2 abr 2006

EL PERONISMO Y LOS DEPORTES PROFESIONALES


Este es un fragmento del ensayo publicado en El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX - Tomo II. Identidad - Utopía - Integración Obrerismo y justicia social (1930 - 1960), Hugo Biagini y Arturo Roig (directores). Editorial Biblos. Buenos Aires, marzo 2006.

El peronismo realizó durante su gestión de gobierno (1946-1955) una actividad comprometida con el desarrollo integral del país no exenta de contradicciones ni de ciertos niveles de autoritarismo. Con una audacia poco frecuente dentro del orden capitalista determinó que la esfera de lo público avanzara decididamente sobre lo privado. Este nuevo partido político empezó a dar respuestas económicas, sociales y culturales que apuntaron al mejoramiento de las condiciones de vida de la mayoría de los habitantes de la Nación. Concretamente se distinguió por rehabilitar, siempre con un sentido redimidor, a todos aquellos que sufrieron intensamente los tratos discriminatorios en el período signado por la restauración oligárquica.
El gobierno peronista participó del proceso mundial posterior a la Segunda Guerra consolidando el mercado interno y apuntando a forjar una identidad nacional que le otorgara al país una presencia más activa en el concierto de las naciones desarrolladas. Para ello intentó confinar las concepciones extranjerizantes en el pasado con el propósito de nacionalizar la vida social. Los discursos se articularon a partir de un colectivo, un “nosotros”, que congregaba básicamente a unos sectores populares con decidida voluntad de integración, distanciándose de otros tipos de construcciones realizadas en la Argentina. Se tejió una identidad que diferenció claramente a los adherentes del peronismo de un adversario interno relativamente debilitado luego de su reciente paso por el poder. La otrora poderosa oligarquía perdía capacidad de decisión ante el avance de la planificación estatal.
Como secretario de Trabajo y luego como presidente de la Nación, Juan Domingo Perón buscó permanentemente estrechar vínculos con la clase obrera. Durante su larga gestión los trabajadores experimentaron mejoras significativas en el salario y en el nivel de vida en general lo cual favoreció la comunicación entre ellos. El gobierno impulsó la actividad sindical aliada a las políticas del Estado y le abrió el camino de la participación a los nuevos sujetos que emergieron en las grandes ciudades con las migraciones internas y el desarrollo de la industria. No resultó sorprendente, entonces, que en el mundo popular el peronismo obtuviera apoyos sociales y electorales tan altos como duraderos.
Muchas de las transformaciones que tuvieron como destinatarios preferentes a los sectores populares fueron realizadas desde "arriba" y apoyándose en la figura centralizadora del líder político. Perón se vio favorecido porque se había expandido la creencia de que actuaba en nombre del “pueblo”, pese a que el gobierno en determinados circunstancias se manejó más en función de sus propias necesidades e intereses que los de aquellos que decía representar. Política, economía y promoción social constituyeron el paraguas bajo el cual se puso en marcha la locomoción de la sociedad. El Estado condujo la planificación económica y sostuvo políticas activas en diversos ámbitos de una manera relativamente coordinada, amparadas en un marco tan versátil como el de la "doctrina justicialista". Asimismo, los proyectos se transformaron ante las condiciones estructurales y en varias ocasiones se hizo sin pasar por debates internos.
La Fundación Eva Perón , aunque respondió a un formato jurídico privado, se convirtió en un organismo sumamente importante. Logró tejer una verdadera red de asistencia social a nivel nacional que completó el intenso proceso de movilidad social ascendente que impulsó el peronismo. Entre otras cosas, con dichas estrategias alcanzó una manera racional de controlar a los sectores populares y evitar la conflictividad social.

El papel del deporte
El peronismo ubicó al deporte en un lugar predominante de su gestión y para eso contó con actores racionales que planificaron diversos eventos. Incorporó así a miles de jóvenes a la actividad deportiva, además de fomentarse la creación y el desarrollo de instituciones de tal carácter. Asimismo, organizó competencias nacionales e internacionales como los Torneos Juveniles Evita, los Iº Juegos Deportivos Panamericanos de 1951 y el Campeonato Mundial de Básquet en 1950. Por otro lado, impulsó y subsidió la participación de deportistas argentinos en el exterior.
Juan Domingo Perón, conocedor de la importancia de los triunfos deportivos para fortalecer internamente a la sociedad y sostener el imaginario de una Argentina que aspiraba a un liderazgo continental, fomentó la competición de los representantes nacionales en los eventos más importantes . En cuanto a los destacados desempeños conseguidos tanto a nivel local como internacional, fueron generalmente interpretados como un importante aporte para el país, si bien algunas veces la misma rozó cierta ingenuidad. La ampliación de las actividades deportivas le sirvió a Perón, un hombre aficionado al deporte, para desarrollar una comunicación de signo particular con sus seguidores. En dicha esfera salieron a relucir otros aspectos del líder que se manejaba allí de una manera más informal, aunque generalmente dentro de un marco escenográfico planificado. Cuidar al máximo los detalles para seguir alimentando la dimensión carismática del presidente se hacia imprescindible para un movimiento sin tradición política y que no contaba con la simpatía de los grupos oligárquicos.

Roberto Di Giano y Marcelo Massarino.

Integrantes del Area Interdisciplinaria de Estudios del Deporte, adscripta al Programa de Investigación Desarrollo Sociocultural y Educación Permanente, dependiente del Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación. Facultad de Filosofía y Letras – Universidad de Buenos Aires



1 abr 2006

FILETE PORTEÑO NUNCA SE FUE DEL BARRIO. Prohibido en los colectivos en 1975, es pasión de jóvenes artistas.


Las primeras luces del día entibian la mañana. Entre la bruma, el amanecer señala una hora precisa. Para muchos hombres y mujeres es apenas un instante, un segundo multicolor que de verlo tanto y tanto, no lo ven. Los carros de lecheros y panaderos avanzan por Paseo Colón. La calle de tierra hace ir y venir los tarros desbordantes de leche fresca y las bolsas con pan crujiente en medio de un concierto de cascos. La música se mezcla con el silbido agudo del conductor. Hay que apurar el paso para cumplir con la entrega. Como todos los días. Como toda la vida. ¿Qué tiene un pobre más que su vida? Tiene un caballo y el carro donde además de la mercadería lleva todo lo que desea y quiere. Un día el fabricante de carros tiene que entregar uno a su cliente. Le pregunta a dos muchachos: ¿se animan a pintarlo? Ellos aceptan y sin que el patrón sepa deciden agregarle unos firuletes sobre las tablas laterales para darle un toque de color y alegría. Cuando el jefe ve “la obra” se agarra la cabeza: ¡el cliente me mata! ¡¿Qué les agarró, pibes?! Cuando el cliente pasa a retirar el carro, queda maravillado y sale a mostrarlo por las calles de Buenos Aires. Después no pasó un día sin que Vicente Brunetti y Cecilio Pascarella tuvieran un carro para filetear. Fue a fines del siglo XIX.
El filete porteño es una marca registrada de Buenos Aires, “un arte esencialmente decorativo. Su temática es a la vez religiosa y pagana” tal la definición de Esther Barugel y Nicolás Rubió, autores de Los maestros fileteadores de Buenos Aires, un libro que editó en 1994 el Fondo Nacional de las Artes. La obra cuenta las historias de vida de los primeros fileteadores y el proceso de producción de la muestra sobre el género que organizaron los autores en la galería Wildenstein el 14 de septiembre de 1970. Además es un relato, con un amplio registro fotográfico, que rescata el trabajo de “hombres de otra ciudad de Buenos Aires, perdida dentro de la misma ciudad”.
Aunque las comparaciones son odiosas, todas las voces coinciden que el Gardel del filete es Miguel Venturo, Miguelito, “quien con sus creaciones y aportes de pajaritos, distintos modelos de variedad de flores, diamantes, dragones, gotas, con magistral ejecución” dio un impulso renovador. Otro gran maestro del pincel fue Carlos Carboni. Hizo verdaderas obras de arte en carros, chatas y colectivos. Fue famoso por su estilo con dragones cuyo secreto develó a Barugel y Rubió: “¿Ustedes se han fijado en las mayólicas del subterráneo de Buenos Aires? En la estación del Obelisco. Una vez pasaba por allí, por esa estación para ir a Quilmes, a la Cervecería, y vi unos dragones con una cola enrulada. Me detuve. La gente pasaba apurada para ir al trabajo. No tenía lápiz ni papel pero lo miré bien al dragón. Miré cómo venía el dragón y la cola también. Y le dije al dragón: ‘A vos te voy a hacer viajar en camión’. Y así fue”.
Hoy es Ricardo Gómez, en su taller del barrio de Mataderos, quien continúa a los 79 años con la tradición más difícil del oficio: el fileteado de carros que combina con la enseñanza y las pinturas que regala a sus nietos y una bisnieta de un año.
Una lista de algunos de los más importantes fileteadores incluye a León Untroib, los hermanos Carlos, Alfredo y Enrique Brunetti, Andrés Vogliotti, Juan Carlos y Roberto Francisco Bernasconi y Enrique Arce. También Armando Miotti, Luis Zorz, Alberto Pereyra, David Stamon y Martiniano Arce, entre otros.
Este arte, porteño por naturaleza, que los hijos de inmigrantes italianos y españoles perfeccionaron gracias al manejo del pincel y el esmalte sintético, comenzó en los carros hasta que las autoridades prohibieron la tracción a sangre. El progreso dio paso al colectivo, que fue el nuevo soporte que paseó al filete por el empedrado porteño, hasta que la ordenanza de la S.E.T.O.P. nº 1606/75 lo prohibió. “Tal vez esta desaparición parcial fue necesaria para que el fileteado comenzase a ganar otros espacios, ya que hasta ese momento era impensable sin el soporte del vehículo”, reflexiona el artista plástico Alfredo Genovese, de 41 años, quien recibió a Sudestada en su taller del barrio de La Paternal. “Nació como una práctica y sobrevivió por una costumbre. Es un hábito que se convirtió en arte”, agrega. En su Tratado de fileteado porteño, Genovese avanza en el estudio teórico del filete dentro de un panorama conceptual. Recuerda que las primeras críticas que recibió fue en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidano Pueyrredón: “mis compañeros decían que era una grasada y no lo tomaban en serio”. De la mano de Ricardo Gómez, Alfredo Genovese se perfeccionó en la técnica y logró incursionar en ámbitos ajenos al oficio como la publicidad, la imagen corporativa y el cuerpo humano como la campaña de la empresa canadiense Much Music, bajo el lema “De tu lado del mundo”, que incluyó el bodypainting en famosos como Charly García, Soledad, la Mona Giménez y Dante Spinetta, entre otros. Genovese considera al fileteado como un arte reciclado tomado de las grandes artes decorativas: “Los artistas copiaron y recrearon los motivos ornamentales que había en Buenos Aires y con eso hicieron un reciclaje de los bienes culturales de las elites hacia las clases bajas. Ornamentos en rejas, frisos y vidrios pasaban al carrito lechero. Plasmaban esta invención decorativa en las clases populares que no podían permitirse la casa con la gárgola”. También cree que es imprescindible incorporar la enseñanza del filete en los ámbitos oficiales de estudio y la creación de un museo.
El artista plástico Tata Moine trabajó con el fileteado “mezclado con otras técnicas y lo usé como un recurso”. Considera que el mundo de las artes visuales menosprecia al filete “por el uso del sintético que no es otra cosa que el óleo de los pobres. En este caso la pintura industrial funciona como una frontera cultural”, afirma en su taller de Villa Urquiza donde trabaja junto al grupo de arte El Colectivo. También egresado de Bellas Artes, Moine entregaba sus trabajos de estudiante con una escena enmarcada en un fileteado: “el docente Norberto Cuello me decía ‘ahí viene el que hace pop por, por porteño’”. Este plástico de 28 años incursionó con el filete sobre diversos soportes: en el inicio sobre tela, luego con tablas, carros, prensas de grabado, guitarras, teléfonos, biombos y hasta una heladera.
Después de más de cien años, esta técnica que nació orillera hoy es una moda que atrapa a jóvenes. Esto confirma que el filete no está muerto, está más vivo que nunca. Ayer fue el carro lechero, los camiones y el colectivo. Hoy los regalos empresarios, una gigantografía junto al Obelisco, el diseño de indumentaria, el tatuaje y la pintura sobre cuerpos. El filete estuvo y está entre nosotros. Como escribió una vez José Gobello conmovido por las obras de los hermanos Brunetti, Carboni, Untroib, Vogliotti y Arce en carros y camiones: “los ciegos vimos”.


