetas con poemas e ilustraciones, libros e informes de Gente de Buenos Aires fue prolífica. Los Informes sobre Discépolo, la Esperanza, Santo Domingo, Lavorante y Trelew, entre otros, son una muestra de la dinámica de la poesía de aquellos años.
“Hacíamos una suerte de periodismo poético”, explica Patiño. “Cuando trabajas en un diario el jefe de redacción te pide una crónica. Nosotros hacíamos lo mismo pero el producto era un poema sobre un acontecimiento que recién se producía, le dábamos un enfoque distinto que le otorgaba otra dimensión a la noticia. Nuestra consigna era ‘¡para mañana, un poema!’, que a la noche siguiente se leían y seleccionábamos”. Reconoce en Roberto Santoro a quien más rápido se adecuaba a este estilo de poesía urgente, de cierre de edición.
Como parte del Informe sobre Santo Domingo, por la invasión norteamericana a la República Dominicana, Humberto Costantini escribió el Yanquis hijos de puta y Patiño incluyó Oración, que motivaron una declaración del Canciller de turno y una misa de desagravio a la Virgen María, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. “Esto demuestra –señala Patiño- que el grupo Barrilete sacó la poesía a la calle, mala o buena, mejor o peor, pero siempre ligera y rápida porque tenía que ser comprendida hasta por el más iletrado de los hombres. Nos imponíamos incorporar el lenguaje coloquial en los trabajos, pero no con la intención de revolucionar la poesía. Simplemente, queríamos sacarla a la calle.”
Carlos Patiño, quien en 1990 ganó el premio Casa de las Américas por su obra Esquinas silenciosas y en la actualidad dicta talleres literarios en la zona de Quilmes, con el oficio y la paciencia de un artesano de la palabra explica el protagonismo que tuvo “la generación del sesenta” en la poética argentina: “hay una tentativa de aislar a los poetas productores de poesía política del resto de sus contemporáneos para dejarnos sin generación, porque la poesía del ‘60 fue un fenómeno amplio, con poetas que escribían como sentían, de los temas que sentían y en la forma que sentían.”
Recuerda una y mil anécdotas de su amigo y compañero que está presente en sus versos y en la plazoleta que lleva su nombre en el barrio de Chacarita. Va hasta la biblioteca y busca “un poema premonitorio” de Roberto Santoro, Canto a la esperanza: si se escapa esta rabia que llamamos esperanza,/ si un día se va,/ yo crucifico al amor/ y después de enterrar a mis hermanos,/ me voy con el tranvía de la muerte/ a clausurar mi corazón en una plaza.” (ANC-UTPBA).
(*) Periodista
La imagen es una fotografía de Roberto Santoro realizada por Juan Carlos Malieni en 1972.

21 dic 2006

El fútbol y las transformaciones del peronismo


El fútbol y las transformaciones del peronismo es un nuevo libro del sociólogo Roberto Di Giano en el que analiza la vinculación de este deporte en la Argentina y su relación con el movimiento creado por Juan Domingo Perón. Aquí reproducimos un fragmento del ensayo Fútbol Nacional y Popular, sobre el cual el autor señala en el prólogo que “en 1973, cuando el viejo líder asumió su tercera presidencia, irrumpió un imaginativo grupo de profesionales que conformó un conjunto emblemático como el de Huracán, prontamente enlazado con el proyecto nacional y popular del peronismo. La aparición de un equipo que supo rescatar de una manera dinámica ricas características de nuestra historia futbolística, no resultó ajena a los cambios culturales registrados en el contexto social más amplio”. Por último, un video con imágenes de aquel conjunto Campeón Metropolitano 1973 que dirigía César Luis Menotti y que formaba con los siguientes jugadores: Roganti; Chabay, Buglione, Basile y Carrascosa; Brindisi, Russo y Babington; Houseman, Avallay y Larrosa.

FÚTBOL NACIONAL Y POPULAR

Las esperanzas se doblan bajo los hechos
Manuel Ugarte
A principios de la década del 70 coexistían en el fútbol argentino dos modelos deportivos: el tradicional, forjado en las primeras décadas del siglo y pronto diferenciado del estilo inglés, y el que hizo su aparición en los años sesenta, según pautas modernas de valoración europea. Acorde con el clima de efervescencia social que se vivía en el país con el retorno de la democracia, apareció en escena un equipo emblemático como el de Huracán que, dirigido por Cesar Luis Menotti, revalorizó los bienes futbolísticos tradicionales, a tono con el proceso de cambio que se gestaba en amplias franjas de la sociedad argentina.

En 1973, el equipo de Huracán se distinguió en la Argentina no sólo por su buen nivel futbolístico, coronado al consagrarse campeón del certamen metropolitano, sino también porque muchos de sus integrantes se solidarizaron con el clima social de la época, centrado en el intento de desestructurar definitivamente las situaciones de dependencia. Eran tiempos en que se asistía a una fuerte presencia de los sectores populares que intentaban reivindicar su labor cultural autónoma luego del período de desintegración social, producto, en gran medida, de la modernidad dependiente que se trató de implementar en la Argentina.

Si bien en forma parcial, una manifestación cultural tan importante como el fútbol tampoco podía estar ausente de esa firme corriente de resistencia contra la reciente etapa de desnacionalización. Resistencia liderada políticamente por el peronismo, un amplio movimiento que resultó permeable a múltiples sectores, deseosos de encontrar un espacio para expresar sus posturas antiimperialistas.
El estudio de ciertos aspectos de la biografía de Menotti, líder indiscutido de aquel grupo de futbolistas, nos brinda algunos indicios acerca de las modificaciones sociales que se fueron produciendo en la Argentina, desde la euforia contestataria de 1973, luego teñida de confusión y sectarismo, hasta su desarticulación definitiva en marzo de 1976. Es importante recordar que Menotti fue modificando sus posturas con el correr del tiempo, especialmente a partir del último tramo de 1974, cuando pasó a desempeñarse como entrenador de la selección nacional de fútbol.

No cabe duda que la biografía de una persona se inscribe inexorablemente dentro de los grandes vaivenes de la sociedad en que vive. Pero también ocurre que, tanto por características personales como por diversas circunstancias, hay individuos cuyo destino corre en forma paralela a los sucesos históricos con más facilidad que el de otros. Es decir, son sujetos que terminan adecuando sus propias iniciativas a determinados momentos históricos y sociales por los que atraviesa su país
[i].

Un objetivo primordial: la liberación
La necesidad de comprometerse con el tiempo político, un signo fuerte de la época, se añadía al rol específico que desempeñaba Menotti dentro de la esfera deportiva. Esa coincidencia quedó expuesta, entre otras cosas, en la solicitada de apoyo al peronismo que firmó junto a varios integrantes del plantel de Huracán. Allí se pronunciaban tanto por una práctica deportiva que tuviera más en cuenta las demandas de los sectores populares como por brindar su apoyo a aquella consigna que denunciaba la existencia de países imperialistas y países dominados: "liberación o dependencia
[ii]."

En esa época, el director técnico Menotti, que se distinguía por su nivel cultural y su índole polémica, demostraba un gran sentido libertario
[iii], apuntando a lograr en su equipo una primacía de la espontaneidad en detrimento de la organización, la creatividad en perjuicio de la enajenación: "... No me convence mucho eso de 'imponer disciplina' en el plantel. Me suena a régimen militar y el fútbol es otra cosa (...) En todo caso, lo que me preocupa, es contar con gente que sea honesta y no mansa por temor a los castigos...”[iv]
El entrenador del equipo de Huracán intentaría con éxito infundir hábitos consensuales en sus dirigidos, a expensas de la coacción exterior. De esa manera, el tipo de vínculo basado en una férrea disciplina, propio del proceso de modernización de los años sesenta es sustituido por el de la camaradería, y los aspectos afectivos vuelven a tener sentido. El jugador deja de percibir el peso de la autoridad para convertirse en un compañero, el compañero, en un amigo: "... El plantel tiene que vivir la amistad; que el marcador de punta no haga un cierre por obligación, sino para cuidar la espalda de un amigo…”[v]

La forma en que se relacionaban los diversos integrantes del grupo durante esta verdadera primavera futbolística, basada en el altruismo y en la solidaridad, estaba indefectiblemente destinada a favorecer el bien común.