Marcelo Massarino


Foto: Alfredo Genovese, Tratado de filete porteño (Gentileza A.G.)


Una versión reducida fue publicada en la revista Sudestada, edición nº 47, abril de 2006.

Ricardo Gómez. “SIENTO EL AROMA DE LA FLOR QUE FILETEO”


Nací un 5 de julio de 1926 en un corralón de la esquina de México y Boedo. De jovencito unos amigos me invitaron a un baile familiar en Mataderos donde conocí a una chica, María Celia, quien fue mi mujer durante 54 años. Tengo una hija y un hijo, cinco nietos y una bisnieta. A los 24 años un señor que reparaba carros vino al barrio y me preguntó si me animaba a filetear uno. Le dije que sí aunque no conocía la técnica. Me la explicó y pensé: “esto es una papa”. Cuando dibujé las hojas y las flores me picó el virus del filete. Así comenzó la historia.
Luego hice carros por mi cuenta. Visitaba los ranchos del Bajo Flores que tenían piso de tierra, pero donde dormía el caballo era de cemento y viruta. Llegaba con don Luis González que quemaba la basura de la Pirelli. Había gente como el Negro Verruga, Pólvora y Documento que en los remates de carros y caballos de Grippo se peleaban contra seis. Gente de muchas agallas, sin cuchillo y a trompadas. Documento tenía una gran habilidad para manejar los carros, atracaba una chata de cuatro ruedas de un tiro.
En los corralones había gente brava. Estaba pintando y de repente se peleaban ¡y no sabes cómo se daban!, ¡escuchabas el ruido de las trompadas..! En ese ambiente me hice. Allí guardaban los carros y en el fondo estaban las caballerizas. El tipo venía, desataba el carro y lo dejaba hacia arriba, entonces abajo había que hacer un dibujo para que se distinguiera de los demás. Para esa tarea copie a Carboni, a León, a don Federico, a los Brunetti y a Mario del Piero: los calcaba en papel, al otro día llevaba una chapa del mismo color del carro y tomaba los colores. Por eso trabajo parecido al maestro Carboni.
Con el tiempo se prohibió la tracción a sangre y comencé con el colectivo en las Carrocerías El Tigre, La Maravilla, San Juan, Ala y El Trébol. Los míos se distinguían por las flores. También llevamos los motivos del carro: la bandera enrollada, los moños, la decoración en los números y la letra gótica. Ahora hay un montón de muchachos que hacen tablitas, pero fileteadores porteños hay pocos, porque no saben lo que es un carro. Pintan muy bien porque son egresados de Bellas Artes, pero delante de un carro no saben para donde ir... El filete de hoy es como Piazzolla. El filete porteño se realiza solamente en carros porque ahí nació, después fue a la chata, luego al camión y al colectivo. Ahora está en todos lados. Alfredo Genovese mezcla Bellas Artes con el filete y se va... Pero es lógico porque los tiempos cambian, como el tango, como la vida… ¡Ojo!, a mi me gusta lo que hace pero yo no puedo salir de lo mío. Alfredo en sus libros habla de mi como su maestro y eso me gratifica.
Tomé la decisión de enseñar un día que en el taller alguien dijo “el día que se mueran estos viejos, se muere el filete”. Le conté a mi señora y me estimuló para que diera clases. El primer día que fui a un centro cultural de la Municipalidad, entré al aula y encontré a diez mujeres. Entonces pregunté: “Perdón ¿cocina?” Y me responden “No, filete porteño”. ¡Yo esperaba encontrar a tres o cuatro negros, nunca a mujeres..! Y tuve que aprender a hablar, porque el idioma del corralón es distinto.
Ahora mi vida es el taller, mis alumnos y algún carro que siempre tengo para despuntar el vicio mientras escucho unos tangos. ¿El filete es arte u oficio? Yo me siento obrero del pincel. A veces los jóvenes me preguntan cuándo uno es fileteador. La respuesta es sencilla: cuando sentís el perfume de la flor que estás pintando, cuando escuchas el relincho del caballo que dibujas, cuando hablas con la Virgen de Luján mientras fileteas su manto. ¡Ahí sos fileteador!

Testimonio recogido por Marcelo Massarino.
Foto: Buche de camion fileteado por Ricardo Gómez, publicado en Los maestros fileteadores de Buenos Aires, de E. Barugel y N. Rubió. (Gentileza E.B. y N.R.)

Dichos que van y vienen


Los dueños de carros, chatas, camiones y colectivos hacían filetear frases a las que Jorge Luis Borges llamó los “costados sentenciosos”.
* Feliz de Adán que no tuvo suegra.
* Si te gusta el durazno aguantate la pelusa.
* Lo mejor que hizo mi vieja es este pibe que maneja.
* Si querés uno igualito trabajá desde chiquito.
* Las suegras son unos ángeles cuando están en el cielo.
* Tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela.
* Vivir se puede, pero no te dejan.
* Si querés la leche fresca atá la vaca a la sombra.
* Los chicos son como las olas. Vienen, rompen y se van.
* Es mejor poner un pie en el freno que los dos en el cajón.
* Las mujeres son como el colectivo, no hay que correrlas, vuelven a pasar.
* Mi viejo no hace nada. Y yo le ayudo.
* La mujer que dice su edad es capaz de todo.
* No corrás, el tiempo no se acaba.
* Sonríe. Tu mujer me ama.
* Antes te soñaba, ahora no me dejas dormir.
* Chicas, si quieren jugar al prode, suban que les hago la boleta.
* ¡Gracias a los viejos!
* Si los cuernos fueran flores la ruta sería un jardín.
* Si su hija sufre y llora es por este pibe, señora.
* La madre es la única mujer a la que jamás se olvida
Palabras sobre ruedas, de Martiniano Arce (Ediciones Colihue)
***
* Miralo con asombro que Juan lo ganó con el hombro.
* Yo nací para el fango como Arolas para el tango.
* Tabaco, vino y mujer, echan al hombre a perder.
* No te apures que no es vals.
* Lo peor del cuerpo es la lengua.
* Por mi viejo la tengo, por mi vieja la doy.
* A la pucha, dijo el payaso, y le erró el manotón al trapecio.
* ¡Parece que no pero me va bien!
* No seré doctor… pero tengo dos chapas.
* ¿Me ves, mamá?
* La pianté del bulín porque se tomaba el agua del florero.
* Hay que endurecerse, pero perder la ternura jamás.
* Tengo cuarta y soy amigo.
* Con esta chata y mis nenas, a mi no me hablen de penas.
* En mi casa soy mandón… por eso duermo en el camión.
* Voy detrás de una ilusión.
* Guapo es el que labura.
* Sanan las cuchilladas pero no las malas palabras.
* Se doman suegras a domicilio.
* No llevo cargas grandes, chicas sí.
* Viva yo y el que me fía.
* Planchado de peatones.
* Beethoven no sé quién es, pero conozco a Gardel.
* Con el candil apagado no hay china que se vea fea.
Los maestros fileteadores de Buenos Aires, de E. Barugel y N. Rubió (Fondo Nacional de las Artes)
***
* Jesucristo es mi copiloto.
* Sencillito pero mío.
* Vos haces pinta con lo ajeno yo soy croto con lo mío.
Del libro Tratado de fileteado porteño, de A. Genovese (Ediciones del dragón)

Carlos Carboni, maestro del filete


Mayólica de la estación Diagonal Norte, línea A, subterráneos de la ciudad de Buenos Aires y dragón fileteado por Carlos Carboni que hizo inspirado en la cerámica.

Pinturas con filete, de Tata Moine



Tata Moine es artista plástico y pertenece al grupo de arte El Colectivo del barrio de Villa Urquiza, Ciudad de Buenos Aires.

bodypainting fileteado por Genovese



Dos trabajos de fileteado sobre cuerpo por el plástico Alfredo Genovese.

Un filete de León Untroib


Publicado en el libro Los maestros fileteadores de Buenos Aires.

4 mar 2006

La hoguera del miedo


El próximo 24 de marzo se cumplirá treinta años del Golpe que derrocó al gobierno constitucional de María Estela Martínez, Isabelita, en 1976. Es un aniversario que sirve para recordar una vez más a los desaparecidos, a los asesinados, a los torturados y exiliados. También es una oportunidad para señalar que la dictadura militar tuvo un plan para exterminar a la oposición que no sólo consistió en persecución y muerte, sino en la ejecución de una estrategia para el vaciamiento económico y cultural de la sociedad. En ese marco, una de las tantas atrocidades que cometieron los militares y sus cómplices civiles fue la quema de libros, una práctica que no comenzó en la Argentina del ’76, pero que, en el marco de una política represiva, fue para el Proceso una práctica “purificadora” del ser nacional. Pero también hubo otros fuegos los de quienes temían una represalia porque tener una biblioteca que los inquisidores podían calificar como “subversiva”. Los incineradores y pequeñas fogatas, inodoros y pozos ciegos fueron destino de la literatura y la prensa que podía servir como pretexto para un operativo de un grupo de tareas. También el enterramiento de libros sirvió con igual objetivo. Con la democracia los hijos de aquellos jóvenes lectores de los setenta se enteraron que aún estaban escondidas aquellas bolsas con los ejemplares olvidados junto a la higuera del fondo de la casa. Destruidos por la humedad o convertidos en cenizas, los libros vuelven a las bibliotecas como los cuerpos a la playa después de los vuelos de la muerte.
El investigador venezolano Fernando Báez enumeró en su Historia universal de la destrucción de libros las mil y un formas que los poderes de turno, en todas las épocas, se las ingeniaron para eliminar cuanta literatura creían contraria a sus intereses. Una forma de asesinar a la memoria colectiva mediante la quema de libros y la destrucción de bibliotecas. Báez explica que el Holocausto Judío durante la Segunda Guerra Mundial “tuvo su equivalente” en un “bibliocausto” en el que “millares de libros fueron destruidos por el mismo régimen. Entender cómo se gesto puede permitirnos comprender que Heinrich Heine tenía razón cuando escribió proféticamente: ‘donde los libros son quemados, al final también son quemados los hombres’. La destrucción de libros de 1933 fue, a mi juicio, apenas un prólogo a la matanza que vendría después. Las hogueras de libros fueron las que inspiraron los hornos crematorios...”. El 10 de mayo de 1933 frente a la Universidad Friedrich-Wilhelm, en Berlín, ardían las fogatas con libros considerados por el nazismo como “degenerados” y “anti-alemanes”. Joseph Goebbels arengaba a los jóvenes que arrojaban libros a la pira.
El clima político y social en la Argentina se volvió enrarecido y cada vez más pesado con la aparición de la Triple A, la banda parapolicial que comandó José López Rega, ministro de Bienestar Social del gobierno justicialista y ex secretario privado de Juan Domingo Perón. A comienzos de la década del setenta la guerrilla en sus diversas variantes crecía con la movilización de la sociedad que impuso la salida del régimen militar y la vuelta de Perón al poder. En primera instancia con la victoria del Frejuli en 1973, con la presidencia de Héctor J. Cámpora -El Tío- y poco después con las elecciones que ganó la fórmula que encabezó el jefe justicialista junto a su mujer. La espiral de violencia aumentó con la muerte de Perón. La debilidad del gobierno y la espera de un nuevo Golpe de estado era cuestión de tiempo para todos los analistas.

Eudeba, botín de guerra
La cultura fue un lugar donde la derecha peleó cada lugar de poder. Un ejemplo es el caso de la Editorial Universitaria de Buenos Aires, Eudeba. El 25 de mayo de 1973 fue designado rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA) Rodolfo Puiggrós, quien nombró como presidente del Directorio al escritor Arturo Jauretche y como director al periodista Rogelio García Lupo, fundador de la agencia cubana de noticias Prensa Latina. El autor de El medio pelo en la sociedad argentina falleció el 25 de mayo de 1974 y García Lupo renunció cuatro meses después.
García Lupo reconoce que “sabíamos que íbamos a tener muchos problemas. Pensábamos que iba a haber discusiones por los proyectos editoriales pero no agresiones físicas.” El proyecto editorial de coyuntura consistió en la publicación de cuatro libros que se vendía a 20 pesos: La Revolución Chilena, por Salvador Allende; la Revolución Peruana, por el general Velasco Alvardo; la Revolución Peronista, por Héctor J. Cámpora y La Batalla de Panamá, por el general Omar Torrijos. Se vendieron sesenta mil ejemplares en casi cuatro meses. Entre tanto, trabajábamos en el proyecto de fondo que consistía en la edición de las obras completas de Leopoldo Lugones, que era una figura que les servía a todos, a los anarquistas, a los fascistas, a los nacionalistas; Carlos Astrada, un filósofo marxista y Manuel Ugarte, quien era muy representativo de la intelectualidad procedente del socialismo que había desembocado en el primer gobierno de Perón. Pero tuvimos amenazas cuando anunciamos el plan editorial. Al tiempo decidimos irnos porque la presión era insoportable. Pero ocurrió una cosa insólita. Teníamos la idea de hacer la revisión de la obra de Lugones de manera cronológica. Empezar por el Lugones anarquista y seguir con el socialista. Un día me llamó el abogado Valentín Thiebaut, el nuevo director ejecutivo ya con el ultraderechista Alberto Ottalagano como interventor de la UBA, y me dice: ‘tengo un problema. No puedo cumplir con el contrato de Lugones si empezamos por la etapa en la que estaba a la izquierda... ¿No podemos arrancar en la que se hizo fascista..?’”
En julio de 1974 un grupo comando entró al taller gráfico donde Eudeba imprimía parte de sus libros al grito de “¿Dónde está El marxismo de Lefevbre? Antes que el imprentero Polosecki pudiera dar una respuesta prendieron fuego un sector pero en el apuro los asaltantes se equivocaron de libro y quemaron uno técnico de la editorial Nueva Visión. “Ese era el clima que vivíamos, una locura total. Pero empezaron las amenazas de bombas y le pedí al subjefe de policía que investigara el tema. Me llamó a los tres días y me dijo: ‘tengo la clave, hay un individuo que se reúne con parte del personal en un restaurante, El Tirol, para organizar el clima de violencia. El problema es que no lo podemos detener porque es el Jefe de Policía de la provincia de San Juan’...”, agregó el periodista.
El régimen militar designó en julio de 1976 al socialista Luis Pan como director ejecutivo de Eudeba, quien le entregó al Comando del Cuerpo Primero del Ejército parte del fondo editorial con los libros censurados. El 27 de febrero el teniente primero Xifra dirigió el operativo que terminó con la quema de casi noventa mil volúmenes en el predio de Palermo. Rogelio García Lupo recuerda que vio cuando los soldados cargaban los camiones con los ejemplares de su gestión. “Pan fue quien llamó al Ejército y puso en sus manos toda esa ‘literatura pecaminosa’. El temía que alguien dijera ‘pero este Pan también es socialista...’ Con esa operación compró protección, fue como una prueba de amor”.

El fuego purificador y la autocensura
La práctica piromaníaca tiene numerosos ejemplos. En Córdoba el interventor de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, teniente primero Manuel Carmelo Barceló, en 1976, sacó de la biblioteca y mandó a incinerar títulos de Margarita Aguirre, Pablo Neruda y Julio Godio, entre otros. En la misma provincia, el jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Jorge Eduardo Gorleri (luego ascendido a general por el gobierno democrático de Raúl Alfonsín), exhibió en conferencia de prensa una hoguera en el patio de la unidad militar, avivada por libros de León Trotsky, Mao Tse-Tung, Ernesto Che Guevara, Fidel Castro, Juan Domingo Perón y fascículos del Centro Editor de América Latina (CEAL) que robó de las bibliotecas y librerías.
En la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, los militares usurparon la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, La Vigil, una institución que tenía tres mil alumnos, 20 mil socios y 650 empleados, con una biblioteca de 55.000 volúmenes en circulación y 15.000 en depósitos, a principios de la década del setenta. También editó más de 90 títulos con dos millones de ejemplares. El 25 de febrero de 1977, fue intervenida mediante el decreto nº 942. Ocho miembros de su Comisión Directiva fueron detenidos ilegalmente, su control de préstamos bibliográficos utilizado para investigar a los socios. Miles de libros de la entidad fueron quemados, por ejemplo seiscientas colecciones de la obra completa del poeta Juan L. Ortíz.
El periodista y escritor Mempo Giardinelli también sufrió las consecuencias de la pasión ignífuga dictatorial: “En los mismos días en que se produjo el golpe, la Editorial Losada planeaba lanzar mi primera novela, pero obviamente decidieron retenerla en bodegas y no se atrevían a distribuirla. Con muchos otros libros sucedió lo mismo. Hasta que una noche de comienzos de junio, por vaya a saber qué rutina o denuncia (si es que entonces eran cosas diferentes) cayó el Ejército a la editorial. El allanamiento incluyó la quema de libros, entre ellos el mío y una novela de Eduardo Mignogna y otra, creo, de Ricardo Piglia”, describió en una nota para el diario Página/12 en 2004. El caso de Enrique Medina es paradigmático: “El golpe de Estado de 1976 confirmó la prohibición de los libros ya censurados del autor y lo extendió a cuanto texto suyo aparecía. Medina es, quizás, uno de los autores más sistemáticamente perseguidos por la censura, durante la dictadura e incluso antes”, según Hernán Invernizzi y Judith Gociol en la investigación Un golpe a los libros. Manuel Pampín, de Corregidor, editó parte de la obra del autor de Las Tumbas, como Sólo ángeles cuya sexta edición fue prohibida aunque no la séptima, una copia de la anterior. También le decomisaron Olimpo, de Blas Matamorro, por un decreto del PEN. Ante el reclamo de Pampín, el capitán Carlos Carpintero le respondió: “de los libros, olvidate”. Ya en 1978 las autoridades retuvieron en la aduana Evita, una biografía de Marysa Navarro que más tarde pudo ingresar al país por la intervención de Dardo Cúneo, por entonces presidente de la Sociedad Argentina de Escritores.
Hubo editores que decidieron destruir por decisión propia los libros que eran prohibidos. Es el caso de Editorial Granica, fundada por Juan Granica, que por esos años era una casa “que difundía el pensamiento de avanzada en el área de humanidades, ciencias sociales, política y sobre todo psicología... Varios de los libros de sello fueron prohibidos. Entre ellos: La pasión según Trelew, Tomás Eloy Martínez que fue uno de los primeros títulos de los que la propia editorial decidió deshacerse. Esa es la cara más perversa del terror: ya no los libros que el régimen quemaba sino que los eliminaban por propia decisión”, describen Gociol e Invernizzi. De la imprenta a la fábrica de papel fueron por lo menos diez títulos, no menos de 20.000 volúmenes, entre ellos Correspondencia Perón-Cooke.
La quema de libros más grande que concretó la dictadura fue con materiales del Centro Editor de América Latina, el sello que fundó Boris Spivacow quien además tuvo un juicio “por publicación y venta de material subversivo”. El fue sobreseído pero el millón y medio de libros y fascículos ardieron en un baldío de Sarandí. Testigos de la quema fueron la profesora Amanda Toubés, directora de la colección La enciclopedia del mundo joven y Ricardo Figueira, director de colecciones del CEAL y autor de las fotografías de aquel 26 de junio de 1978. En 2005 ambos recordaban el clima de aquellos años para un artículo que Aníbal Ford escribió en la revista Lezama: Toubés relata que ”’en ese momento nuestra mente estaba todavía en el asesinato de Daniel Luaces, en su escritorio vacío. Tantos otros llantos, tantas cosas de las que nos íbamos enterando día a día... que tal vez lo vivimos sólo con una gran tristeza pero también como parte de nuestra cotidianeidad’. Algo de esto retoma Ricardo Figueira, que casi minimiza el hecho. ‘Lo que era vivir cotidianamente, día a día, con el culo a cuatro manos y dando varias vueltas a la casa antes de entrar’”. Para Ford “esa hoguera de libros argentinos provocó un vacío, un hueco, en la transmisión y en la construcción cultural que todavía no ha sido reparado”.
Otro de los editores perseguidos fue Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor, quien junto a su mujer Kuki Miler fue detenido a disposición del Poder Ejecutivo durante 127 días. Primero fue la censura del libro infantil Cinco dedos. Luego, ya en la cárcel, se enteró de la prohibición de Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Divinsky hoy recuerda que trabajar en esa época “era como caminar por la cuerda floja. La prohibición a De la Flor pretendió ser, de alguna manera, una medida ejemplificadora porque se trataba de una editorial independiente. Cuando pasó todo y volvimos del exilio cada día que llegaba a la oficina daba una vuelta a la manzana para ver si había algún patrullero.”
- ¿La sociedad era conciente de lo que pasaba?
- No se puede hablar de la sociedad como una unidad ni sacar un promedio estadístico. Los sectores esclarecidos estaban enterados, los más ingenuos lo hicieron de a poco y a los acuciados por necesidades más urgentes el tema les resultaba indiferente, reflexiona Divinsky.
Desde finales de los sesenta Siglo XXI fue una de las casas editoriales más influyentes en el pensamiento latinoamericano. Con casas en España y México, la sede de Buenos Aires tenía una enorme influencia. Editaba Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano; todos los libros del pedagogo Paulo Freire, entre otros. El 2 de abril de 1976 un grupo de tareas allanó las oficinas de Perú 952 y secuestró al jefe de correctores Jorge Tula y al gerente de ventas Alberto Díaz. El sello fue clausurado y vuelto a abrir hasta que la casa matriz decidió levantar la sede porteña. “Pasado un mes devolvieron la editorial. Robaron todo lo que quisieron. Desde el registro de accionistas hasta adornos, pasando por dinero, máquinas de escribir, ceniceros. El encargado de devolver la editorial fue el mayor del Iº Cuerpo de Ejército”, escribió quien fue su gerente administrativo, Norberto Pérez, veinte años después en Página/12. Pasaron treinta años de aquel hecho y hoy Alberto Díaz es director editorial del grupo Planeta. “Era muy jodido y triste trabajar en ese ambiente en el que desaparecían correctores, traductores y amigos. Otros se exiliaban o se iban al Interior, o eran detenidos. Pero seguíamos trabajando. ¿Por qué? Es algo inexplicable porque el golpe se veía venir pero estabas como anestesiado. Yo estuve desaparecido un mes y pico y cuando me largan ya me habían cesanteado de la Universidad y volví a Siglo XXI. Me tenía que ganar la vida y no se me ocurría irme. Después de un segundo aviso partí rumbo a Colombia el 24 de agosto del ‘76.
-¿Qué sentimiento le produce este recuerdo?
- Es como si estuviera contando un libro de historia. Ya no recuerdo como era mi rostro, pero sí de la cara del poeta Miguel Angel Bustos. Lo tengo congelado con un rostro joven. Ya no me acompañan las imágenes de la detención porque sabes que muchos de los detenidos nunca volvieron, entonces tenes una especie de culpa del sobreviviente.