Criterios éticos y estéticos
Tal estructura futbolística que rescataba los rasgos singulares de nuestra cultura, junto al valor primordial de la libertad, recuperaba también la belleza y una rica gama de sentimientos, revitalizando lo perdido en la década del sesenta merced a esa supuesta modernización de un valioso patrimonio cultural de los argentinos. En aquel plantel dirigido por César Menotti primaban los jugadores afines con la estética tradicional de nuestro fútbol, que había estado basada tanto en el virtuosismo técnico como en el recurso de la picardía.

Una vez más, en los campos deportivos de nuestro país, resurgieron muchos elementos que implicaban, en buena medida, un rescate de ricas características propias, despreciadas por los agentes modernizadores del fútbol argentino, fascinados por los "adelantos" conseguidos en los países europeos. Aquellas formas originales del pasado habían sido relegadas por el crecimiento exagerado de la organización y los planteos tácticos desde los tempranos años sesenta. Y precisamente con este rescate de valiosas tradiciones futbolísticas, llevado a cabo por el equipo de Huracán, tendieron otra vez a dejarse de lado las ataduras inútiles impuestas a los deportistas, que ahogaban las motivaciones hedonistas y restringían el espacio de lo lúdico.

En varias ocasiones, los aplausos de las hinchadas contrarias, superando el sinsabor de la derrota, demostraron la aceptación unánime de los rasgos que significaban una recuperación de lo propio. Un carácter menos previsible en el trámite de los partidos, ya que lo fundamental quedaba librado a la espontaneidad e improvisación, daba al juego ese encanto especial de la sorpresa habilidosa.
[vi]
Este tipo de práctica deportiva habitual en el plantel de Huracán pudo construirse con aquellos elementos que desde los inicios de la década del sesenta sólo habían podido expresarse en forma solapada. El estilo histórico, trunco por el imperativo de una modernización de raíces exógenas, seguía despertando orgullo en los aficionados argentinos (sobre todo ante un componente clave como la gambeta que evoca en el imaginario popular el triunfo del astuto frente al poderoso). Un modelo futbolístico que pudo instaurar fuertes lazos entre las disposiciones éticas (libertad para crear, imaginación y solidaridad para favorecer las identidades individuales y colectivas) y las estéticas (vinculadas a las mejores fuerzas de la cultura popular: la destreza pícara y la alegría).

Modelo deportivo y proceso social
En 1973, cuando se encontraba al frente del equipo de Huracán, César Luis Menotti compartió esa rica experiencia creativa con sus dirigidos. Al mismo tiempo, el exitoso entrenador se mostraba solidario con el clima de radicalización política y social de la época, motorizado principalmente por la juventud, compartiendo así una identidad de propósitos ligados a un programa de liberación nacional.
[vii]

En ese contexto, Menotti juzgaba en tono muy crítico las concentraciones impuestas por muchos de sus colegas con la intención de controlar a los futbolistas, por consideradas contraproducentes desde roda punto de vista: "Nunca me gustaron las concentraciones. Ni para antes ni para después de los partidos. Y mucho menos cuando son demasiado prolongadas... "
[viii]

Tal posicionamiento crítico con respecto a las concentraciones
[ix], se complementaba con su terminante rechazo al criterio que ponía a la selección nacional por encima de los intereses y expectativas de los diversos clubes del país. Para César Luis Menotti se debía privilegiar la dimensión interna que atendía más directamente las demandas populares (de donde emanaba la mayor legitimidad de su estilo), subordinando las competencias internacionales a un segundo plano. De allí que Menotti expresara sus reparos sobre las actitudes sostenidas por Enrique Ornar Sívori, entrenador contratado por la Asociación del Fútbol Argentino para dirigir el destino de nuestra selección: "Yo no tengo nada en contra de Sívori, pero (...) le quita a los clubes, principales protagonistas del fútbol argentino, un arma fundamental como son los jugadores…”[x]
Pero los argumentos esgrimidos por Menotti para descalificar totalmente tanto las concentraciones prolongadas como la subordinación de los distintos equipos a las necesidades de la selección argentina, iban mucho más allá de las cuestiones deportivas. Apelaba a la problemática social, asunto sumamente sensible para vastos sectores de la clase media, que celebraban su acercamiento con los sectores populares: "... en el país hay cosas mucho más importantes que gastar en una concentración de jugadores durante tres meses. . . "[xi]
La afirmación de ese modelo deportivo, que tendía a fomentar una participación más directa de los sectores populares al centrar sus esfuerzos en la escena local, ostentaba los rasgos más singulares de nuestra cultura: por excelencia, los elementos dinamizadores de cualquier sociedad. Ese modelo de signo creativo, interesado en un desarrollo futbolístico más autónomo y autóctono, presumía un alto grado de correspondencia con el paradigma de la época: una perspectiva ideológica asumida por el movimiento peronista, con énfasis en la afirmación de un proyecto de fuerte sentido nacional, que había despertado las esperanzas y la generosidad de múltiples sectores sociales. Es evidente, entonces, que las modificaciones producidas tanto en la práctica futbolística, con epicentro en el Huracán liderado por Menotti, como en los modos de percepción y evaluación del público, no eran ajenos a los cambios culturales ocurridos en el contexto social más amplio.
Notas
[i] Es muy probable que si buceamos en los distintos ambientes de la sociedad argentina de aquellos tiempos nos encontremos con muchos personajes que, habiendo adquirido una importancia similar a la de Menotti en sus respectivos contextos sociales, participen, con diferentes matices, de sus caracteres particularmente esenciales.

[ii] El texto completo de la solicitada puede hallarse en el diario Clarín, 9.7.1973. p. 39. Precisamente, uno de los firmantes de esta solicitada, el defensor Jorge Carrascosa, consecuente con esta línea de pensamiento que abogaba en favor de un compromiso más serio del futbolista, el compromiso de ser solidario con la lucha de los sectores populares por el logro de una mayor autonomía en el plano económico y cultural, afirmaba meses antes lo siguiente: "... a mí me importa ser protagonista de mi tiempo. tornar parte (...) Entonces necesito documentarme, conocer a mi país..." (El Gráfico, 10.4.1973.)

[iii] Es importante aclarar que ésta es una posición diferente de la que sostuvo cuando pasó a desempeñarse como técnico de la selección nacional.

[iv] El Gráfico, 1.5.1973

[v] El Gráfico, 1.5. 1973

[vi]Vale mencionar que lo acontecido con el club Huracán en 1973 desbordó ampliamente el hecho deportivo en sí, despertando el interés de periodistas que habitualmente no se dedicaban a cubrir dicha actividad. Reneé Salas comenta que vivió una experiencia inédita cuando la redacción de la revista Gente y la actualidad, producida por Editorial Atlántida, le ordenó cubrir el última partido disputado por el equipo dirigido por el exitoso director técnico Menotti en Parque Patricios, "un barrio de casas /lajas. calles arboladas y vecinos que dialogan diariamente" (Gente y la actualidad, 11.10.1973).