Ceremonias privadas
También hubo otras quemas de libros que hicieron las víctimas de la represión. No era necesario ser militante ni pertenecer a una organización política. El hecho de tener libros considerados “subversivos” o “inmorales” era peligroso. “La destrucción, el ocultamiento y el enterramiento de libros desde 1974 hizo que las bibliotecas se vayan despoblando. Otro fenómeno que desapareció fue la lectura en los medios públicos de transporte porque el libro te hacía caer bajo sospecha, sos distinto al resto de la sociedad que no lo tiene”, reflexiona Alberto Díaz, quien incineró algunos libros del Ché como Guerra de Guerrillas, periódicos del PRT-La Verdad (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y revistas como Crisis y Militancia.
Otro ejemplo de cómo se vivía el día a día durante el Proceso lo señala el periodista Héctor Corti: “Era el año 1977 y hacía poco había desaparecido una amiga y un primo tuvo que salir del país por la represión. A mi me habían dado la baja del servicio militar y una noche hubo un operativo en mi barrio, Aldo Bonzo, del Gran Buenos Aires. Efectivos del Regimiento IIIº de La Tablada rodearon la manzana de mi casa. Ordenaron a los vecinos que cerraran las ventanas y poco después se fueron. ‘Fue un ejercicio’ explicaron más tarde, pero en ese momento decidí quemar la colección de Eudeba sobre Allende, Cámpora, Velasco Alvarado y Torrijos junto a ejemplares de la Biblioteca Marxista y la revista El Descamisado (que editaba Montoneros, la izquierda peronista). Tenía todo escondido en un baúl. Una mañana prendí el fuego y terminaron cenizas. En medio de la bronca y el dolor, respiré tranquilo”.
La escritora Ana María Shua regresa a los días de marzo del 76: “Mi marido y yo no militábamos, pero éramos de izquierda y muchos de nuestros amigos y conocidos desaparecían o se escapaban del país o pasaban a la clandestinidad. Sabíamos que había libros “peligrosos”: todo lo que tuviera marxismo o la idea de la revolución social. Pero además tenía muchos libros que había traído de Cuba en el ‘74. ¿Por dónde empezar? Empezamos por un libro de Vo Nguyen Giap, sobre la Guerra de Vietnam. El intento, en la pileta de la cocina, fue un triste fracaso. No es tan fácil quemar un libro en un departamento de tres ambientes. Decidimos que si entraba un grupo de tareas, daba lo mismo que hubiera este libro o aquel: lo peligroso, lo que nos denunciaba como enemigos era tener una bibliotecas. Y abandonamos la idea de quemar libros. Alicia Duvjovne Ortiz en su libro Las perlas rojas recuerda las fogatas que se encendían en esa época en las azoteas, en los patiecitos. Teníamos miedo, mucho miedo.”
-¿Hubo un plan para desmantelar la cultura?
- Sí, hubo un plan más o menos organizado y sin duda una elite civil asesoraba a los militares. No hay que dejarse engañar por cientas prohibiciones aparentemente disparatadas o risibles: la censura actuó en forma eficiente y económica, como lo señaló el poeta y periodista Jorge Aulicino: “la censura fue un correlato de la guerra sucia. Fundada, desde luego, en una visión del mundo, no se equivocó al medir con excesiva puntillosidad la obscenidad de un texto o su poder disolvente. No importaba equivocarse con una obra o dos. Lo importante era convertir el hecho de escribir o pintar o filmar en un terreno peligroso. La censura también fue terrorismo de Estado”, asegura la escritora.
Hernán Invernizzi coincide con Shua que hubo un plan sistemático y agrega que “eso no significa que se trataba sólo de un plan de destrucción. Era un proyecto de control, censura y producción de cultura tanto en la educación como en la cultura y la comunicación. Es un error creer que los militares son todos brutos. Un error grave. Se trata de una imagen que ellos mismos alimentaron para que no se tuviera en cuenta su capacidad de producción técnica, cultural y científica con la cual, naturalmente, uno no coincide. Pero una cosa es no coincidir y otra negar la capacidad del otro. Los intelectuales civiles fueron una parta activa e importante de la dictadura, fueron socios en un mismo proyecto.”

Marcelo Massarino
Periodista.

Foto: Gentileza de Ricardo Figueira
Una versión reducida está publicada en Revista Sudestada, edición nº 46, marzo 2006.

27 dic 2005

El cierre de la 5ta. Edición de Crónica terminó con un clásico de Buenos Aires. ¡DEGENERADOS! ¡MUTILARON Y ASESINARON A VESPERTINO!


Se cuenta que uno de los fotógrafos de su diario llega muy retrasado a cubrir su horario. Al ver su rostro apesadumbrado, él le pregunta:
-¿Qué te pasó, viejo: llegaste casi dos horas tarde..?
-Mirá, acompañaba a mi madre al hospital, cruzamos un paso a nivel, me distraje y un tren que pasaba la atropelló, la destrozó, la mató.
-¡No me digas! Te acompaño en el sentimiento. Y bueno, dejá la foto del accidente para que la revelen, ordená que vaya en primera página y tomate franco hasta mañana.
(Revista Extra, 1967, de un perfil de Héctor Ricardo García)

Cuánto de fantasía y cuánto de realidad hay tras la figura del empresario periodístico Héctor Ricardo García, el creador del diario Crónica, será definido por quienes estudien la historia de los medios de comunicación en la Argentina. Si es por lo que los diarios y las revistas publican sobre El Gallego, sería un personaje más parecido a Superman que a Clark Kent, un periodista a quien “se confunde con un hombre de negocios” que ni siquiera toma nota de sus cuentas en una libreta de almacenero.
En el edificio del diario que inventó, en la esquina de Azopardo y la avenida Garay, una banda de patovicas golpeó a los trabajadores que estaban en asamblea el pasado mes de noviembre. Dos de ellos llevaron la peor parte: Ricardo Fioravanti y Pablo Pereyra fueron hospitalizados con graves lesiones. Tras el repudio generalizado y la denuncia del gremio de prensa -por la actuación de este “grupo de tareas” y los 72 despidos por el cierre de la edición vespertina- está la historia de un vaciamiento que contó con la complicidad de los poderes de turno y una novela amarilla y sensacionalista que instaló a Héctor Ricardo García como un “self-made man”, el hombre que comenzó como ordenanza y construyó un emporio periodístico que se desmorona.
Crónica nació como un vespertino heredero de la vieja Crítica, el diario de los Botana. Apareció un 29 de julio de 1963 con una quinta edición que buscó a los codazos un lugar entre La Razón, Noticias Gráficas, Correo de la Tarde, El Siglo y los despojos de la mencionada Crítica. García buscaba captar una porción del mercado que tenía cautiva con la revista Así, una publicación de corte popular que llegó a vender un millón y medio de ejemplares con sus tres ediciones semanales. La prensa gráfica estaba anquilosada y García le dio una impronta diferente: privilegió las noticias nacionales sobre las internacionales; el deporte y los policiales tuvieron un lugar en la primera plana, como también la política y los espectáculos. Un comienzo flojo que fue ocultado por el distribuidor que creía en el proyecto, tuvo un primer despegue cuando la intuición del Gallego privilegió la información del Caso Penjerek, una joven judía asesinada en Buenos Aires que elevó la venta a cincuenta mil ejemplares. Luego, un reportaje al ex presidente Juan Domingo Perón que apareció en pijama leyendo Crónica y el despegue definitivo con un concurso que organizaba Pepsi-Cola, empresa que publicitó el evento en todos los medios, salvo Crónica. García se tomó revancha y publicó “las respuestas del certamen refrescante que usted busca” y que obligó a una sexta edición donde apenas cambiaba los títulos.
Entre los cincuenta y un periodistas de la primera redacción estaban Joaquín Gianuzzi, Hugo Gambini y Julio Cesar Marini, entre otros. La Editorial Sarmiento crecía y la influencia de García era cada vez mayor, como su perfil de “empresario exitoso”, un imaginario que la revista Extra describía así: “1952, su sueldo: 4500 pesos. 1967, su capital: 4 millones de pesos.” No tenía límites: en agosto de 1965 editó Ultima Hora para competir consigo mismo y un mes después compró Radio Colonia, de Uruguay, la recordada emisora que se asocia a la voz y el estilo inconfundible de Ariel Delgado. Por esos días incursionó en la televisión a través de Canal 9, hasta que en 1970 compró el paquete accionario del Canal 11. Es decir que fue el primer empresario argentino con un multimedios. Aquel reportero gráfico inquieto que fundó Así es Boca junto a Manuel Giménez, Mario Ruzza y el pianista de tango Francisco Rotundo se convirtió en un poderoso hombre de negocios que vivía en Barrio Norte, conducía un Mercedez Benz 300 y tenía un avión privado. Dueño de un pensamiento pragmático y oportunista, estuvo dos veces en las Islas Malvinas, una junto a Dardo Cabo en 1966 durante el Operativo Condor y dos años después ya con un avión propio. “Qué vamos a seguir esperando para recuperarlas? ¿De qué sirvieron 150 años de discusiones y reclamos? Hay que invadirlas y listo”, afirmaba a mediados de los setenta. El tiempo pasó y los negocios crecieron: era dueño de las principales salas teatrales porteñas como el Astros, hasta que en la década del ochenta probó suerte con Canal 2 “un chiste que me salió doce millones de pesos”. También navegó por las tormentosas aguas de las disputas políticas con los gobiernos de turno, dictaduras militares o presidentes democráticos que le valieron cuatro clausuras de Crónica. Los productos de la Editorial Sarmiento generaban importantes beneficios que ascendían, en 1993, a casi doce millones de pesos mensuales, que en su mayor parte trasladó para la última gran creación de García, el canal de cable Crónica TV que nació en 1994.
En un reportaje que le hizo Jorge Fontevecchia en marzo pasado admitió que hacía siete años que no iba a la redacción porque estaba dedicado a la televisión, y adjudicó la crisis del diario a que “tiene un vagón de gente” y porque su yerno “me hizo unos quilombos en la empresa: echó gente por su cuenta, me puso jefe de compras, amigos de jugar al tenis que nunca habían visto un diario”, al tiempo que no asume ninguna responsabilidad: “Yo nunca administré una empresa mía. Nunca. Nunca firmé un cheque. Nunca hice un contrato. Nada”. El dueño de Editorial Perfil escribió que la deuda concursal y posconcursal “sería de alrededor de 65 millones de pesos, un tercio de los cuales serían deuda con la AFIP” (Administración Federal de Ingresos Públicos). Por esa causa el 27 de agosto de 2005 el juez en lo Penal Económico Jorge Brugo ordenó su captura por una deuda con el fisco de 14 millones de pesos en concepto de Impuesto al Valor Agregado y a las Ganancias. La evasión se habría llevado a cabo a través de dos empresas, Rop Pic SA y Servint SA. Aunque García está procesado por evasión impositiva, las entidades patronales ADEPA (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas) y la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) se preocuparon por su situación de prisión domiciliaria, pero meses más tarde cuando dos periodistas fueron salvajemente golpeados en en edificio de la editorial no emitieron ninguna declaración.
Daniel Das Neves, secretario general de la UTPBA (Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires) explica que “el diario fue la base de operaciones que permitió potenciar a Crónica TV para ser la prioridad. Los conflictos son de hace tiempo, cuando en 2001 cayó la Gendarmería y echaron a muchos compañeros. Hay un empresario que durante mucho tiempo hizo negocios fenomenales, en algún momento tuvo dificultades o privilegió otros negocios, es decir que hubo una política para dejar caer al diario”. Das Neves pregunta por la actual situación de crisis: “¿quién se hace responsable, la víctima de esa política o el empresario? Ahora algunos quieren que nos comamos el verso que hay un genio del periodismo que no supo administrar un diario, pero cuando la levantaba en pala estaba estaba ahí. Cuando se quiere, García es un mito periodístico y un hombre exitoso en los negocios. Bueno, hacete cargo de las dos cosas. Lo del mito no lo quiero discutir, lo segundo se está yendo a la mierda”, resume con crudeza. Andrea Salmini, integrante de la Comisión Gremial Interna del matutino denuncia que “hubo un grado de complicidad con los gobiernos de turno porque ni siquiera presentaban las declaraciones juradas impositivas y hoy pretenden descargar la crisis sobre nosotros, cuando está documentado que hubo vaciamiento desde 1998”.
Hoy el diario que está “firme junto al pueblo” tiene sólo una edición, los periodistas no tienen sillas donde sentarse para trabajar mientras la empresa tendría nuevos administradores vinculados a la AFJP Forjar Salud, nombre de fantasía de la obra social de la Unión Obrera Metalúrgica, aunque este gremio deslinda todo tipo de vinculación con esta gestión y con las agresiones, que, curiosamente, no fueron repudiadas por Hugo Moyano, secretario general de la Confederación General del Trabajo. Mientras tanto los setenta y dos trabajadores despedidos con el cierre de la edición vespertina fueron reincorporados, aunque está pendiente el pedido de la UTPBA al Gobierno Nacional para que informe sobre quiénes son los verdaderos dueños de Crónica. La primicia ¿tendrá su placa roja de ¡¡¡Último Momento!!!?

Marcelo Massarino
Foto: Revista Extra (1967)

Publicado en Revista Sudestada, edición nº45.
Diciembre de 2005.

26 dic 2005

La novela de la vida


Hubo en Buenos Aires una narradora que con su propia vida construyó su obra. Desconocida para el gran público, Nira Etchenique se destacó en un género que perturba a más de un escritor: cuando la historia es uno mismo.

En la ciudad de Buenos Aires hubo una llamada Generación del ’60: poetas, escritores, letristas del tango y músicos que, recién hoy -cuarenta y cinco años después- es reinvidicada porque impuso en la cultura un tinte costumbrista, hasta ese momento patrimonio de los tangueros. En muchos casos se quiere limitar la influencia de esta Generación al ámbito político por su compromiso en aquellos días turbulentos con más autoritarismo que democracia. Tiempos de una efervescente situación internacional que movilizaba a la juventud. El propio Juan Gelman señala que reducirla a la poesía política es un “malentendido”, porque sus integrantes tenían “un desenfado que ayudó a que los poetas se liberaran de determinados moldes”. Como dice Carlos Patiño, una Generación que “escribía ‘como sentía’ de los temas que ‘sentía’, de la forma que ‘sentía’ y esto la galvaniza y legitima”. La lista de nombres incluye a Alejandra Pizarnik, el propio Gelman, Roberto Santoro, Olga Orozco, César Fernández Moreno y Lubrano Zas, entre otros, junto al movimiento de la Nueva Canción con Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana. Todos bebían de las mismas fuentes: Nicolás Olivari, Macedonio Fernández, Mario Jorge de Lellis, Raúl González Tuñón, Luis Luchi, Humberto Costantini y los poetas del tango Evaristo Carriego, Cátulo Castillo, Julián Centeya, Homero Manzi y Nicolás Olivari. Eran los días del Instituto Di Tella y de las revistas literarias el Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro y Hoy en la Cultura. En ese contexto, una mujer es considerada una de las mejores voces de aquella Generación: Nira Etchenique, valorada por sus colegas, aunque careció del reconocimiento popular. Escritora de ensayos, cuentos y novelas, también compuso letras de tango y ejerció el periodismo en diversas redacciones, como Aquí Nosotras y La Semana. Más tarde, forzada por la situación política, se refugió en los trabajos de corrección para editoriales.
Su nombre real fue Cilzanira Edith Etchenique y nació en el barrio de Flores un 26 de marzo de 1926. Tuvo cuatro hijos: Pablo, Claudio y Gabriela, junto a Montague Adelfang; luego a Sandra con Mario Jorge de Lellis. Falleció en el atardecer del sábado 6 de agosto de este año en su departamento del barrio de Congreso. Un artículo del historiador Roberto Selles, unas líneas en Clarín y un despacho de agencia dieron cuenta de su muerte víctima de cáncer. Poco antes recibió un homenaje por parte de la Secretaría de Educación del Gobierno porteño, que publicó una breve antología para distribuir entre estudiantes secundarios. Queda aún una novela inédita que su amiga, Lucía Laragione, está empeñada en publicar.
La Vasca Etchenique dejó una obra que si bien no es numerosa, alcanzó para que escritores como Andrés Rivera, Ricardo Piglia, Ana María Shua y Griselda Gambaro la consideraran una de las mejores escritoras contemporáneas, en especial por la ductilidad con que trabajó el género autobiográfico. Desde 1952 cuando publicó el libro de poemas Mi canto caído, su producción literaria incluye casi mil cuentos en revistas femeninas como Vosotras, algunos de los cuales firmó con seudónimo para eludir la censura de los militares que la condenaban por su compromiso político y sindical. La lista continúa con Esta tierra puesta en soledad; Horario corrido y sábado inglés, Faja de honor de la SADE; los ensayos Alfonsina Storni y Roberto Arlt; Diez y punto; Sur; Ultimo oficio; Tempestad es la palabra; las novelas Persona, premio Fundación Dupuytren, y Judith querida; Vox Populi, el cuento que da título al libro ganó el premio Ciudad de Barañain, Navarra, España, y la señalada antología de mayo de 2005 para estudiantes porteños.
En los años sesenta Nira frecuentaba los ámbitos culturales y la calle Corrientes era el lugar donde la bohemia porteña gestaba una explosión añorada aún hoy por algunos de sus protagonistas, pero desconocida para los jóvenes del siglo XXI que transitan esas mismas veredas y frecuentan los mismos bares. “Luchabamos y disfrutábamos de la vida. Eramos capaces de pelearnos por un poema, por una idea y amigarnos con un vaso de vino en una cantina”, recordaba. La ruptura de su pareja con Mario Jorge de Lellis inspiró Diez y Punto, una serie de poemas sobre “una historia de amor que, al mismo tiempo, es una despedida que sólo pudo haber sucedido en aquel Buenos Aires. Fueron escritos para alguien a quien amaba”, recordó en abril de este año durante un homenaje en La Manzana de las Luces. “Pregunto por la muerte y me pregunto/ por dónde te quitaron de mi sangre,/ quién fue, quién quiso, quién estuvo,/ comiéndote el amor con dientes grandes./ Ahora ya me callo, es el crepúsculo./ El sol se agarra a dios como a un ahogado”, escribió en el final de una relación con un De Lellis gravemente enfermo, quien murió un año después, el 14 de noviembre de 1966. En esas poesías y más allá de los personajes nunca mencionados pero reconocidos por todos, tenemos una pintura de la época, de sus valores y la presencia del tango como melancolía, el bar, el dolor y la rebelión que brota en cada verso: “No concedo perdón, quiero venganza./ Este libro es verdugo de mi misma./ Diez poemas de amor y de castigo/ y un suicido común que aquí nos mata”.
Con los textos de Diez y Punto grabó un disco musicalizado con el bandoneón de Rodolfo Mederos y producción de Manuel Matus. También participó de dos espectáculos donde mezclaba literatura y música: Como con bronca y junando, en 1968, con la participación de Nelly Prince, Mabel Manzotti y Carlos Barral y, en 1971, Tiempo de tango y tempestad, con la dirección de Marcela Sola. Amiga de Cátulo Castillo y Julián Centeya escribió los tangos De charco y jazmín, junto a Héctor Stamponi; Réquiem para Discépolo; De mi barrio, Flores; Chau viejo y Fue la ciudad, todos con Sebastián Britos, y Nelly de barrio, con Roberto Selles y Alfredo Lescano. Selles, historiador y miembro de la Academia del Tango, opina que “la poesía de Nira era de avanzada para el gusto popular, como sucedió con Horacio Ferrer y Juan Carlos La Madrid. Ahora, a la distancia, se puede entender mucho más”. Sus letras fueron cantados por Rosita Quintana, Fernanda Rusek, Alberto Vega y Daniel Loustau, entre otros.
La impronta autobiográfica que Nira Etchenique incorporó a su obra fue esencial. Ricardo Piglia la consideró “una escritora secreta y sutil”. Ante la aparición de Judith querida (Corregidor), señaló que “ha escrito otra novela admirable en la que vuelve a imaginar y a recordar su experiencia y su vida”, un libro que “está destinado a convertirse en un clásico –a la vez irónico y sentimental- de nuestra riquísima tradición autobiográfica”. Para Andrés Rivera se trata de una obra “de excepción. Conforta al lector y lo envuelve en una ternura como pocas veces encontré en la literatura”.
La novela Persona, que editó Sudamericana, está inspirada en la vida de su padre Ricardo. Nira recordaba que “una lectora sensible me llamó un día y me dijo ‘lloré mucho cuando leí tu libro’. Y yo le respondí ‘¿y vos qué crees que hice mientras lo escribía?’”. Decía que “la tristeza es un lugar de inspiración, un sentimiento creativo que no tiene nada que ver con la depresión ni con bajar los brazos, porque es un sentimiento que nos hace observar la realidad con una especie de receptividad que solamente la ‘carne viva’ puede recibir”. Profundizó la veta autobiográfica en Judith querida, una historia que tiene como eje su relación con una amiga, los recuerdos de su papá y su hermano y de sus esposos. También las imágenes de sus hijos: la muerte de Gabriela -la tercera- quien le dejó dos nietos a quienes crió y la obligada salida de la Argentina de Sandra, “quien ya sin padre –a los diecisiete años- partiría a un exilio definitivo perseguida por la sombra asesinada de sus compañeros de escuela, y sintiendo en los talones aquellos feroces tarascones con que la dictadura insistió hasta el momento mismo en que sus pies subían por la escalerilla de un avión melancólico y borroso”. También pone en palabras cómo su hija menor se enteró de la muerte de su padre: “En ese departamento escribí Ultimo oficio, a los cuarenta años, seis meses después de que Mario de Lellis muriera y yo, que era para ciertas cosas tan cobarde como hoy, comencé a mandarle cartas a Sandra firmándolas como papá, cartas que Gabriela le leía y en las que él le contaba sus viajes por mares azules entre vientos de esos que asustarían a nenas como ella. Entonces, yo escribía los versos de Ultimo oficio, y la hija de Mario se quedó paradita junto a mi escritorio y me miró llamándome con la mirada. Le bajaban por la cara unas lágrimas demasiado grandes para un cuerpo tan pequeño. Me dijo mi papá murió. No me lo preguntó, me lo dijo como si yo no lo supiera. Caía el domingo, estábamos solas, y desde el jardín venía una luz de verano agonizante. No llorés, suspiré. Y Sandra de Lellis, de la que siempre supimos que era maga, respondió: no soy yo la que llora, son mis ojos. En un perfecto endecasílabo. El mismo que remató definitivamente el más bello poema de mi libro.”
Siendo una joven militante del Partido Comunista pasó por el Asilo San Miguel “alojamiento exclusivo de prostitutas, al que Perón arrojaba a las intrépidas universitarias que nos inmolábamos en manifestaciones y pegatinas, cuando todo el estudiantado reaccionó ofendido como un pequeñoburgués toqueteado en las nalgas a la astutísima consigna de alpargatas sí libros no”, escribió en uno de sus libros. En 1962 viajó a Cuba junto a un grupo de intelectuales argentinos y en 1971 se integró al frente de intelectuales del Partido Socialista de los Trabajadores, que fundaron Nahuel Moreno y Carlos Coral, y fue editora responsable de La Yesca, una publicación financiada por el PST, agrupación que abandonó en 1978.
Cuando tenía 16 años entró al Instituto Pablo Pizurno, que estaba en la esquina de Bolivia y Gaona, para aprender taquigrafía. Allí conoció a su director, Atilio Ramaglia, y a sus profesores, quienes “vivian en la marginalidad intelectual a contramano de todo, con una honestidad fuera de uso y un idealismo que no servía para comprar comida. Tenían una pasión por el conocimiento que era como un incendio. Uno me llevó a ver Iván, el terrible; un vasco me enseñó canciones republicanas y hasta me convenció que Franco había matado a los indios ranqueles, mientras que otro me daba lecciones de francés. Y todos me hablaron de la justicia, de la libertad, del socialismo, de la poesía y del amor”.
En 1980 partió rumbo a Brasil junto a su pareja Horacio Paolo, a quien le faltaban unas materias para recibirse de médico. Vivió en Resende y otros pueblos del estado de Río de Janeiro. De aquella experiencia que terminó en 1988 surgió el cuento Vox Populi, “mi mejor obra”, donde el doctor que aparece en la ficción está inspirado en el propio Paolo. La escritora Ana María Shua expresó respecto de este último relato: “lo leí con placer, con admiración y con asombro. Y me pregunto ¿por qué ese libro extraordinario no había logrando la difusión que merecía? ¿Dónde estaban las críticas, los comentarios que debieron celebrarlo?”. Shua considera que la cuentística de Etchenique la emparenta con Juan Carlos Onetti y Andrés Rivera por la profundidad y el desagarro con que enfrenta la condición humana. Pero lejos del juego de repeticiones, su prosa tiene una música propia, única, personal, digna de la gran poeta que fue.”
A pedido de la familia utilizó su máquina de escribir para grabar el sonido de las teclas que quedó registrado, junto a su voz, en una producción multimedia de Diez y Punto que editó Baires Popular, gracias al trabajo de Amilcar Romero, quien en la despedida final escribió sobre Nira: “Ya gozó de la suficiente cuota de marginación y silencio. La sociedad argentina se tendría que dar por enterada y ponerse de luto por tener que dar de baja a una gran intelectual y a una ciudadana sin par, sin obra social, sin jubilación y premiada con trabajo en negro de toda laya.”
Vivió la vida con la pasión que le impuso una Generación que “peleaba y resistía contra casi todo”. También con una sensibilidad que le permitía atrapar recuerdos y convertirlos en palabras cálidas y emotivas aun en los momentos más difíciles. Pocos meses antes del final, en pleno combate contra el cáncer, contó que a pesar de todo era la misma de siempre: “yo no cambié nada, todavía en los crepúsculos de los domingos, suelo llorar.”