[vii] Al respecto, Amílcar Romero comenta que Huracán se coronó campeón cuando todavía faltaban algunas fechas y en "la consiguiente invasión al campo hay algunos contingentes cuyas pancartas los identifican como pertenecientes a Montoneros” (Amilcar Romero, Deporte, violencia y política (crónica negra 1958-1983), CEAL, Buenos Aires, 1985, p. 83)

[viii] El Gráfico, 1.5 .1973

[ix] Es bueno aclarar que el sentido libertario de Menotti era compartido también por otros integrantes del plantel de Huracán que, por ejemplo, quedan desligados del seleccionado nacional por no soportar las concentraciones prolongadas y el esquema represivo que allí impera. Uno de ellos, el jugador Francisco Russo, lo testimonia de esta manera: “… desde chico no me gusta el encierro. No me acostumbro (…) Debieron tratarme con calmantes y ni con eso me pasaron los problemas…” La Nación, 9.7.1973, S 2, p 2
[x] La Nación, 9.7.1973, S 2, p. 2

[xi] La Nación, 9.7.1973, S2, p. 2

El fútbol y las transformaciones del peronismo.
Editorial Leviatán. Colección El hilo de Ariadna.
Noviembre 2006. Ciudad de Buenos Aires
www.e-leviatan.com.ar



18 dic 2006

Mané

Por Carlos Ferreira*De una buena vez debo decir que yo lo vi. No por televisión. No desde una tribuna. No desde una platea. No viéndolo a través del relato de alguna voz radial. No. Lo vi muy de cerca. Fue una vez sola y el recuerdo es como un resplandor, una memoria hecha sol. Sabía quién era Garrincha, sabía que le decían Mané y que había hecho maravillas en el Mundial de 1958, pero lo que no sabía era qué se sentía viéndolo como lo vi, en la canchita de su club, Botafogo, en el barrio del mismo nombre, en Río de Janeiro. Un estadio que mi memoria cree parecido al de Argentinos Juniors, el de Jonte y Bermúdez.
Tenía quince años. Era un pibe argentino que vivía en el barrio de Botafogo. Un domingo saqué la entrada y me metí entre el gentío de hinchas blanquinegros esperando la salida de los equipos aferrado a alambre, a un metro de la línea lateral. Y tuve mucha suerte, porque en el primer tiempo de aquel partido entre Botafogo y no importa qué otro, el señor Garrincha, puntero derecho, jugó por ese sector. Y esto quiere decir que después de cada absurdo que inventaba, yo lo veía volver caminando, mojado en transpiración, chuequísimo, mulatísimo, paseando por la raya, cruzándose con el juez de línea como si se tratase de una calle de Río, en silencio, simplemente esperando la pelota, una pelota que, yo sentía, Mané estaba convencido de que llegaría solita. Ella no podía vivir sin él. Creo que lo amaba.
Yo quería seguir viendo eso. Entonces, cuando terminó el primer tiempo, gasté los quince minutos del descanso en recorrer los estrechos pasillos de la cancha de Botafogo para verlo del otro lado. Empujé ("da licenca, faz favor", "disculpe senhor", poniendo mi mejor acento carioca), empujé y me hice un lugar otra vez en el alambrado. Porque ahí pasaba todo lo que había que ver. Mané, el que tenía muchos pajaritos en el patio de su casa y en el patio de su cuerpo, la cabeza. El que felizmente estaba lleno de pájaros. El que fue muy rico y murió muy pobre, el que amó, como acaso amen los pájaros, a la pelota ya la cantante Elsa Soares.
Esa tarde hizo lo suyo. Fue feliz, se le notaba. Su marcador fue infeliz y también se le notó. No podía con él, era inútil, no había cómo y ahora tampoco hay forma de explicar cómo hacía aquello, mezcla de candomblé, macumba, samba y bendiciones de algún dios orixá. Sin la pelota no era nada, como fue nada cuando Elsa se le fue. Cuando se quedaba sin amor era un pajarito incapaz de cantar. Pero con ellas, Mané, ese mulato analfabeto, favelado, capaz de comprar un reloj de latón amarillo por tres mil dólares, con ellas era el Carnaval carioca, era bossa nova y bossa velha, era Dorival Caymi, Ary Barroso, Chico Buarque, Alcione. Como todos, yo también, al terminar el partido, mientras Garrincha caminaba hacia el túnel, le grité: "¡Oh Mané!'', como si fuera el final de una oración pagana.
Levantó la vista, levantó la mano, sonrió. Él no me vio. Yo sí.

* Periodista. Autor de "A mi juego...", Ediciones La Campana (1983).Publicado en la revista La Maga, año 5 nro. 223, miércoles 24 de abril de 1996. Pg. 15

Un video con Garrincha en el seleccionado de Brasil durante los mundiales de Suecia '58 y Chile '62. El candombe que acompaña las imágenes es de Manuel Picón. Lo interpreta el cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa.

24 nov 2006

Video "Pascual Pérez, un ejemplo peronista"


Está en línea el video Pascual Pérez, un ejemplo peronista, que analiza la campaña deportiva del boxeador y su vínculo con el movimiento político y social que nació el 17 de octubre de 1945.
El próximo 26 de noviembre se cumplirán 52 años de la obtención del primer título mundial que ganó un boxeador argentino. Ese día de 1954 Pascual Pérez, Pascualito, venció en Japón a Yoshio Shirai y se alzó con el cinturón de campeón en la categoría mosca.
Con guión y relatos de Marcelo Massarino e idea y producción de Tulio Guterman se puede visualizar y descargar gratuitamente desde el sitio de la revista digital Lecturas: Educación Física y Deportes:
http://www.efdeportes.com/efd103/pascual_perez.htm.
Para más datos, click en: http://www.efdeportes.com/dvd/pp.htm

26 jul 2006

HACIENDO SOMBRA. El boxeo en la literatura argentina


“...cuando se había acercado para verlo dormir, él se despertó. Fue un susto porque no hay que despertarlo cuando duerme, decía mamá, pero papá la apretó contra su pecho, que era grande y duro, y pregunto quien era él. ¿qué mierda soy?, fue la pregunta y Anadelia contesto que el mejor de todos porque era boxeador.”
Liliana Heker, Los que vieron la zarza

“La trouppe andaba de gira por el interior y el se pasaba las tardes encerrado en los cuartos desvencijados de tristes hotelitos de provincia (...), sin otro consuelo que el de desenterrar, de vez en cuando, el amarillento recorte de El Gráfico en el que aparecía su cara invicta y joven, al lado de la cara de Archie Moore.”
Ricardo Piglia, El Laucha Benítez cantaba boleros

“El ultimo match de la noche estuvo a cargo del santafesino Ricardo Minella y Jack Berstein, que también como el anterior fue una lucha de gran emoción, pues Minella, de mayor escuela y entrenamiento que su adversario, logro sacar ventaja en los tres primeros rounds, para ser netamente favorable a Berstein los dos últimos rounds, donde tuvo a Minella al borde del nocaut.
Pese a esta notable reacción de Jack Berstein el jurado acordó el triunfo de Minella, y si bien se escucharon voces de protesta en el publico, entendemos que el triunfo de Minella fue justo...”
Bernardo Kordon, Kid Ñandubay

“...las mujeres se sentaron cada una en uno de los amplios sofás de las salas y Riquelme fue hasta un mueble de donde sacó una botella y cuatro vasos:
-Esta noche voy al Luna –dijo, ¿no querés venir conmigo? Pelea Landini.
-Esta noche no, gracias –dijo él.
-Vamos a brindar por aquella trompada, ¿te acordás? cuando sacaste a Martínez entre las sogas con un gancho de zurda. Lucho se acordaba muy bien...”
Alberto Vanasco, Caída de un peso mediano
En la literatura argentina no es habitual encontrar autores que se hayan dedicado a escribir historias de boxeadores. Curiosamente esta situación se repitió cuando era un deporte de elite porteña y también cuando los sectores populares lo abrazaron como un recurso para ascender en la escala social.
La derrota es el estigma que el boxeador lleva consigo y el escritor abusa de esta situación para que el fracaso del final sea el golpe de knock out de su obra. Sergio Olguín lo corrobora en el prólogo de Cross a la mandíbula: “... lo que más ha atraído... es el boxeador derrotado. La relación existente entre la práctica del box y las frustraciones con las que vive el boxeador. Ya no estamos ante un Monzón victorioso alcanzando su momento de mayor esplendor, sino ante perdedores cansados de recibir golpe tras golpe.”
La pregunta que surge es ¿ a quién le importa la historia de un perdedor? Un hombre que interesa por la derrota es porque alguna vez trascendió la frontera del anonimato por una victoria. Para los escritores la derrota es funcional a la historia que construyen sobre el papel. Pero este esquema no se repite en el imaginario colectivo, porque en la memoria del pueblo permanece un Carlos Monzón jadeante, exhausto y victorioso, mirando a su rival desparramado en la lona y no el reo que es llevado esposado a la cárcel por el asesinato de su mujer.
¿Por qué los escritores toman el estereotipo del boxeador en el ocaso? Una respuesta es que el fracaso de un ídolo tiene la virtud de transformar esa historia en producto de marketing que agota varias ediciones. Todo acompañado por una crítica que destaca “el trasfondo social de la obra”. El círculo se cierra: el lector compra, se conmueve y llora. Un asesinato perfecto para el boxeador que alguna vez ganó pero que su victoria es censurada por la pluma.
En el cuento titulado “Los que vieron la zarza” la escritora Liliana Heker hace hincapié en la relación entre el protagonista, el boxeador Roberto Parini y su familia, en la que solamente su hija lo reivindica como un triunfador. Esa era la única victoria que quería Parini. No le interesaba ganar en el ring, aunque para la autora es sólo un detalle porque hay que ir rápido en busca del final trágico para humedecer las pupilas.
Ricardo Piglia en el cuento el “El Laucha Benítez cantaba boleros” narra la relación entre dos boxeadores, El Vikingo y El Laucha Benítez. El primero fue un discreto peso pesado que tuvo su momento de gloria cuando siendo sparring del gran campeón mundial Archie Moore, le aguantó tres rounds al hombre más fuerte del mundo. Ya veterano integró la trouppe de un circo y recordaba viejas épocas cuando ojeaba los recortes de la revista El Gráfico “en el que aparecía su cara invicta y joven, junto al norteamericano”. Ese era su orgullo, el pináculo de su carrera. Para Piglia mirar esos recortes amarillentos era sólo un “consuelo” y nos quiere tocar el alma diciendo con otras palabras: “El vikingo se la creyó, cree que es boxeador”. Por supuesto no le creemos ya que nuestro púgil termino de pie ante el campeón del mundo y ese fue su gran triunfo, aunque el autor lo soslaya y acomoda el texto para que pase desapercibido.
En “Kid Ñandubay” el escritor Bernardo Kordon cuenta la historia de un boxeador de origen judío, Jack Berstein que, como no podía ser de otra manera, es colocado en el lugar de los perdedores, de los que hacen el trabajo sucio y se llevan las monedas. Como los diecisiete renglones que Kordon le dedica al momento de gloria dentro de un cuadrilátero entre las ochenta y ocho paginas del cuento. Justo es reconocer que le concedió un mínimo elogio: Kid Ñandubay tuvo a su contrincante Minella “al borde del nocaut”. Recordemos que para Bernstein los recortes amarillentos de este combate conservaban el momento más heroico de su carrera deportiva. Pocas palabras en un cuento para el gran momento de la vida del boxeador.
Alberto Vanasco en “Caída de un peso mediano” describe el itinerario de un ex púgil arruinado por el juego e implicado en el asesinato de su representante, quien le niega dinero para una fija en el hipódromo. Es solamente un brindis el único momento que reivindica la victoria por nocaut de Luis Carrasco. Una alusión mínima para la mejor trompada de su carrera.
Es fácil, romántico y políticamente correcto escribir sobre la derrota del boxeador, más aún si se la asocia con el ser nacional y un periplo argentino de final incierto ¿Será porque los escritores creen en el destino trágico de la vida? ¿El único puerto posible para un cross de derecha es el mentón del protagonista? ¿Nunca veremos victorioso al antihéroe de nariz chata? El desafío está planteado. Segundos afuera.

Por Walter Marini y Marcelo Massarino

Publicado en la revista Séptimo Día. Año II. Septiembre de 2001.



1 may 2006

EL FUTBOL HECHO PELOTA. La crisis del ascenso y el mito del aguante



El Fútbol del ascenso tiene una rica historia, mucho de mito y una crisis eterna, donde se mezclan violencia, pobreza, improvisación y negocios sucios. Pero en algún lugar está el hincha que sostiene la ilusión de llegar a ser grande, aunque a veces termina transformándose en el enemigo que le impide llegar a ese sueño. Historias y personajes que construyen una leyenda que resiste el paso del tiempo. Opinan Alejandro Fabbri, Norberto Verea, Eduardo Sacheri, Alejandro Apo, Ariel Scher, Ezequiel Fernández Moores y Daniel Console.


El fútbol de ascenso es un universo pequeño que encierra la identificación del club con un barrio. Un microclima de pasiones, roscas, y un posible negocio que en muchos casos nunca es tal. ¿Por qué razón un pibe se hace hincha de un club de la "D"? ¿Por una cuestión de amor filial? ¿Por una identificación con su lugar de pertenencia? Para el jugador, ¿qué sentido tiene jugar en las categorías menores sabiendo que nunca llegará a trascender? y para el empresario ¿será el primer escalón para engrosar la cuenta bancaria?

El ascenso ya no es aquella postal romántica de antaño, pero todavía guarda cierto romanticismo. La cancha pelada, un único juego de camisetas, zapatillas en vez de botines, jugadores que viven para el fútbol y no de él, tribunas sin tablones, plateas sin butacas, un grupo de muchachos que se juntan para crear un club de barrio agarrados de la utopía de llegar a ser grandes algún día, son algunas de las características comunes que todavía subsisten.

En general, el fútbol de estos tiempos tiene como prioridad la ganancia para los empresarios y representantes con el aval de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), y paralelamente, -vaya paradoja- en las tribunas se va imponiendo la denominada" cultura del aguante". Así, las antiguas entidades sin fines de lucro quedaron como un sello de goma. El viejo Sportivo Barracas hoy es el privatizado Barracas Bolívar y juega en la ciudad bonaerense homónima; para dirigir los técnicos llevan sus sponsors; los jugadores llevan sus representantes, algunos dirigentes pagan viáticos con Planes Trabajar y los hinchas se preocupan solamente por salir en televisión para mostrar quién la tiene más grande. A pesar de todo, algo del pasado sigue presente. La cancha de Ferrocarril Urquiza, en Villa Lynch, está igual que hace 50 años -pese que su fútbol esté gerenciado-: las tribunas construidas con los durmientes del ferrocarril lindante, las copas de los árboles cubren el sector visitante e incluso hay un parque con calesitas y toboganes. El estadio" Antonio Arias" del club Liniers, en Villegas, sigue teniendo la cabina de transmisión más grande del mundo -según los relatores que la visitaron- ya que los periodistas relatan los partidos desde los techos de los vestuarios, detrás de uno de los arcos. En Victoriano Arenas el rechazo violento de un jugador termina irremediablemente con la pelota flotando en las turbias aguas del Riachuelo. Justamente en ese sector de Valentín Alsina lo único que tiene vida es la cancha, que forma una especie de península rodeada por fábricas abandonadas y basurales. El ascenso está lleno de estos paisajes, algunos más decadentes y otros pintorescos. En definitiva, la marginalidad seguirá siendo su marca distintiva a pesar de los sponsors, de los empresarios fantasmas y del show televisivo.