Marcelo Massarino

Publicado en Revista Sudestada, edicion nº44, noviembre de 2005.

25 dic 2005

Nira y el patio de la infancia


Por Griselda Gambaro*
No conocí personalmente a Nira Etchenique, aunque algunas veces nos hablamos por teléfono. La última vez me llamó ella para agradecerme un comentario que yo había formulado en una nota sobre Judith Querida, comparando lo imposible que había sido para mí usar la primera persona en El mar que nos trajo, una historia autobiográfica, cuando ella lo había hecho con tanta justeza en esa novela, y antes en Persona, del `79, donde el personaje del padre la obligó, como dijo, “a inclinarse sobre el patio de la infancia”. Pero un patio nunca habitado por la presencia inoportuna o excesiva del “yo”, la autoreferencia banal, patio abierto a su experiencia de vida y a la circunstancia de la época con una actitud y un manejo del lenguaje que nos lleva a compartirla.
Nira Etchenique tenía una voz sensible, una escritura sin estridencias. Quizás por eso no alcanzó el mal entendido de la popularidad, lo que llamamos una masa considerable de lectores. Autora de pocos libros, el último Vox Populi, un magnifico volumen de cuentos donde recorría otros temas, otros lugares. No necesito más, sin embargo, para imponerse en el camino secreto de la literatura como una de sus voces más valiosas.
* Dramaturga y escritora argentina.
Publicado en Revista Sudestada, edición nº 44, Buenos Aires, Argentina.

24 dic 2005

Fue la ciudad


La noche, puro adiós, la soledad,
la ruina de un amor que se perdió,
un frío que hace mal,
un llanto que acabó
y la sonrisa idiota del alcohol.
Aquí tu voz, tu voz que ya no está,
¿por qué, por qué tu nombre terminó?,
y la brutal condena de saber,
que entre mis manos se hace gris,
la gota de café que derramó
tu mano cuando quiso acariciar,
la forma ya gastada de mi amor.

Fue la ciudad, fue la ciudad,
que devoró con dientes, lengua, piel,
tu corazón, mi corazón.
En este Buenos Aires que nos dio
el hambre y el dolor,
no hay sitio para amar,
no hay un rincón con luz,
basura, polvo, verso, todo está,
muriendo sin llorar,
pudriendo su rencor.
Fue la ciudad,
mira, cree, sabe
¡Fue la ciudad!


Letra de Nira Etchenique y música de Sebastián Britos.

10 dic 2005

Noche de tango


El tango como género popular lucha por volver a ocupar su espacio. Uno de esos lugares se encuentra en Almagro. El cantante, el guitarrista y el público hacen el espectáculo.

Ya es madrugada. El boliche de Roberto está repleto. Las seis mesas y el mostrador están ocupados por decenas de jóvenes y algún viejo parroquiano trasnochado que aún no se enteró que él y su ginebra con soda son los extraños en esa fauna de muchachos rockeros con piercing, que prefieren el Michel Torino tinto de 5 pesos. A las dos de la madrugada, aunque el humo es espeso y cueste respirar, desde el fondo del bar aparecen los cantores Osvaldo y Agustín para ocupar el lugar de siempre donde arremeten con la cátedra tanguera y el decálogo del bar que es Cafetín de Buenos Aires: “De chiquilín te miraba de afuera/ como esas cosas que nunca se alcanzan...” A esta altura de la noche el alumnado está inquieto y con varias copas encima. "Cantar acá es todo un laburo, lo hacemos sin micrófono, con mucho 'pucho' en el aire. A veces los jóvenes se ponen a conversar, están entretenidos y el murmullo perjudica un poco pero siempre nos la rebuscamos", aseguran.
El cantor, Osvaldo Peredo -camisa fucsia, chaleco negro y vaso con caña- sostiene la nota con la experiencia que solo tiene un cantor de boliche. La mano derecha extendida corta la humareda del ambiente y pareciera decir a quienes todavía están en otra: "¡Viejo, acá estoy !". Como si estuviera en otra cosa Agustín Ortega impone respeto con su guitarra que sostiene sobre la pierna derecha elevada por un cajón de cerveza. Poco a poco el tango se adueña de la atmósfera y el dúo acapara la atención de todos. El público, en su mayoría jóvenes, poco y nada tiene que ver con los bolicheros de ayer. "De aquellos años al presente el boliche cambió mucho. Antes venía gente mayor, nos presentábamos más temprano. En cambio, ahora estos muchachos van marcando la hora, el momento justo para que nos presentemos", explica el Ortega.
Hace casi diez años que Osvaldo y Agustín recrean en sus tangos el Almagro guapo y pendenciero que todavía es leyenda en el imaginario popular. "Yo llegué al bar acompañando a un fueye y resulta que un día se fue al barrio de La Boca con otros músicos. En ese tiempo Osvaldo cantaba con Roberto Medina, el hijo del autor de Pucherito de gallina, Bronca y otros tangos. Entonces me decidí a juntarme con ellos y comenzamos a tocar juntos los fines de semana", recuerda Agustín. "Y el primer tango que cantamos fue Como dos extraños, el mismo que nos piden todas las noches", comenta con emoción Peredo: “Y ahora que estoy frente a ti/ parecemos, ya ves, dos extraños.../ Lección que por fin aprendí:/ ¡como cambian las cosas los años!/ Angustia de saber muertas ya/ la ilusión y la fe... /Perdón si me ves lagrimear/¡Los recuerdos me han hecho mal!”
Los dos llegaron al tango por caminos diferentes. Osvaldo Peredo, 73 años, de Boedo, de joven estudió canto e integró una orquesta del barrio: "Hacíamos un estilo muy parecido al de (Osvaldo) Pugliese y cantaba casi todo su repertorio como por ejemplo Ventanita de arrabal, La podrida, La vieja serenata y Puente Alsina. En esa época el fútbol y el tango eran mis dos pasiones. Después de jugar en la tercera de San Lorenzo, en 1953 viajé a Colombia, pero fue debut y despedida porque jugué un solo partido en el Sporting de Barranquilla. Ahí me largué a cantar. Anduve por Bogotá, Cali y Manizales, también por Caracas donde canté boleros para la televisión venezolana. Volví a Buenos Aires en el año '60 y anduve remando de un lado para el otro: estuve en El rincón de los artistas junto a los mejores de la época como Alberto Morán y Roberto Goyeneche. Así anduve tirando". Por otro lado, Agustín Ortega, cordobés, de 53 años, cuenta su origen humilde y los recuerdos de la infancia: "Nos juntábamos con mi madre para escuchar el Glostora Tango Club por Radio El Mundo. Yo nunca estudié música ni nada. Soy un luchador que vengo de muy abajo. Tal es así que vivo en la villa Ciudad Oculta, en Mataderos. Fui lustrabotas y foguista de calderas. Cuando hace 10 años me echaron y me quedé sin trabajo tenía que hacer algo para darle de comer a mis pibes. Me daba mañas con la guitarra y el tango me hizo una seña pero ¡ojo! que también fue por hambre". Agustín es una de las tantas víctimas del desempleo que produjo la ola privatizadora de los `90. Cuando muchos eligieron la alternativa del remis o el maxiquiosco, él optó por "pucherear" con la música y gozar hoy de un prestigio underground que le permite vivir con dignidad. Después de cada actuación, mientras Osvaldo recita, Agustín recorre las mesas y pasa la gorra.
Aunque de orígenes dispares a ambos los une la admiración por Carlos Gardel, El Marciano, como les gusta llamar al Zorzal Criollo. Así como El Mudo le cantó a Leguisamo, Agustín define con una metáfora burrera por qué aún es el más grande: "Cada año que pasa Gardel saca más vueltas. Antes ganaba por un circuito y ahora lo hace por tres o más. Uno lo escucha y se da cuenta que es un extraterrestre. De todas formas hay humanos que tienen lo suyo como Aníbal Troilo, el maestro Pugliese, Miguel Calo y Carlos Di Sarli entre otros".
Tanto Osvaldo como Agustín nunca formaron parte del llamado Tango For Export ni de la trouppe de Grandes Valores del Tango pero, vaya paradoja, hoy son una atracción para los turistas que visitan el barrio de Almagro y son referentes para los jóvenes tangueros.
El bar 12 de Octubre o Lo de Roberto ubicado en la calle Bulnes al 300, es un pedazo de la Ciudad de Buenos Aires detenido en el tiempo que tiene más de cien años de vida. Desde la fachada del lugar nos recibe la sonrisa de Carlos Gardel y la leyenda "Despacho de bebidas". Detrás del mostrador Roberto Pérez y su hijo Esteban atienden al público que se acoda en la barra de madera, mientras tanto, desde unos parlantes enfrentados suenan Willy Crook y alguna que otra formación tanguera del momento. Completan la escena una vieja heladera, botellas de licor Clinton y cognac Tres Plumas cubiertas de un polvillo de años, un retrato de Domingo Faustino Sarmiento, poemas de un ignoto Daniel Garibaldi, un mapa de la "Esperanza Argentina", un cartel de "Prohibido escupir en el piso" y el toque de modernidad que le da una pequeña biblioteca.
Muchos creían que el tango estaba muerto, pero con la llegada del nuevo milenio resurgió de la mano de las nuevas tendencias, que lo tomaron como propio y tratan de reformularlo desde lo instrumental, aunque su mística permanece intacta con personajes como Osvaldo y Agustín. Ellos vivieron las idas y vueltas de la canción ciudadana: "Hoy el tango volvió a ser local porque, lamentablemente, durante mucho tiempo fue extranjero. Llegabas y decías la palabra tango y te miraban con desprecio", asegura Peredo con la firmeza de quien se siente un porteño de ley y agrega: "hace unos años no veías un bandoneón por la calle y ahora ves a varios pibes con el fueye en andas. La verdad es que no sé por qué sucede, será porque el tango es difícil de contener. Los pibes a veces me sorprenden porque piden cada tango que nunca me hubiese imaginado, y si vamos a la lógica son temas que tienen cuarenta años y que jamás habrán escuchado en vivo".
El dúo Peredo-Ortega existe junto a la magia del bar 12 de Octubre, ese es el lugar en el mundo para que su música tenga sentido. Ese sentido que mezcla el arrabal, el amor, el desengaño, el barrio, la lealtad y los amigos, con el lenguaje y la expresión que los verdaderos cantores populares llevan en la sangre y se empeñan tozudamente en transmitir a las nuevas generaciones. Ellos reivindican lo más puro de los jóvenes de ayer y les juran a los pibes de hoy que “el café es lo único en la vida que se pareció a mi vieja...”

Walter Marini y Marcelo Massarino
Fotos: Florencia Gómez Bidondo

Publicado en revista Sudestada.
Año IV. Nº 30. Julio 2004.

5 dic 2005

Sed de mal


En una novela policial el autor engaña una y otra vez al lector con datos ciertos hasta develar quién es el asesino. Hay una ética del engaño que recorre el relato donde el narrador, protagonista o no de la trama, pone en claro las reglas del juego a su competidor inmediato. Con la resolución del enigma al final de la madrugada, el lector podrá saborear un cigarrillo con la satisfacción del deber cumplido y la tranquilidad que nunca caerá en la desgracia planificada por el escritor de turno. El miedo y la angustia que le hizo vivir el texto no está en la realidad de todos los días: permanecen en estado latente en un estante de la biblioteca hasta que aparezca la próxima víctima. Tranquilo, mira por la ventana sin temor porque los protagonistas de la historia están atrapados entre de dos tapas prisioneros del papel.
También hay historias de asesinos que están grabadas en la memoria del pueblo. Historias que el periodismo escribió en su primera versión y que la gente recreó desde la tradición oral, luego los escritores dieron testimonio desde los más diversos lugares: el género policial, la ficción y la “no ficción”, curiosa forma de referirse a la realidad por la negativa del simulacro: si no la nombramos sacamos el pasaporte para utilizar nombres y apellidos, lugares y fechas sin el lastre del estatuto de la verdad, para navegar por las tranquilas aguas de la verosimilitud con un discurso convincente que cambie algunas cosas para no cambiar nada. Así, aunque la víctima haya muerto de una sola bala, bien podemos vaciarle un cargador en la cabeza o describir cómo se apaga la luz de la mirada del caído en desgracia para regocijo del asesino, del lector y por qué no del autor y el editor (cuando se trata de vender nunca esta de más un bonus track de sangre y sadismo).
Hay dos personajes de la crónica policial tratados por los periodistas del diario La Opinión Osvaldo Soriano y María Moreno, en la década del setenta: Carlos Eduardo Robledo Puch, un asesino serial que entre mayo de 1971 y febrero de 1972 cometió 11 asesinatos, participó en tres violaciones y por lo menos 30 robos; y Cayetano Santos Godino, “El Petiso Orejudo”, apresado en 1912 después de asesinar a varios niños a los que ahorcaba con un piolín que usaba de cinturón o los quemaba.
La nota sobre Robledo Puch salió en el suplemento cultural del matutino que fundó Jacobo Timerman “con la reconstrucción de los hechos según todos los testimonios existentes hasta entonces”, según apuntó Soriano en su libro Artistas, locos y criminales. Distinta suerte tuvo Moreno porque cuando intentó tratar el tema del Petiso en la sección Vida Moderna del diario “en clave de investigación e historia de vida” su artículo fue rechazado por “subversivo”, recordó la escritora. Después de un segundo intento fallido en forma de libro llamado Santo llegó a la versión final de la historia con El Petiso Orejudo, un título de la colección Memoria del Crimen que editó Planeta en 1994.
“¿Qué culpa tengo yo si no puedo sujetarme?”, se preguntó Santos Godino frente al médico del hospital psiquiátrico donde estuvo internado antes de ir a prisión. “A Godino se lo convirtió en el arquetipo del loco inmigrante cuya sangre se pudre al compás de la degeneración de la especie”, escribió María Moreno en un artículo sobre la “cocina” de su obra. No sólo describe los crímenes de “El Oreja” sino que indaga en el interior del criminal, tal vez en la búsqueda de una respuesta.
“No podía dejarlo sufrir. Era mi amigo” fue frase de circunstancia que dijo Robledo Puch cuando contó el asesinato de su cómplice Héctor Somoza, a quien después le quemó la cara y las manos con un soplete para borrar las huellas. “Al matar a Somoza, Robledo se ha aniquilado a sí mismo. Unas horas más tarde, la policía lo arresta frente a su casa”, revela Soriano en el primer párrafo de su nota y da un dato revelador: la Bestia humana, la Fiera humana, el Muñeco maldito, El verdugo de los serenos, El Unisex, El gato rojo, El tuerca maldito, Carita de Angel, El Chacal, tiene sentimientos. Pero el periodista esconde aún el por qué fue descubierto. Ahí comienza la historia que concluye con un mensaje moralizador: “Robledo Puch desnuda la apetencia arribista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos del éxito: ´Un joven de 20 años no puede vivir sin plata y sin coche´, ha dicho el acusado. El tuvo lo que buscaba: dinero, autos, vértigo, para ello tuvo que matar una y otra vez, entrar en un torbellino que lo envolvió hasta devorarlo. Cuando mató al primer hombre, Robledo Puch ya se había aniquilado a sí mismo.”
Hay una seducción que ejercen estos personajes para que periodistas y escritores busquen una óptica que se aparte de la crónica amarilla y sangrienta. Ellos necesitan una buena historia con información veraz para contarla desde la literatura con la pretensión de desentrañar cómo estos hombres se inventaron a si mismos y a una “no ficción” que tuvo lugares, fechas, horas con cadáveres en la morgue y policías obsesionados por las pesquisas. El escritor sostiene el relato de la ficción desde el dato cierto para inventar un tiempo que vincule pasado y presente, un estadio donde es víctima y victimario; asesino y policía; juez y parte de un caso con final cerrado (todos sabemos como termina: los malos nunca ganan) aunque es él quien elige las palabras exactas que conducen a la solución de un enigma que se aleja de la novela policial clásica: porque la sangre es lo único que calma la sed del asesino.


Marcelo Massarino

Publicado en la revista Séptimo Día.
Año II. Nº 5. Diciembre de 2000.

3 dic 2005

"Por Perón y por la Patria". Un análisis del discurso peronista y deporte (1946-1955)

Los discursos de Juan Domingo Perón cuando ejerció la presidencia de la Argentina entre 1946 y 1955, nos permite analizar cuál fue el lugar que ocupó el deporte en la "Nueva Argentina" peronista: un país donde los deportistas debían aportar su cuota de trabajo y sacrificio por la Nación y la Patria, ofrendando la vida si era necesario, y sus marcas eran comparadas con los récords de producción que lograban los obreros en las fábricas argentinas. Por otra parte, también nos permite ubicar a la palabra de Perón en un lugar que excedía el marco institucional del cargo que ocupaba como presidente de la Nación, pues encarnaba a varios colectivos que no tenían voz.

Presentado en las Primeras Jornadas de Investigadores dedicados a los Estudios Sociales y Culturales del Deporte, organizadas por el Area Interdisciplinaria de Estudios del Deporte, SEUBE - Facultad de Filosofía y Letras (UBA), abril de 2001.

El gobierno justicialista en sus dos primeros mandatos constitucionales, ubicó al deporte en un lugar predominante de su gestión a partir de varios aspectos: incorporó a la actividad a miles de jóvenes; fomentó la creación y desarrollo de instituciones deportivas; organizó competiciones nacionales e internacionales, como los Torneos Juveniles Evita y los Iº Juegos Panamericanos e impulsó y subsidió la participación de deportistas argentinos en el exterior. Esta política era ejecutada desde organismos estatales y entidades controladas por el oficialismo, como la Fundación Eva Perón y la Confederación Argentina de Deportes, entre otras.

"Mientras yo esté en el gobierno he de auspiciar cualquiera de nuestras representaciones, porque sé bien del beneficio inmenso que ellas reportan al país cuando son desempeñadas como corresponde"(1), decía el ex presidente cuando despidió a la delegación que participó de los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. Conocedor de la importancia de los triunfos deportivos para fortalecer la política interna y sostener el imaginario de una Argentina que aspiraba a un liderazgo continental, financió la llegada a Europa de los automovilistas Juan Manuel Fangio y José Froilán González y fomentó la competición internacional de los representantes nacionales en los eventos más importantes. Los resultados eran interpretados desde una perspectiva global y traducidos como un indicador más de la situación económica y social del país: "La Argentina se dirige con paso firme hacia la plenitud de su destino. En el campo de la política nacional e internacional, en el terreno científico, en el desempeño industrial ocupamos un lugar cada vez más destacado en el concierto mundial. Es lógico que esa favorable situación haya tenido un brillante reflejo en el triunfo deportivo de que hoy nos congratulamos"(2). El triunfo deportivo era un patrimonio nacional y Perón no perdía ocasión de recibir en la Casa Rosada a los deportistas más destacados. Cuando Fangio pasó por el país en medio de una exitosa campaña en Europa cumplió con el rito obligado para todo argentino exitoso en el extranjero. En esa ocasión, el primer mandatario destacó el desempeño del piloto balcarceño y de la delegación argentina, que competía gracias a los fondos que destinaba su gobierno, cuando dijo que ellos eran "portadores de los honores que conquistaron para nuestra bandera" ya que con sus perfomance dejaron el nombre de la Argentina "honrado y enaltecido". (3)

Así, el deporte sirve para ser mirado como factor de diferenciación ante los demás, desde donde se producen imaginarios, símbolos y héroes. En este sentido, Eduardo Archetti sostiene: "El deporte pasa a ser así un espejo en donde verse y ser visto al mismo tiempo. Estar entre los primeros importará pero, paralelamente, aparecer como el representante de 'algo diferente' será un importante factor de desigualdad. La globalización temprana del deporte no debe verse como un proceso necesario de homogeneización, sino como un espacio en donde producir imaginarios, símbolos y héroes que establezcan discontinuidades. Las reglas universales y las prácticas son uniformes pero los resultados impulsan no solo las diferencias sino a pensarlas como tales". Para Archetti, Fangio no sólo competía en su carácter de deportista sino que fue "el símbolo de una nación... La Argentina había encontrado un héroe que no solo expresaba ideales de movilidad social, igualdad de oportunidades e integración social, sino que era, además, capaz de vencer a los mejores pilotos europeos en las carreras de pista". (Archetti 2001: 88, 89).

Nosotros, la Patria
¿Cuál era la posición desde la cual hablaba Juan Domingo Perón? ¿En nombre de quiénes lo hacía? La respuesta tiene dos aspectos: por un lado, su figura excedía el rol institucional que tenía como titular del Poder Ejecutivo Nacional y, al mismo tiempo, era la voz de varios colectivos. Como explican Eliseo Verón y Silvia Sigal, "Perón se sitúa en el mismo plano que los colectivos singulares" como los soldados/Ejército; trabajadores/Pueblo; argentinos/Patria. "Como éstos, posee un colectivo plural que le corresponde: los peronistas. La diferencia (fundamental) entre Perón y los otros colectivos es, por supuesto, que estos últimos son mudos: Perón es el único colectivo singular que habla, y por eso mismo es capaz de 'expresar' los otros colectivos. Afirmar que en la palabra de Perón se expresa la verdad misma de lo real, es lo mismo que decir que por su boca habla la Patria y se expresa el Pueblo. Es por esta razón que un anti-peronista es, automáticamente, un anti-argentino y un anti-pueblo." (Sigal y Verón 1986: 74).