Ahora bien... ¿desde qué lugar se puede reivindicar este fútbol?, ¿cuál es el atractivo? Para el escritor Eduardo Sacheri, autor de Esperándolo a Tito, la pasión del hincha se explica por la pureza de su amor. "El hincha de Morón sabe que nunca jamás va a jugar la Copa Libertadores. Es como una vivencia de horizontes limitados pero igualmente vividos. Si la pasión del hincha del ascenso resulta aparentemente desmedida, es porque la gratuidad de su amor es más evidente. Vos sos hincha de River y tu amor también es gratuito, porque nada de lo que ganen los jugadores de River te va a llegar, ni tampoco nada del dinero que le entre a River por el pase de Lucho González. ¿Qué te va a llegar? Algo así como una pátina de gloria de la que te apropias. Ahora, cuando ni siquiera tenés esa perspectiva, ese amor es más puro y desinteresado. Un hincha de Primera no puede creer que un tipo sea de Morón, de Ituzaingó, de Liniers o de Temperley. En ese sentido, es un amor de otra dimensión".

Para Norberto Verea, quien jugó en varios clubes del ascenso, una forma de mirar este fútbol es a través del romanticismo que ciertos hinchas tienen con su club. "En mi época había un 'Colorado' que siempre iba a ver a Talleres de Remedios de Escalada. Estaba con la radio pegada a la oreja todo el tiempo, agarrado del alambrado. Sabía todos los resultados y le preguntabas: ¿cómo va Fénix? y te contestaba: 'Empata 1 a 1. Primero hizo el gol Piripicho y después le empató José Pérez a los 44 del segundo tiempo y no sabes... se quieren morir'. Y el 'Colorado' seguía ahí... preocupado. Esta clase de tipos son los que hacen a estos clubes, y son los verdaderos hinchas. Y ese tipo lo sigue a ese club porque se le hace un hábito, le tapa un montón de postergaciones de vida y además encuentra una referencia para seguir viviendo".

Un sector importante de la sociedad, especialmente la juventud, tiene problemas para encontrar un lugar de pertenencia. A esto hay que sumarle la crisis de los partidos políticos, la estructura familiar, el trabajo y la educación en el marco de un sistema que expulsa a los retrasados en la carrera del éxito. Sacheri es profesor de historia en una escuela de un barrio marginal de Merla y cuenta su experiencia: "Creo que es la identidad que queda, con lo bueno y lo malo, porque si todo lo que sos se juega ahí, cuando las cosas no salen la frustración es muy grande, y si no estás preparado para manejarla, de la frustración al adoquinazo o al balazo hay un camino corto. Son pibes expulsados. No tienen lugar y me imagino que el club no les pide nada a cambio. No es una relación afectiva. El pibe le otorga a ese símbolo todos los valores positivos que no puede descargar en otro lado. Tampoco se los devuelve, pero por lo menos no lo caga. La familia, la escuela, los vecinos lo cagan. Todo ese viejo mito de la antigua pobreza constructiva, superadora, que contenía una semilla de progreso a partir del esfuerzo y la solidaridad en los barrios ya no se ve, no existe. Lo que hay es una rivalidad fuertísima, una situación de violencia enorme, una descalificación recíproca, un racismo salvaje que se lleva a la escuela, al barrio y, naturalmente, también a la cancha. Es el único 'nosotros' que pueden construir. Pero, claro, después vienen las peleas con los otros' nosotros'" .

En el fútbol de estas divisiones menores de la AFA las precariedades quedan expuestas y las verdaderas necesidades de los clubes -divisiones inferiores, campos de juego, tareas sociales- quedan postergadas para privilegiar el negocio. Vale aclarar que la mayoría de los clubes del ascenso siempre fueron pobres -por convocatoria, cantidad de socios, escasa infraestructura y una difusión mínima en los grandes medios de comunicación-. Además, en los últimos años sufrieron la invasión de managers y representantes que vieron la veta de explotar lo poco que tienen para ofrecer: su semillero, su camiseta, su historia. Muchos gerenciamientos dejaron a los clubes en terapia intensiva, tales son los casos de Laferrere, San Miguel, Argentino de Quilmes y Yupanqui, entre otros. Por si fuera poco, la estructura de la violencia que se vio en las barras de los equipos de Primera División desde mediados de la década del' 60 se trasladó a las instituciones más pequeñas, sobre todo porque el negocio se metió en todos lados y en esos clubes la torta para repartir es más chica. Estos ámbitos, hoy por hoy, son caldo de cultivo para que políticos y sindicalistas armen sus grupos de choque para ganar las internas y garantizar que nadie los joda en el club a la hora de cerrar un buen negocio (para ellos). Verea analiza con precisión este fenómeno: "No tiene nada de glamoroso esta idea de tener una banda con treinta tipos que se la bancan y son muy pesados, a quienes el intendente o el concejal les ponen un micro para que vayan a todos lados. Esto está ligado al lumpenaje y a que estés más expuesto a que te caguen a trompadas porque estos tipos tienen impunidad, no podes opinar y te apuran con la excusa que 'nosotros lo bancamos al club en las buenas y en las malas'. Si habría un decisión estatal fuerte y seria, tal vez algún día cambie. Pero en un país donde el básico de los maestros es de 230 mangos, si yo pido una decisión estatal para un circo como el del fútbol, soy un idiota. Pero si lo hacen, capaz que en quince años tendremos menos posibilidades de ver a tipos colgados del alambre agarrándose los huevos y viviendo de ser hinchas" .
Aunque el panorama parezca desolador, todavía existe el simpatizante anónimo que colabora en forma desinteresada para pagar los premios de vez en cuando; para que los pibes de las inferiores tengan su merienda y no se desmayen en las prácticas; para que los jugadores tengan un peso en el bolsillo y puedan viajar. Está también aquel que acerca al médico amigo para que atienda al muchacho lesionado, ya que el club nunca se hará cargo de su salud ni tampoco FAA -el gremio de los futbolistas- que atiende solamente a los profesionales. Es ese hincha que nada pide a cambio, sólo la entrega total a la camiseta que sus jugadores visten. Él y solamente él sostiene la ilusión de un día llegar a ser grande. Casi una quimera. Por eso, todavía hay personajes desde donde se lo puede reivindicar a este querido fútbol del ascenso. Todavía sigue ahí, el "Viejo Víctor" pegado al alambrado de la cancha de Lugano en Tapiales, alentando a los muchachos que están en el campo. El "Viejo", supo en otras épocas, juntar dinero con su sueldo de metalúrgico e ir comprando poco a poco todos los materiales para el entrenamiento de los jugadores, desde conos y pelotas hasta redes para los arcos y banderines. Supo cortar el pasto de los terraplenes que sirven como tribunas, arregló los alambres que los visitantes rompían con furia ante un resultado adverso. También pagó de su bolsillo la concentración para el plantel cuando el naranja ascendió por segunda vez y nadie le agradeció nada. "¿Porqué lo hago?, simplemente porque los muchachos se lo merecen y para que se sientan profesionales". Claro, después llegaron los "barrabravas del mercado", los que decían que traían inversiones y jugadores de mayor categoría, los que están rodeados de obsecuentes de diez pesos para cuidarles las espaldas por si alguien opina diferente. Al "Viejo Víctor" la crisis económica le fundió el taller, y para colmo, la jubilación no le alcanza. Pero él, un optimista por naturaleza, todos los sábados sigue aferrado al alambre de la cancha de Lugano y pronuncia una sentencia que suena a utopía: "Te lo juro pibe, un día vamos a ser grandes".
por Walter Marini y Marcelo Massarino
Fotos (cancha Victoriano Arenas): Mariana Berger
Publicado en Revista Sudestada, edición nº 38, mayo de 2005

HISTORIAS MINIMAS


Alberto Parsechian, un símbolo
Fue arquero en las décadas de los '70 y '80. Debutó en el '69 en Sportivo Palermo cuando jugaba en la "C". Luego completó una dilatada trayectoria futbolística en Ferro, Temperley, Atlanta, Independiente de Trelew y Deportivo Armenio, donde jugó la mayor parte de su carrera.

Cuenta la historia que Héctor Alterio tío del actor- fue el primer arquero en patear un penal en 1931. Parsechian fue el segundo después de 41 años. "Fue en 1972, cuando jugué el Campeonato Nacional para Independiente de Trelew contra Vélez y el arquero era Norberto Peratta. En total pateé 13 penales en mi carrera y convertí 11", dice Parsechian o "El loco". V arias anécdotas justifican el porqué del apodo. "En el '82 me dieron a préstamo a Atlanta y perdimos por penales la final con Temperley, en cancha de Huracán. Pateamos 13 penales cada uno y el último se lo atajó el "mudo" Héctor Cassé a Enrique Hrabina. Yo no pude atajar ninguno. Al año volví a Armenio y ¿sabes que pasó? El último partido nos toca jugar contra Atlanta, que la fecha anterior se había coronado campeón. Nosotros hacíamos de locales ahí, en Villa Crespo, entonces un rato antes del partido fui al vestuario de ellos y escribí en el pizarrón 'Felicitaciones campeón'. Cuando salimos a la cancha empiezan con la vuelta olímpica. De repente me agarró la hinchada y me llevó en andas. Al otro día, en el diario La Razón, apareció la foto del festejo que dice" el arquero de Atlanta es llevado en andas por su público"... ¡¡¡Y yo era jugador de Armenio!!!. En sí fue una revancha por la frustración del año anterior. Era como si me hubiese sentido campeón, fue una pequeña alegría y se hizo justicia después de un año".

Parsechian, además de ser el primer arquero en atajar en mangas cortas también fue un innovador al atajar con una flor en la boca durante un partido. "Estaba jugando en Armenio y una tarde enfrentábamos por la última fecha a El Porvenir, en Gerli. Ellos venían de lograr el campeonato. En el medio de la fiesta la hinchada de El Porvenir tiraba papelitos y flores. Yo estaba junto a uno de los arcos y viste como son las hinchadas que te empiezan a cargar... En ese momento me agaché y agarré un clavel, el más rojo de todos y me lo puse en la boca. Así atajé todo el partido. Algunos aplaudían, otros se reían, y el resto me puteaba. Eso no lo hacía para provocar sino para divertirme y quitarle un poco de drama a todo lo que rodea al fútbol". Y ahora se entusiasma y recuerda una nueva anécdota: "Una vez en cancha de All Boys, descuelgo la pelota de un corner, veo a uno de mis compañeros que junto al lateral me la pedía y entonces di media vuelta e hice rebotar la pelota contra el travesaño y se la di al pie. La hincha da de All Boys estaba enloquecida, no lo podían creer, preguntaban, ¿quién es este loco?".

Parsechian también habla sobre los aficionados: "Las hinchadas son difíciles. Nosotros como armenios tuvimos una desgracia con los turcos. En el año 1915 hubo un genocidio que dejó 1.500.000 armenios muertos. En el ascenso yo recuerdo que las hinchadas nos cargaban gritándonos 'turcos', 'turcos', pero creo que era por ignorancia. El tema fue cuando llegamos a Primera con Deportivo Armenio. Me di cuenta que las hinchadas que nos gritaban lo mismo sabían perfectamente a que se referían, te echaban en cara lo del genocidio. Será porque el hincha de primera estará más informado que el del Ascenso. Igual pienso que eso lo hacían para ponernos nerviosos y no con mala intención."

Darío Dubois: Rebelde con causa
Darío Dubois se crió en Villegas, a orillas de la avenida Crovara. Comenzó su carrera futbolística como marcador central en Yupanqui, allá por 1994. Luego pasó por Lugano, Laferrere, Midland, Victoriano Arenas, Deportivo Riestra y Cañuelas. A Dubois se lo conoce más por sus hazañas rebeldes que por sus logros deportivos. A los 34 años, todavía sigue insistiendo con llegar a jugar en la "B" algún día.

Una tarde a mediados de 1995 jugaban Acasusso y Lugano en Boulogne. Por ese entonces una empresa sponsorizaba a Lugano y prometía pagar a los jugadores 40 pesos por partido ganado. Venían con una racha de tres victorias y la empresa no cumplía: "Resulta que el primer partido que ganamos no nos pagaron, entonces decidí llevarme una cinta aisladora negra para taparme la publicidad de la camiseta. Pero justo en ese partido me la olvidé. Entonces, como había llovido, apenas salimos a la cancha hice como que me persignaba (todos los jugadores hacen eso, pero yo no creo en ninguna religión), agarré barro y me tapé la publicidad. La camiseta naranja quedó cubierta con barro. Me puteaban todos, hasta mis compañeros, no entendían nada, el sponsor se cagaba de risa de nosotros, ¿entendés? No nos pagaban, y yo con esa guita viajaba. Después en la semana, la comisión se juntó y me querían suspender, pero no lo hicieron". Pero Dubois pagó el precio de su rebeldía. En el 96' jugaban el clásico contra Sacachispas y tampoco les habían pagado lo prometido. "Ese partido me junté con todos los jugadores y les dije que si no pagaban, no jugábamos. Mientras estábamos aguantando apareció un auto con la plata y le dimos para adelante, creo que al final perdimos. La fecha siguiente jugamos contra Claypole en Tapiales y el técnico me dejó en el banco por la actitud que había tenido la fecha pasada. Iban 40 del segundo tiempo y perdíamos 5 a O. El técnico me manda a calentar. En ese momento pensé' este tipo está loco, perdemos por goleada y me pone a mí, que soy defensor'. Ahí nomás me saqué la camiseta y se la tiré en la cara. Después de eso se pudrió todo, me corrían todos, el técnico y sus ayudantes".

Dubois, desde su lugar, intentó siempre mostrar que el jugador del Ascenso tiene principios claramente marcados. Representa la verdadera cultura del Ascenso: no vive del fútbol, vive en un barrio marginal, no tiene laburo estable, se cuela en el tren y el colectivo, pero cuando suena un silbato el jugador está presente y no defrauda. "Una vez jugando para Midland enfrentábamos a Excursionistas en el Bajo Belgrano. En la segunda falta que hago el árbitro Juan Carlos Moreno me saca la segunda amarilla y cuando me saca la roja se la caen 500 pesos del bolsillo; me zambullí al suelo, agarré la guita y me fui corriendo. Me seguían todos: el árbitro, los jugadores, cuerpo técnico, se armó un quilombo que ni te cuento. Adentro de la manga, rodeado, le dije al juez: 'Este es el premio que vos me sacas por echarme, hijo de puta'. Al final se lo terminé devolviendo porque sino me daban veinte fechas".

El fútbol le jugó una mala pasada, como a infinidad de jugadores. Durante un partido a mediados del año pasado se rompió los ligamentos. Como sucede comúnmente en estas divisiones, el club en cuestión - Victoriano Arenas- no se hizo cargo de su lesión. "Me mandaban a todos los hospitales públicos de Avellaneda... y ahí no sabes quién te toca. A mí me tenía que ver un médico deportivo. Imaginate si me agarra uno de esos que están haciendo una residencia... me deja la rodilla en la nuca. A fin de año me llamó la secretaria del club y me quiso hacer firmar el pase donde decía que gozaba de buena salud. Fui a la sede y cuando me dio el papel, lo empecé a leer y le dije: 'ni en pedo firmo esto' y salí corriendo con el pase en la mano. Atrás me corrían la secretaria y un par de tipos más. Era muy loco corriendo por las calles de Valentín Alsina con mi pase sin firmarlo."

Dubois ahora sueña con poder volver a jugar y su historia es una, apenas, de las cientos que aparecen en las canchas del Ascenso.