La Argentina participaba del proceso mundial posterior a la Segunda Guerra consolidando un mercado interno y forjando una identidad nacional que le diera una presencia en el concierto internacional de las naciones desarrolladas. Como parte de ese período, fronteras adentro, el discurso peronista se articulaba a partir de un colectivo, un "nosotros" con una identidad "nacional y popular". El nuevo bloque hegemónico peronista tenía que diferenciarse del sistema anterior que habían dominado la "oligarquía" y el "capital transnacional". Guillermo O'Donnell considera que por esos años "el Estado apareció como un Estado nacional y popular. Esto se relacionó con que los discursos políticos, desde el gobierno y/o desde importantes partidos y movimientos, se dirigieran a quienes hasta entonces habían sido vistos, desde el Estado y las clases dominantes, como masas silentes sujetas a ocasionales explosiones. Ahora se los interpelaba y se reconocían como pueblo que, además de experimentar mejoras en su situación material, era invitado a la celebración de lo nacional en las decisiones y ceremonias que simbolizaban la derrota de adversario: la oligarquía y el capital transnacional" (O`Donnell 1982: 25).

En ese marco, el Estado aparecía como un "tercero externo a las relaciones sociales fundamentales... a pesar que es constitutivamente parte de dichas relaciones... Esa apariencia de externalidad sustenta la posibilidad del Estado de constituirse en organizador de la sociedad capitalista o, lo que es equivalente, en organizador de la dominación de la burguesía. Es sobre esta base que el aparato estatal se proclama -y suele ser habitualmente creído- custodio agente del interés general." (O`Donnell 1982: 17).

Como secretario de Trabajo y luego como presidente de la Nación, Juan Domingo Perón buscó permanentemente vínculos con la clase obrera: como impulsor de la actividad sindical aliada a las políticas del Estado y otorgando participación política al nuevo sujeto que emergía en la vida argentina, con las migraciones internas y el desarrollo de la burguesía nacional. El consenso político de la época tenía sustento en la coincidencia entre necesidades y políticas de Estado, como el fomento y la práctica deportiva de vastos sectores de la población.

El peronismo motorizaba la dinámica de una sociedad en constante transformación mediante políticas activas en diversos ámbitos: derechos políticos y sociales, educación y trabajo, entre otras. Los objetivos se enlazaban con una proclamada "doctrina justicialista" que ponía énfasis en dos conceptos claves: la Patria y la Nación. La primera fue vinculada con la familia, los símbolos y el Estado. La segunda con la defensa de un interés general indiferenciado que conformara una identidad "nacional y popular", un "nosotros" que diferenciaba a los argentinos frente a otras nacionalidades, pero además ante el adversario interno, la oligarquía.

Deporte, moral y política
El deporte fue uno de los lugares desde donde Juan Domingo Perón construyó su movimiento político, social y económico que nació el 17 de octubre de 1945. En consonancia, su discurso fue producido en las más diversas situaciones: desde la inauguración de obras, competiciones y programas, hasta el agasajo a deportistas que adherían a su política de gobierno.

En 1948, el justicialismo impulsó la creación de una red de clubes escolares de la mano del ministro Oscar Ivanissevich. 4 En ocasión de la inauguración del primer club-escuela en el barrio porteño de Villa Lugano, Perón hizo uso de la palabra y señaló que "la lucha entre hermanos" desaparecía "prodigando el bien sin mirar a quién" con "un solo objetivo: hacer de este país una gran familia sin divisiones". Uno de los ámbitos para lograrlo, decía, era el club-escuela: "la continuación social de la familia que une a la escuela a la institución celular y básica del Estado" que "tiene una construcción simple, pero basada en el amor" (ídem 1).

Tres años más tarde, en 1951, el presidente Perón recibió en la Casa de Gobierno a los corredores de Turismo Carretera Oscar y Juan Gálvez, que habían competido en el Gran Premio de la República. Allí expresó que el esfuerzo que hicieron era por "una causa noble, como es la causa de la Patria, para lo cual todos soñamos con un mismo destino: esa Argentina que queremos especialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana... Siempre he pensado en un pueblo de deportistas, porque cuando se tiene un pueblo de hombres deportistas, se tiene un pueblo de hombres nobles y hombres buenos y de hombres de profundo sentido moral de la vida, y esos son los únicos valores que hacen nobles a los hombres y grandes a los pueblos."(5)

La conciencia nacional y la entrega total por la patria era una de las premisas en el discurso peronista. Para Perón la práctica del deporte otorgaba "un alma pura, un espíritu invencible, que es lo más puro que el espíritu de un hombre puede ofrendar a la Patria." (6) Y si es necesario, por ella "debemos luchar, vencer y si es preciso morir", sentenció el entonces presidente cuando recibió a los pilotos que habían participado del Gran Premio Buenos Aires-Caracas, con vuelta desde Lima. A ellos los puso como ejemplo de entrega y sacrificio: "La prueba esta jalonada por todos los que han muerto durante su desarrollo, y eso es lo que los pueblos necesitan; superar eso, que es la suprema prueba de la vida: la muerte. Y cuando los hombres emprenden una acción decididos aun a morir, están conformando el espíritu en que se nutren las naciones y los pueblos y sin el cual estos no pasan de ser una colmena oscura de hombres que luchan por subsistir pero no por superarse." (7).

Es importante destacar que aunque en el caso del automovilismo el éxito deportivo pertenece a cada piloto, para Perón era "un triunfo de la Argentina. Esto es lo que merece destacarse. En todas las actividades, como en la vida misma, los hombres pasan y la Nación permanece. Ella es lo que importa y a ella deben ir dedicados nuestros afanes y nuestros desvelos" (ídem 2). Así como las victorias pertenecen al colectivo de "los argentinos", Perón consideraba que, como en los deportes por equipos, el triunfo es de todos y ese era el espíritu que debía tener la tarea de construcción de la "Nueva Argentina". Decía que, por herencia, los argentinos "somos excesivamente individualistas" y que las constituciones y las leyes de los pueblos latinos "olvidaron, en gran parte, el poder del conjunto, para dedicar su mayor atención al poder de los individuos... Yo estoy luchando por cambiar en nuestro país ese espíritu individualista, porque creo que es un complejo de inferioridad. Una de las verdades más grandes del hombre moderno es renunciar a su yo, para compartir ese yo con los demás, y esa escuela es la que nos llevará al triunfo... (reemplazando al individualismo) por la idea colectivista, que lleva a todos a trabajar por todos, y no a cada uno a trabajar para si mismo." (ídem 7)

Es singular que con el justicialismo en el poder las victorias más resonantes del deporte argentino fueron en disciplinas de carácter individual: los títulos de Juan Manuel Fangio en la Fórmula Uno; la medalla de oro de Delfo Cabrera en los Juegos Olímpicos de Londres y la corona mundial de boxeo que conquistó Pascual Pérez son algunos ejemplos. Al mismo tiempo solamente deportes colectivos como el polo y el básquetbol conquistaban en Buenos Aires sendos títulos mundiales en 1949 y 1951, respectivamente.

Producir un record
La actividad productiva y el deporte eran para Perón dos elementos indispensables para alcanzar la proclamada "Nueva Argentina" y que relacionaba mediante la significación que tenían los índices de productividad industrial y las marcas que lograban los deportistas. También las inauguraciones de obras públicas que formaban parte de la infraestructura recreativa y deportiva eran un buen motivo para que el Presidente insistiera sobre el tema. El 14 de julio de 1949 fue inaugurada la Ciudad Infantil "Amanda Allen" en el barrio porteño de Belgrano. Al lugar, una pequeña ciudad de cuatro manzanas, concurrían los niños que participaban de los Campeonatos Evita, organizados por la Fundación Eva Perón. El primer mandatario "elogió a los obreros que levantaron la Ciudad Infantil en tiempo record: 5 meses y 20 días. Dos de ellos, Domingo Henríquez y Santiago Bota (los que más horas de trabajo contabilizaron), izaron la bandera, y un tercero, Alfredo Cortina, entregó simbólicamente la obra a su dueña: la Fundación, que a su vez, la puso en manos del flamante Instituto de Orientación Educativa para la Niñez. 'Hemos cumplido -dijo Cortina-, con la frase de nuestro líder: Producir, producir y producir'". (Primera Plana 1966, 196: 37)

El desempeño de trabajadores y deportistas fue comparado por Perón en 1951, cuando entregó a dos obreros sendas medallas por batir record de trabajo y producción, que "como prueba, tiene el mismo alcance que una prueba deportiva cualquiera, pero como significado para el trabajo de la República, es de un alcance inestimable... Si cada uno de los argentinos, en nuestro trabajo somos capaces de marcar un récord de honradez, de contracción y de buena voluntad, nuestra patria marcará a su vez un récord entre todas las patrias del mundo." (8)

Marcelo Massarino
Buenos Aires, Febrero de 2002.

Publicado en: http://www.efdeportes.com/ Revista Digital - Buenos Aires - Año 8 - N° 46 - Marzo de 2002
http://www.efdeportes.com/efd46/peron.htm

Notas
1. PERON, Juan D. "Discurso del general Perón en la inauguración del club-escuela de Villa Lugano", 16 de junio 1948.
2. PERON, Juan D. "Mensaje del presidente de la República con motivo de la disputa de la prueba automovilística Gran Premio de la América del Sud", 9 de noviembre 1948.
3. PERON, Juan D. "Palabras pronunciadas por el presidente de la Nación, general Perón, durante la visita de Juan M. Fangio", 6 de octubre 1950.
4. La experiencia de los clubes escolares fracasó porque no pudieron competir con los clubes instalados y fueron suprimidos en 1950 por el ministro Armando Méndez de San Martín, según explica Mariano Plotkin en "Mañana es San Perón".
5. PERON, Juan D. "Discurso del general Perón al recibir a los hermanos Gálvez en el Salón Blanco", 2 de agosto1951.
6. PERON, Juan D. "Discurso pronunciado por el Presidente de la Nación en el acto de la Asociación de ex-Olímpicos Argentinos", 5 de julio 1949.
7. PERON, Juan D. "Discurso del Presidente de la Nación ante los corredores que participaron del Gran Premio América del Sud", 13 de noviembre 1948.
8. PERON, Juan D. "Discurso del general Perón en el acto de entrega de premios a dos obreros que batieron el record de trabajo y producción", 26 de abril 1951.

Bibliografía
ARCHETTI, Eduardo P. (1995) "Estilos y virtudes masculinas en El Gráfico: La creación del imaginario del fútbol argentino", Desarrollo Económico, vol. 35, núm. 139: 419-42.
ARCHETTI, Eduardo P. (2001) El potrero, la pista y el ring. Las patrias del deporte argentino, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
DI GIANO, Roberto (1999) "Peronismo y fútbol. El triunfo sobre Inglaterra en 1953", Revista digital Lecturas: Educación física y deportes, www.efdeportes.com, año 4 nro. 17, Buenos Aires.
HOROWICZ, Alejandro (1985) Los cuatro peronismos, Buenos Aires, Legasa.
O'DONNELL, Guillermo (1982) 1966-1973. El Estado burocrático autoritario. Triunfos, derrotas y crisis, Buenos Aires, Editorial de Belgrano.
PERON, Juan D. Discursos. Presidencia de la Nación, Subsecretaría de Informaciones, Dirección General de Prensa. Comisión Bicameral de Homenaje Bibliográfico al Tte. Gral. Juan D. Perón.
PLOTKIN, Mariano (1998) Mañana es San Perón, Buenos Aires, Ariel/Historia Argentina.
REIN, Raanan, (1998) Peronismo, populismo y política argentina: 1943-1955, Buenos Aires, Editorial de Belgrano.
RODRIGUEZ, María Graciela, (1997) "El deporte como política de Estado (Período 1945-1955)", Revista digital Lecturas: Educación física y deportes, www.efdeportes.com año 2 nro. 4, Buenos Aires.
SIGAL, Silvia y VERON, Eliseo (1986) Perón o muerte. Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista, Buenos Aires, Legasa.