Por Walter Marini y Marcelo Massarino

El viaje

Por Ariel Scher*
Ahí, enfrente del Río de la Plata, donde la primera oscuridad era el color del agua del puerto y la segunda oscuridad era personal y se hundía en el alma porque en un barquito acababa de irse alguien querido, ahí, ahí mismo, una tercera oscuridad, la del tiempo, traía toda la preocupación: en una hora, apenas una hora, había que llegar hasta la otra punta de Buenos Aires, o casi del mundo, porque la tarea de cronista del ascenso imponía cubrir un partido en San Miguel. Trabajador de ingresos menguados pero de entusiasmos no menguados, el cronista aceleró una determinación que le hizo nacer una cuarta oscuridad, una que no residía ni en el agua ni en el alma ni en el tiempo, sino en el bolsillo: tomar un taxi. No se trataba de cualquier determinación: un taxi desde el puerto hasta San Miguel representaba en la primera parte de la década del ochenta -y, en verdad, en cualquier otra época de la Argentina- más que la paga por cubrir el partido y, acaso, varios partidos. No obstante eso, el cronista no se retractó. La decisión estaba tomada.
El cronista alzó la mano casi cerrando los ojos, no fuera cosa que mirar y ver al taxi frenando le concediera la posibilidad de algún arrepentimiento. La voz joven pareció vieja cuando, apenas por encima del volumen de un susurro, dijo exactamente tres palabras que jamás pensó que diría alguna vez arriba de un taxi: “A San Miguel”. Enseguida, siguió un silencio más penetrante que los ruidos de la calle y que los ecos de todo el puerto. El taxista giró la cabeza como si un ejército entero lo obligara a hacerlo, agrandó los ojos como si necesitara meterles al universo adentro y, finalmente, soltó, también él, aunque a modo de pregunta, esas mismas tres palabras: “¿A San Miguel?”. Fue todo. Absortos, perturbados, incrédulos, pasajero y chofer no pronunciaron nada más. El taxi arrancó.
Diez cuadras después, cuando el reloj del taxi anticipaba que en un rato marcaría una fortuna, el conductor carraspeó dos veces, se concedió un tiempo corto, ensayó su tercer carraspeo y dejó que le saliera la voz para hacer la segunda pregunta del viaje. Corresponde precisarlo: eso que moduló tuvo estructura de pregunta, sonido de pregunta y estilo de pregunta, pero, sobre todo, tuvo el contenido de un milagro. Esta era la pregunta: “Joven, discúlpeme, ¿va a ver a Juventud Unida?” El cronista fue entonces quien percibió que otro ejército le hacía girar la cabeza y que extendía los ojos para hacerle lugar a dos o a diez universos completos. Sólo luego de ese asombro igual a una inmensidad, contestó lo que pudo y cómo pudo. Dijo “sí”.
“Me imaginé”, se explayó, más relajado, el taxista, intuyendo que debía dar respuesta a algo que el cronista, si rompía la sorpresa que le atrapaba la lengua, iba a preguntarle. “Me imaginé –repitió- porque hoy tenemos un partido muy bravo y va a ir mucha gente, muchísima”. El cronista quiso, realmente quiso, explicarle que su situación era otra, que no era hincha sino cronista, y que atravesaba Buenos Aires, o casi el mundo, para llegar hasta San Miguel movido por la obligación del trabajo y no por la tentación del afecto. No hubo modo de aclararlo. De allí en adelante, el taxista narró paso a paso, partido a partido, gol a gol, alegría a alegría, tristeza a tristeza y sábado a sábado, la historia de pasión y de identidad que lo enlazaba casi desde la cuna a Juventud Unida. Habló de cómo acomodaba los horarios para no perderse la cancha, evocó a amigos que ya no estaban, repasó anécdotas sencillas, describió los rostros extrañados de los otros cuando avisaba de qué club era hincha, y llegó hasta San Miguel a través de atajos que, seguro, no conocía nadie más. Sabedor de los secretos de partidos distantes de la fama, en las últimas cuadras se hizo tiempo para recordar la tarde en la que descubrió que la cancha de Midland estaba pegada a un cementerio, para conmoverse al mencionar a Borocotó y a Sacachispas, y para homenajear a un defensor de Atlas, robusto, tosco y, más que ninguna otra cosa, tenaz. No le faltó memoria para hacerle honor a algunos otros equipos. Y no le faltó arte para fascinar en cada relato.
Cuando el taxi llegó donde tenía que llegar, a la hora perfecta, el taxista acomodó el auto, le dio un breve descanso a su exposición y detectó de reojo al cronista a punto de pagarle el viaje. “No joven -se apuró casi a gritar-, ni se le ocurra darme un billete. Por algo somos de Juventud Unida...” Por empecinado o por sincero, el cronista insistió hasta que pudo explicarle que era eso mismo: un cronista y no un hincha. No fue fácil. Inclusive, no bien lo dijo, se dolió de que un hombre como ese hombre sufriera una decepción.
El taxista lo escuchó con la naturalidad de la gente calma, o sabia, o educada. “No se preocupe, joven -respondió, sin omitir, como en todo el trayecto, la palabra “joven”-, a esta altura es lo de menos. Le agradezco que me haya escuchado. Yo creo que ahora entiende lo que es el fútbol del
ascenso”.
El cronista vio que el taxista se iba, con una sonrisa generosa y con el tranco apurado que merecen los buenos partidos, y, de lejos, alcanzó a contestarle que tenía razón.

* Periodista y escritor. Autor de“Wing izquierdo, el enamorado y otros relatos”.

IDOLOS

Por Alejandro Apo*
Yo soy hincha de Defensores de Belgrano y lo vi campeón de la vieja “B” en 1967. A la cancha salía como entrenador José Arce Gómez pero el director técnico era Angel Amadeo Labruna. El equipo formaba con Francisco Javier Gerónimo; “Toti” Marenda y Ernesto Camino; Rodolfo Chitti, Oscar Guillermo Bonnia y Jorge Busti; Angel José Tomino, Roberto Parodi, Juan María Larrea, Ramiro Pérez y Roberto Angel Fumagalli. Defensores le ganó la final a Tigre dos a cero con goles de Tomini y Fumagalli, en la inolvidable y nostálgica cancha de Platense, en Manuela Pedraza y Cramer. Pero no ascendió a Primera porque fue a un torneo reclasificatorio con los últimos de la “A” y en ese minitorneo quedó último. En ese año “El Feo” dirigía al Calamar que tenía aquella delantera con Miranda, Muggione, Bulla, Subiat y Medina. Labruna fue un tipo increíble que está en el podio del fútbol, un rarísimo fabricante de vueltas olímpicas: Central del ‘71, River del ‘75 y Defe.
A la cancha me llevaba Carlitos Ferraro, el actual presidente del Círculo de Periodistas Deportivos y eterno compañero de tareas de mi padre. Ibamos junto a su hermano Salvador y su tío Natalio. Era un rito de todos los sábados. El recuerdo de aquellos días me remonta a la cancha del Bajo comiendo unos sandwichs de chorizo, los más ricos del mundo. Y un detalle exquisito: los lupines de la cancha de Dock Sud. Cierro los ojos y veo a los veteranos con la cara alambrada mirando las gambetas de Ramiro Pérez o un gol de Fumagalli.
También iba a la cancha de San Telmo junto a mi tío Neno, hincha del candombero, que ya no está en vida pero sí en el recuerdo. El me enseñó a respetar a futbolistas como Carlos Pandolfi, Juan Carlos Czentoricky y Norberto Monteleone, que pateaba como un animal y tenía un remate que levantaba la red. En esas canchas del pasado que aún están y las recuerdo en sepia vi jugar a Maurilio Merian Alves de Souza, un delantero de Excursionistas que era terrible; al brasileño Jaburú, de Italiano, un futbolista de culto. Y a Oscar Tomás López -El Gallego- un gran goleador que jugó en Dock Sud, All Boys, Los Andes, Deportivo Morón y Defensores de Belgrano. Bueno, yo soy de esa “B”.
En ese tiempo Tigre tenía un equipo que recuerdo de memoria: Hernandorena, Fortunato y Capdevilla; Rivoiro, Alé y De Buono; Carlos Santana, Villamor, René del Carmen Herrera, Vargas y Colarte. Santana era un puntero derecho ligerísimo que jugaba bárbaro. Le decían “Forli” como a un caballo de esa época, que era una luz y ganó el Gran Premio Carlos Pellegrini. Muchos años más tarde, después de una función del espectáculo “Y el fútbol contó un cuento”, que hago junto al Turco Sanjurjo, un asistente me dijo: “Hay un señor que jugó al fútbol y te quiere saludar”. Abrí la puerta, lo miré fijo y le dije:
- No me diga quién es que lo voy a sacar.
El tipo se quedó helado.
- Usted es alguien muy importante del fútbol de ascenso….
- Bueno, le doy un tiempo, concedió asombrado.
Y lo saqué…
- ¡Usted es “Forli”! ¡Usted es un maestro, un jugador de antología!
Cuando le dije “Forli” el tipo se puso a llorar… Creía que no me iba a acordar de semejante figura. ¡Cómo no lo iba a recordar si esos cracks de la vieja y querida “B” eran mis ídolos!

* Periodista de Radio Continental y conductor del programa “Todo con afecto”.

PASION INEXPLICABLE

Por Ezequiel Fernández Moores*
Era una de mis primeras notas para la agencia Télam, a comienzos de 1978. Me envían a cubrir un partido del ascenso en Defensores de Belgrano. Ni me acuerdo el rival. Supongamos que era Flandria. Pero sí recuerdo que el cronista radial, que estaba apenas dos filas arriba mío, dice en su primera salida algo así como: “Mucho mejor Flandria, Defensores no juega a nada”. Pasó apenas un segundo, para que un hincha que estaba a dos metros suyo le largara en seco: “¿Qué dijissste pibe, que Defensores qué?”. El pibe de la radio se puso blanco y en su salida siguiente, pese a que Flandria había intensificado su dominio, su comentario fue más prudente: “Partido parejo, cero a cero Muñoz”.
Fue una de mis pocas experiencias en el fútbol del ascenso. Suficiente para comprender parte de su mundo. Ahora están las cámaras de TN, el canal de cable que emite unos informes notables, a veces en canchas absurdas, con hinchas mirando el partido desde afuera subidos al techo de un micro, golazos que se mezclan con goles de solteros contra casados, periodistas que gritan el gol como si estuvieran en el medio de la barra, apodos y apellidos de cuentos de Soriano y algunas peleas insólitas, verdaderos cuerpo a cuerpo, con tipos pasados de vino o falopa contra policías que pierden el casco y siguen tirando palos, aguardando refuerzos que jamás llegarán. Pero todos, o casi todos, agradeciendo hasta con banderas a TN porque al menos alguien se acuerda de ellos.
Salvo TN, Olé o algunos espacios mínimos de otros medios, se trata de un mundo inevitablemente ignorado por la gran prensa nacional, excepto cuando se producen tragedias. Los pobres, se sabe, sólo suelen salir en los diarios cuando cortan calles, queman gomas o saquean supermercados. Por eso, no coincido con Maradona cuando dice que sólo los hinchas de Boca saben lo que es la pasión, que el resto no tiene idea, como expresó en la Bombonera en la fiesta del Centenario. No coincido para nada. Esa pasión, aunque por momentos me resulte inexplicable, me parece en realidad mucho más poderosa que la de un hincha de Boca, que sí está acostumbrado a salir en la tapa de los diarios y a que repitan sus goles en todos los noticieros. Recuerdo a un padre hincha de Flandria que me explicaba lo que le costaba explicarle a su hijo que su equipo también era un equipo de fútbol. Y recuerdo también a ese pibe que, justo cuando el colectivo se frenó en un semáforo y se produjo un momento de silencio, le preguntó enojado a su madre: “¿mamá, por qué tenía que ser de Flandria?”.

* Periodista de la Agencia ANSA

LA ESPERANZA

Por Alejandro Fabbri*
Hay dos fútbol de ascenso. Todo lo que se juega los sábados no pertenece a un único bloque compacto, bien distinto de la primera división. Hay, como en casi todas las cosas, categorías y clasificaciones. En la B Nacional se encuentran algunos equipos históricos de la Primera A venidos a menos, sea por resultados deportivos o por problemas económicos, más otros cuadros del interior del país que representan lo mismo o suman las ilusiones de una ciudad, de una provincia por ubicarse en la máxima distinción, la A.
Entre las dos categorías amateurs, las dos más pequeñas, hay un universo repleto de pasión y de peleas barriales. Es la Primera B metropolitana, donde conviven viejos equipos con una rica historia entre los grandes y otros que se han incorporado para pelearla y buscar el reconocimiento popular. Por eso, ahí andan por un lado Atlanta, Platense, Tigre, All Boys y Témperley y en el otro rincón Tristán Suárez, Cambaceres, Brown de Adrogué, Flandria y el Argentino rosarino, por ejemplo. Un torneo emotivo, donde todavía hay hinchas propios. Esos que siguen de corazón al equipo de su infancia y no lo dejan, a pesar de que los éxitos son un lejano recuerdo y el futuro amenaza enturbiar aun más la vida deportiva.
Bajando un escalón más, llega la lucha contra los molinos de viento. ¿Cómo hace un chico, algún futbolero de alma, para encariñarse exclusivamente con un cuadro de la cuarta o la quinta categoría del fútbol argentino? Porque salvando a los chicos de las inferiores, a las familias de los jugadores, a los directivos y sus entornos, a aquellos vecinos de siempre, se hace casi imposible amar unicamente a un equipo chico, pero muy chico. Lo mejor que puede pasar es que haya cariño por uno y amor por un poderoso, alguno que le permita al hincha sentirse importante, pertenecer a alguna gesta ganadora.
Sin embargo, locos todavía quedan. Excursionistas, Villa Dálmine, Sportivo Dock Sud, Argentino y Deportivo Merlo, Colegiales, San Miguel, Ituzaingó, Comunicaciones, nunca jugaron en primera A, pero supieron mojarle la oreja a algunos poderosos del ascenso. Tiene su público, tienen sus seguidores, más allá de que no pueden ascender porque no se dan los resultados. Claro, en sus pequeñas tribunas hay camisetas de los grandes del fútbol argentino. Esos chicos que a la hora de definirse eligen un rico y un pobre, un bueno y un malo, el brillo de una camiseta campeona y la tela simple de un equipo de barrio. Ellos sí pueden convivir con dos sensaciones diferentes. También existen en la Primera D, porque alientan a Liniers, a Claypole, a Juventud Unida o a quien sea, con la misma pasión y la misma ilusión. Saben, que esa ilusión es una quimera porque no hay manera de entreverarse en otro lado, no la hubo en otra época y hoy es imposible. Esa utopía los mantiene vivos, los hace creer por un momento que su rugido de gol puede conmover estructuras.
Que quede claro algo: sin estos equipos, el sábado no tendría sentido. El planeta futbolístico argentino no estaría completo. Sin esas canchas precarias, esos pocos hinchas saltando en las tribunas desvencijadas, el ascenso no existiría. Y ciertas historias, ciertos epopeyas de nuestro deporte más amado quedarían solamente para los que sueñan en grande y tienen con qué apoyar esos sueños. Nada hay más democrático que la ilusión de un hincha argentino de fútbol: desde Boca o River hasta Centro Español o Deportivo Paraguayo, todos creen que pueden. Si se sostuviera esa esperanza en otros aspectos de nuestra vida social, estaríamos hablando de un país distinto. ¡qué lástima que no nos demos cuenta!

* Periodista de Torneos y Competencias